La bella noche de Chávez

ANNERIS IVETTE LEYVA
ivette@granma.cip.cu

Foto: Geovani FernándezVenezuela no podía celebrar el segundo centenario de su independencia, sin que un Bolívar de estos tiempos coronara sus llanos y cúspides andinas, con el ánimo vencedor de una nueva batalla de Carabobo.

Ayer, la hermana República sudamericana recibió a su presidente Hugo Chávez, ganador de un combate interior del que trataron de tomar ventaja sus enemigos —alejados ya de toda condición humana—, pero que fueron rechazados por una fuerza tan múltiple y centelleante como la población del firmamento, y que no se expresa en términos numéricos, sino en calidad de afectos, en "razones amorosas".

La noche en que partió de Cuba estuvo más candente la temperatura, pues se sumaron al abrazo febril del verano el calor de tantas voluntades vibrando por su recuperación, y la compañía gratificante de Raúl al pie de la escalerilla —quien aun después veló con calma paternal el momento del despegue.

Entonces, tal y como quedara en el mensaje del Comandante bolivariano a su pueblo y al mundo, del pasado día 30, volvió el tiempo con su vientre de esperanzas a despejarse como protagonista histórico; ahí estuvo nuevamente el Bolívar de talla multiplicada, a la altura retadora de su deber mayor; el hijo pródigo de una Patria Grande que se extiende desde donde la simiente Maya alimenta el polvo, hasta las Tierras del Fuego.

Pocas fueron sus palabras en la despedida. No eran necesarias. Mucho más se le vio decir con el intenso apretón de manos a Raúl, y a quienes le acompañaron a la hora del retorno; con la grave mirada que en un solo segundo pareció abarcar todo el Archipiélago cubano y completarlo de cariños y gracias; con el tranquilizador gesto triunfante de sus puños fundidos, izados, describiendo la entereza del espíritu guerrero, común a todo libertador latinoamericano.

De la Mayor de las Antillas partió para seguir redimiendo sueños de igualdad preteridos, anhelos de independencia aletargados que han costado 200 años de lucha, y aún siguen demandando líderes de inconmensurable estatura revolucionaria.

El Comandante Hugo Chávez llegó a su tierra natal con la melodía del vals La bella noche de Maiquetía en los labios y fue un arrullo su canto madrugador, no para adormecer, sino para despertar a la América toda, y anunciar que, desde ningún abismo, "por ahora" y para siempre, ocupa su lugar en la lid de los justos, como un cadete más.

 

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