Cuba
comenzó a ser otra... Y en la propia Habana pareciera que dos
capitales pugnan por el mismo espacio: una ciudad adormecida en el
tiempo, a ratos despintada, ruidosa, que ha sobrevivido a la
superpoblación cosmopolita, a carencias de todo tipo y también a la
desidia; la otra, cobra vida en sus nuevas cafeterías, paladares,
peluquerías, gimnasios, alquileres y anuncios de todo tipo —feos o
de buena presencia—, que nos advierten de la existencia apretujada
de vendedores de discos piratas, carpinteros, mecánicos, albañiles,
costureras, barberos y masajistas...
Los rostros de esos cubanos también comienzan a ser otros. Que lo
diga aquel que simulaba trabajar ocho horas diarias, en un sitio
improductivo y por un salario que ni un mago estiraría al fin de
mes, y hoy prueba su suerte como trabajador por cuenta propia,
concepto que implica asumir que ahora todo va por su cuenta y no
cabalga en las espaldas del Estado: el capital, la microeconomía,
los impuestos, la disciplina y la legalidad. Pero aún así, la gran
mayoría de los 333 mil coterráneos dedicados en cada una de las 181
actividades del "cuentapropismo", prefieren ponerles alma y pecho a
las dificultades y probarse a sí mismos que pueden emprender su
propio camino.
Poco a poco otras buenas nuevas han venido irrumpiendo en el
paisaje urbano: quién duda que ahora, al final de cada jornada
escolar, las calles son más alegres con la presencia de todos los
estudiantes de preuniversitario que volvieron a la ciudad. Para
ellos habrá que pensar también mejores opciones de recreación, una
enseñanza que se acerque a lo que siempre soñamos y una actitud
personal que los haga mujeres y hombres de bien. Cuba, lo sabemos
quienes la amamos, está urgida de preservar todo aquello que la hizo
grande, crecer como nación y perfeccionar su economía y las formas
de participación, para que esos hijos nuestros se sientan bien en
ella y tengan una motivación para quedarse aquí y crecer con esta
Isla.
Y aunque no han irrumpido en los medios de comunicación con la
misma fuerza que ya lo hacen en las entrañas de la sociedad, también
hay nuevas formas de pensar, de debatir y de analizar el presente y
el futuro del país. Nuestra gente habla a viva voz de su vida
cotidiana, de los cambios que se experimentan, de la lentitud en la
implementación de otros, de los burócratas que comienzan a sentirse
en jaque, de los corruptos sentados en el banquillo de los acusados,
de la necesidad de que el periodismo se parezca más a la vida y de
demostrarnos todos, como diría un amigo, que "Revolución quiere
decir que la gente viva, que la gente respire, que el salario valga,
que el dinero contribuya a robustecer valores espirituales, que
calidad de emociones significa calidad de vida, y que el sacrificio
no es una finalidad, sino un medio".
De ese debate legítimo, engendrado en el pueblo, quieren
participar también quienes odian y desprecian el camino de
independencia que medio siglo atrás eligieron los cubanos. Y en ese
intento hay de todo: cubanólogos, politólogos, gente de buena fe y
hasta terroristas... Algunos auguran el fracaso de Cuba, otros se
atreven a demonizar lo que aquí aplaudimos por necesario. Uno de
ellos, con acceso a importantes medios de difusión en el mundo, ha
lanzado esta "teoría" para demostrar que abdicamos: "El trabajo por
cuenta propia crea una pequeña burguesía en Cuba, revierte la
política del ‘periodo gris’ y atenta contra la advertencia de Lenin,
de que la pequeña burguesía es el enemigo más peligroso del
socialismo".
Resulta que ahora los enemigos de la revolución cubana son más
leninistas que el propio Lenin. Fueron esos los que convulsionaron
aquel 18 de diciembre del 2010, cuando el Presidente Raúl Castro les
destruyó en una sola oración de su discurso el sueño de restauración
del capitalismo en Cuba: "La planificación y no el libre mercado
será el rasgo distintivo de la economía y no se permitirá la
concentración de la propiedad"... Quienes apuestan por demonizar,
criminalizar y enjuiciar a los trabajadores por cuenta propia
escogieron un camino que, además de mezquino, es risible, por
insostenible. Cuba cuenta con ellos como uno de los motores del
desarrollo futuro. Y su presencia en el paisaje urbano,
inequívocamente, llegó para quedarse.