A 75 años de la muerte de Bonifacio Byrne

El poeta del alma austera

Madeleine Sautié Rodríguez
madeleine@granma.cip.cu

Aunque la producción poética de Bonifacio Byrne recoge varios poemarios, sin contar la mayor parte de su obra que aún permanece inédita, nadie podría negar que para los cubanos el nombre del insigne matancero siempre irá acompañado de ese apelativo indiscutible que hubo de ganar con solo una de sus composiciones: el poeta de la bandera.

Traerlo al siglo XXI, develarlo ante las nuevas generaciones que lo desconocen y redescubrirlo a las que supieron de él, aunque de manera poco profunda, es un acto de justicia poética e histórica para con este hombre que, nacido en 1861, creció escuchando —y admirando— remembranzas épicas de la Guerra del 68 y perteneció con Julián del Casal, a una de las hornadas de bardos finiseculares.

No le fue ajeno el fragor efervescente de la época en que vivió su temprana juventud y su aura poética halló cobija con más fuerza en los aconteceres patrios que se debatían en la lucha por la independencia de la Nación, como tampoco se evadiría más tarde de la realidad cubana cuando Estados Unidos le arrebató su independencia a la isla para sumirla en la ignominiosa etapa de la Enmienda Platt.

El también llamado Poeta de la Guerra se vio obligado en 1896 a emigrar a Tampa, para actuar allí tan dignamente como lo hicieran los cubanos radicados en esa ciudad de Norteamérica que querían la libertad de Cuba. Las razones por las que hubo de partir para huir de las persecuciones del gobierno se asocian al fusilamiento de su amigo, el revolucionario Domingo Mujica. A raíz de este hecho empieza a circular un soneto en el que se enaltecía la valentía con que enfrentó la víctima su muerte. Y aun sin estar firmado todos reconocían en esos versos a Byrne como su legítimo autor.

Efigies se titula el poemario donde incluirá los sonetos patrióticos que publica en Filadelfia, en 1897, cuyos versos exaltan figuras y hechos trascendentales de la gesta independentista cubana y cuyas remuneraciones tendrán como fin incrementar los fondos destinados por los revolucionarios a la causa liberadora.

"De distantes riveras" hasta su tierra amada, regresará este poeta del que se dice que no pudo pasar un solo día de su vida sin escribir un poema, en 1899, apenas finalizada la guerra. Al acercarse a suelo cubano, Byrne pudo distinguir al lado de su enseña nacional la norteamericana, que indicaba la indeseada presencia de ese país en el suyo, y la inspiración, agitada por el doloroso cuadro que contemplaba, lo hizo componer ese poema que no puede leerse ni escucharse sin emoción y que todo cubano cabal siente como suyo: Mi bandera.

Nunca el pabellón tricolor ondeó tan dignamente en unos versos. Nunca la palabra del poeta fue más altiva para erigir la soberanía de la patria. Había nacido el poema de la bandera. Bonifacio Byrne, quien se abrió en sus albores a la poesía modernista con aquel libro que llamó Excéntricas, torcía su motivación hacia otras preocupaciones y les legaba esta joya literaria y espiritual a sus coterráneos.

Por si fuera poco su valor, ha quedado en la voz inolvidable de Camilo Cienfuegos la última de sus estrofas, citadas por el Héroe de Yaguajay cuando se dirigía por última vez a su pueblo, el 26 de octubre de 1959, para denunciar los bombardeos que desde el día 10 de ese mes estaban teniendo lugar en La Habana por parte de aviones yankis.

 

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