Barquet, los puentes y la Patria

MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ
madeleine@granma.cip.cu

Aunque la mayor parte de la producción poética de Jesús Barquet no ha sido concebida en suelo cubano, la Patria, entera y virginal, reviste su obra asaltándola a tan cortos intervalos que casi se le puede percibir —además de en la "superficie"— en cada una de las entrelíneas, aun cuando el texto en cuestión no guarde en apariencia relación con esa realidad espiritual.

Foto: Ricardo López HeviaPara constatarlo basta con contemplar a vista de pájaro, las páginas de Cuerpos del delirio, volumen donde por primera vez reúne este poeta habanero radicado en Estados Unidos lo mejor de su poesía y que acaba de ser presentado por el poeta y crítico Virgilio López Lemus, en la sala Villena de la UNEAC.

"Siento mucha alegría por presentar la primera compilación de mi obra aquí, pues el público cubano es el público natural de mi poesía, es para él para quien escribo —comentó a Granma Barquet visiblemente feliz con el resultado del trabajo que, acuñado por Letras Cubanas, nace de un cuidadoso proceso de selección por parte del propio autor, quien consigue incorporar a su antología, a pesar de poseer una obra de más de tres décadas de existencia, una unidad que estriba en esa percepción de la que no puede escapar fácilmente.

Sin decir el mar, Un rompido sueño, Naufragios... , por solo citar algunos de sus poemarios, ofrecen desde su propia titulación una añoranza que para palparle los motivos no hay que tocar demasiado fondo, si se tiene en cuenta que a flor de piel de los textos flotan, en un lenguaje al que la metáfora no atenúa las precisiones emocionales, las remembranzas de un pasado pertrechado de vivencias irreemplazables.

La antítesis sentimental, leitmotiv insoslayable en esta factura, halla la expresión perfecta en el poema Eco, donde queda reducido a una economía lingüística impresionante una buena parte del dilema: "Cuando estábamos/ la pregunta era salir./ Hoy que no estamos/ la respuesta es regresar".

Aparecida a partir de 1971 y desde entonces ininterrumpida, la poesía de Barquet sostiene la voz dolorida de la diáspora que no consigue la plenitud del espíritu fuera de "amigos, amores, ángeles, sorpresas y la familia, la verdadera patria".

Portadores de valores simbólicos, conceptos como la casa, el mar, el amor, los puentes y el sexo afloran una y otra vez para incorporar inusitados matices en los que suele hallarse al autor atrapado en su propia red: "La verdad son los restos de esta mentira. La mentira es esta verdad en la que vivo. (... ) A veces me siento como un árbol que anda buscando su terruño. No todas son tierras de vivir, por eso mi casa es (... ) ese dormir siempre tan despierto".

El diálogo sostenido a ratos con la sociedad norteamericana, no lo exonera de la crisis de identidad que suele embargar al espíritu en el exilio: "No sé ahora ni quién soy, tras este haberme vaciado tanto: Adiós a las playas de infinitas holguras". Y aunque tal vez por eso en sus versos los levadizos adquieran, a modo de esperanzadora salvación, una presencia vital. "Pensemos en la paz que nos trajeron los puentes. Pensemos en los puentes que nos traería la paz."

 

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