Historia de una infamia

Revelador ensayo de Rolando Rodríguez sobre la masacre de negros y mulatos que tuvo lugar en Cuba en 1912

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

No creo que muchos supieran que Rolando Rodríguez estuviese registrando a fondo los entresijos de una de las páginas más infames de nuestra primera etapa republicana, la masacre de negros y mulatos que tuvo lugar en la isla a raíz del alzamiento de los Independientes de Color en 1912.

Miembros del Partido de los Independientes de Color después de una asamblea.

Pero tampoco es sorpresa que el historiador, laureado con el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2008 y el Premio Nacional de Historia 2008, haya dedicado a ese acontecimiento un prolijo ensayo que acaba de ver la luz bajo el título La conspiración de los iguales. Para Rolando las claves de nuestro devenir están en la comprensión justa y plena de un pasado no exento de complejidades y contradicciones cuya lectura e interpretación exige lucidez, profundidad, y un irrenunciable compromiso ético revolucionario.

Sobre el tema, actualizado a raíz de la conmemoración del centenario de la fundación de la agrupación y luego Partido de los Independientes de Color en agosto del 2008, ha habido recientes y valiosas aproximaciones, aunque debe destacarse como un muy serio antecedente la monografía publicada en el 2002 por Silvio Castro.

Nada justifica la vesania que se desató contra negros y mestizos en diversos sitios de la isla a raíz de los acontecimientos de 1912.

El libro de Rolando Rodríguez tiene no solo la virtud del manejo de una exhaustiva y hasta ahora inmanejada documentación y confrontación de fuentes testimoniales de la prensa de la época que permiten al historiador una reconstrucción pormenorizada de los hechos, sino también la de desentrañar la madeja de manipulaciones, oportunismos, perspectivas erráticas y exaltaciones emocionales que permearon lo que a todas luces fue un planteo armado condenado al fracaso y por el que pagaron con sus vidas no solo los hombres directamente involucrados en el alzamiento sino también cientos de negros y mestizos que fueron víctimas de una brutal represión.

Pecado mayor de los líderes de la revuelta fue confiar en que Estados Unidos, que perfeccionaba por entonces sus mecanismos de control neocolonial en la isla, les brindaría asistencia. El libro abunda en el seguimiento injerencista y con ánimos anexionistas que dieron los servicios de inteligencia y la diplomacia de EE.UU. al asunto. El autor desglosa del siguiente modo las razones del descalabro:

En primer lugar, una buena cantidad de aquellos líderes negros olvidaban que los yankis eran furibundos racistas, que no querían otra Haití a sus puertas, como pensaban que sucedería si los negros triunfaban. En segundo lugar, ya Theodore Roosevelt había proclamado que Cuba no podía seguir en el juego de las insurrecciones, porque si se producía otra, ellos tenían el deber de ocupar la isla y ya no bajarían más su bandera del mástil del Morro de La Habana. Tercero, el pueblo cubano amaba su república aunque fuera renqueante y tuerta, porque esa república les había costado tres décadas de lucha y cientos de miles de muertos y le temía más a la ocupación estadounidense que haría se perdiera, que a un levantamiento negro. Cuarto, la ocupación de la isla por los estadounidenses llevaría a una guerra inevitable y atroz que causaría de nuevo miles y miles de víctimas cubanas. Quinto, si la nueva insurrección podía traer la pérdida de la república, había que liquidar ese alzamiento como fuera. Sexto, los líderes de los Independientes de Color habían estado en manoseos con los diplomáticos estadounidenses en la isla, a los cuales recurrían para presentar sus quejas, y eso había aparecido en la prensa. Séptimo, los líderes negros habían evocado la enmienda Platt para que se les hiciera "justicia", en sus planteamientos de derogar la enmienda Morúa (aprobada por los legisladores para prohibir todo tipo de agrupamiento político a partir del color de la piel), y si había algo que odiaban los cubanos, blancos y negros, era la oprobiosa enmienda que les habían impuesto. Octavo, los líderes del partido de los Independientes de Color ensalzaban en sus escritos a los dirigentes políticos de Estados Unidos y a la "Gran Nación", mientras solapadamente no pocos cubanos echaban pestes sobre ellos.

Esto Rolando lo puede decir, obviamente, desde la óptica actual. Habría que tomarle el pulso, como también lo hace en otras páginas del enjundioso ensayo, a la conciencia común de los hombres de la época, a aquella masa de negros y mulatos que habían luchado por la libertad de Cuba, junto a los blancos, y que habían sido preteridos al fondo de la pirámide social, sin oportunidades de redención. La herencia de siglos de esclavitud y la persistencia de un imaginario racista en la que ser negro era un estigma, pesaba demasiado y siguió gravitando a lo largo de la ficción republicana. El propio autor expone elocuentes estadísticas y recuerda las barreras raciales en los parques y paseos públicos de las principales ciudades hasta el mismo 1959. Origen étnico, estratificación clasista y desventajas sociales se nos presentan como coordenadas entrecruzadas e ineludibles para entender el proceso histórico cubano.

Rolando invoca a Martí y Maceo, quienes coincidieron en luchar por una república "con todos y para el bien de todos", sin odios raciales. Pero se sabe también cómo el legado de Martí y Maceo, más en las dos primeras décadas del siglo pasado, fue reducido y cercenado.

No se puede perder la memoria. Menos ahora cuando estamos abocados a completar el proyecto de justicia y dignidad que la Revolución socialista inauguró y en el cual la aspiración de identificarnos plenamente con el color cubano enunciado por Nicolás Guillén es como nunca antes premisa y posibilidad real.

 

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