EN
SAN PEDRO, hace hoy 115 años, cayó en combate el héroe legendario de
mil batallas y artífice de la Invasión: El Mayor General Antonio
Maceo y Grajales. Con él sucumbió, tras noble gesto de suprema
lealtad, el joven Capitán Francisco Gómez Toro, hijo del
Generalísimo Máximo Gómez.
Al rememorarse aquel acontecimiento cada año recordamos y
rendimos tributo a todos los que cayeron en nuestras guerras de
independencia, a los que esgrimiendo las ideas de la independencia
cayeron en la guerra de los Diez Años, en la Guerra Chiquita y en la
Guerra del 95.
Maceo, el Titán de Bronce, pertenece a ese tronco de héroes que
con su valor y confianza en los destinos de Cuba, con su integridad
e intransigencia revolucionarias y con su realización plena como
soldado y como hombre, trazó luminosamente rumbos y sendas
históricas en la vida de su pueblo. Como se dijo a su muerte:
Maceo fue una espada para Cuba cuando Cuba necesitó un soldado; fue
una voluntad disciplinada a las leyes de Cuba cuando Cuba necesitó
un ciudadano".
Revolucionario de cuerpo entero, un hombre de acción y
pensamiento, condiciones estas que lo elevaron a los primeros planos
de la dirección revolucionaria y lo convirtieron en uno de los
dirigentes de más arraigo entre las masas populares, cuyos intereses
encarnó sin vacilaciones.
Protagonizó la histórica Protesta de Baraguá, una de las páginas
más gloriosas del proceso revolucionario cubano, que significó la
decisión de los cubanos de continuar la guerra, de mantener los
principios revolucionarios a toda costa, de luchar hasta la
victoria.
Con razón, el Apóstol al referirse al General Antonio señalaba "¼
hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la
mente tanta fuerza como en el brazo".
Evocar en un día como hoy a Antonio Maceo —y con él a todos los
caídos en más de cien años la lucha— es evocar sus ideas, es un
compromiso que llama a redoblar los esfuerzos para construir el
futuro que nuestro pueblo merece, es un grito de combate frente a
cualquier tentativa contra la independencia y la libertad.
Hay decenas de hechos y anécdotas. En San Pedro Sula (Honduras),
en 1884, al enterarse de que algunos hacendados en Cuba, temerosos
de que pudieran afectarse sus intereses particulares si estallaba
una guerra, reanimaban la gestión pro anexión de la Isla a Estados
Unidos, Maceo escribió una carta a José Dolores Poyo, director del
periódico El Yara, en Cayo hueso, en la que afirmaba: "Cuba
será libre cuando la espada redentora arroje al mar (a) sus
contrarios (¼ ) Pero quien intente
apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre,
sino perece en la lucha".
A principios de 1890 el General Antonio pudo regresar a Cuba,
autorizado por el Capitán General español Salamanca. Tanto en La
Habana como en Santiago de Cuba el glorioso mambí recibió
testimonios de cariño y consideración acorde con su alta jerarquía
patriótica. En un banquete en un hotel santiaguero —según una
crónica de Emilio Bacardí Moreau— uno de los invitados, de nombre
José Hernández, expresó su creencia de que Cuba llegaría a ser,
fatalmente, una estrella más de la constelación norteamericana, y
Maceo le ripostó de inmediato con una frase concluyente: "Creo,
joven, aunque me parece imposible, que éste sería el único caso en
el que tal vez estaría yo al lado de los españoles".
Entre las últimas expresiones que muestran el repudio de Maceo a
la injerencia del naciente imperialismo yanki en la lucha
independentista cubana, figuran pronunciamientos expuestos por el
Titán de Bronce en cartas redactadas en el campamento El Roble, en
la citada región pinareña, en julio de 1896, dirigidas a prominentes
patriotas criollos que se hallaban en tierra norteña.
Al coronel Federico Pérez Carbó le dice: "¼
De España jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado, y sería
indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el
filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de
cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los
americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir
o caer sin su ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino
tan poderoso".
Al doctor Alberto J. Díaz le expone que no le parece cosa de
tanta importancia el reconocimiento oficial de nuestra beligerancia,
ni que sea provechosa al porvenir de Cuba la intervención
norteamericana, e insiste en que "el esfuerzo propio" es el secreto
del triunfo.
José Martí decía con sobradas razones que "los muertos son las
raíces de los pueblos y, abonada con ellos la tierra, el aire nos lo
devuelve y nutre de ellos".
El General Antonio Maceo está en nuestras raíces. Él abonó esta
tierra nuestra y sigue viviendo entre nosotros, y de su ejemplo, de
su bravura, de su intenso amor por nuestra Patria y por la
humanidad, nos nutrimos todos, porque como lo catalogó Máximo Gómez
"fue la figura más excelsa de la revolución".