En el centenario de José Antonio Portuondo

Marxista y martiano

LUIS BÁEZ

El profesor, crítico y ensayista José Antonio Portuondo nació en la ciudad de Santiago de Cuba el 10 de noviembre de 1911. De modo que este jueves se conmemora el centenario de su natalicio.

Sostuve esta entrevista con él en 1982, es decir, 14 años antes de su deceso y cuando faltaban cuatro para que se le reconociera con el Premio Nacional de Literatura. Acababa de cumplir una misión diplomática como embajador de Cuba ante la Santa Sede y volvía a ocuparse de la dirección del Instituto de Literatura y Lingüística, entidad fundada por él en 1965. Me interesaba la unidad entre vida, labor creativa y conducta revolucionaria de ese paradigmático intelectual.

A principios de este 2011 rescaté la entrevista, en medio del proceso de compilación de un libro en preparación, comprometido con la Casa Editora Abril. Esta de ahora, desde luego, no es la entrevista completa, sino una parte de ella. Su publicación, además de rendir tributo al autor de Concepto de la poesía, es una manera de aproximar a los lectores de hoy a la dimensión revolucionaria e intelectual de Portuondo.

Comenzamos hablando de sus orígenes.

—¡Imagínate tú! Yo nací en Santiago de Cuba, que ya quiere decir un montón de cosas. Mi familia era una familia pequeño burguesa. Soy el mayor de los tres hermanos. Me eduqué en los jesuitas donde hice mi primera y segunda enseñanza. Vine para La Habana a comenzar mis estudios en el año 1929. Mi primer intento de estudiar en la Universidad quedó cortado al principio por la lucha contra Gerardo Machado. Yo estaba en Santiago de Cuba cuando ocurre el 30 de Septiembre y entonces seguí en Oriente hasta la reapertura de la Universidad, en 1934. Participé en la lucha antimachadista en Santiago con los muchachos del Ala lzquierda y ahí se inició mi evolución ideológica con el contacto de todas estas gentes y con todos los amigos orientales. Al reanudarse el curso en el 37 no me incorporé a Derecho sino que inicié los estudios de Filosofía y Letras. Por eso mi carrera duró bastante. Terminó en 1941.

¿Qué es lo que más recuerda del Alma Mater de esos años?

—Cuando llegué me encontré con la presencia de soldados en la Universidad. Tenían un pequeño cuartel en el patio de los Laureles pero eso no impedía que existiera un amplio movimiento estudiantil. Conocí a Raúl Roa y a otros que tenían inquietudes revolucionarias. Eso fue creando una nueva conciencia en mí. Encontré a compañeros que eran de mi propio colegio en Oriente.

Después de graduarse, ¿regresa a Oriente o se queda en La Habana?

—Me quedé en La Habana a partir de 1934. Iba a Santiago de Cuba de vacaciones, en diciembre, por poco tiempo. Luego trabajé e investigué en México y en universidades norteamericanas, hasta que recibí una carta de Pedro Cañas Abril, desde la Universidad de Oriente, en que me preguntaba hasta cuándo iba a estar en Estados Unidos y me reclamaba para ese centro de estudios. Fue así que al día siguiente del centenario del natalicio de José Martí, o sea, el 29 de enero de 1953 llegué a La Habana. Y seguí camino para Oriente. Estuve en la Universidad mientras estuvo abierta.

¿Qué no ha olvidado de esa Universidad?

—El grupo formidable de profesores y estudiantes. La verdad es que la Universidad de Oriente fue producto de una colaboración estrechísima entre un grupo estupendo de profesores, entre los que se encontraban, Cañas Abril, Max Figueroa, Gabriel León y entre ellos, algunos españoles, como Juan Chabás, José Luis Gálvez, Herminio Almendros, López Rendueles que hicieron una labor preciosa en la Universidad para crear una cosa nueva. Junto a ellos había un grupo de jóvenes, entre Ios cuales estaban Vilma Espín, su hermana Nilsa, un grupo de gente fabuloso y algunos otros estudiantes de Derecho en donde estaban, pues imagínate, Belarmino Castilla, Papito Serguera, Juanito Escalona, Jorge Ibarra. Y en la Escuela de Pedagogía estaban Pepito Tey, Frank País. Todo este grupo había sido fundador de la Universidad y existía una estrecha fraternidad con el profesorado. Y no podemos olvidar la labor muy seria que realizó Felipe Martínez Arango, creando la cátedra universitaria de Arqueología Indo-Cubana donde hizo algunos trabajos fundamentales. Yo recuerdo con una gran emoción siempre mi etapa en la Universidad de Oriente; porque de verdad fue una obra colectiva de devoción y de entusiasmo; todo el mundo se sentía partícipe de la vida universitaria, y luego la actitud en el periodo revolucionario fue algo formidable.

De las personalidades que ha tratado, ¿cuáles le impresionaron más?

—Considero como maestro, en primer lugar, a Fernando Ortiz. Don Fernando era un hombre que sin Ilegar a ser nunca marxista, abrió el camino para el desarrollo de las ideas marxistas. Después otra influencia que reconozco como muy positiva en mi formación fue la del mexicano Alfonso Reyes, con el cual sostenía reuniones periódicas y empecé a elaborar un libro sobre la expresión poética.

¿Cómo usted se definiría?¿Marxista o martiano?

—Ambas cosas. Porque no ha habido nunca contradicción entre una posición martiana y una posición marxista. Martí fue un hombre que se abrió radicalmente hacia un proceso revolucionario.

 

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