Padres e hijos

Don Mariano y José Martí: Diferencias conciliadas

MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ
madeleine@granma.cip.cu

Cuando el único hijo varón de Doña Leonor Pérez Cabrera y Don Mariano Martí y Navarro, matrimonio de españoles radicados en Cuba, viajó en 1862, con 9 años de edad, a Caimito de Hanábana, junto a su padre, nombrado entonces Capitán Juez Pedáneo de esa zona del sur de Matanzas, mucho más que una imperiosa compañía resultaría de esa estancia inolvidable.

Harto elocuente es el estado anímico del menor —Pepe—, que escribe a su madre, de quien ha tenido que separarse durante estos meses: "Todavía tengo otra cosa en qué entretenerme y pasar el tiempo, la cosa que le digo es un ‘gallo fino’ que me ha regalado Don Lucas de Sotolongo, es muy bonito y papá lo cuida mucho, ahora papá anda buscando quien le corte la cresta y me lo arregle para pelearlo este año".

Allí, al lado de su padre, a quien le sirve de amanuense para redactar documentos oficiales, tendrá por vez primera la oportunidad de escuchar "el murmullo del arroyo manso, los nombres extraños de la yerbas y las flores y el bosque eterno para contemplar cuando rompe en él el sol". La naturaleza lo invita ávidamente a su encuentro. Ha aprendido a montar a caballo. Se aguza con este contacto la sensibilidad del niño dócil que disfruta como nunca antes el desvelo de su padre que, como todos los que son buenos, "se lo quieren dar todo a sus hijos".

Infelizmente no todo lo que al pequeño ofrece la realidad de su país, contemplada en el lugar, son experiencias gratificantes. La trata negrera, en toda su magnitud, que desde entonces se le antojó como "la gran pena del mundo" se le insinúa lo suficientemente lacerante como para que las huellas que le ha dejado aquella temporada le definan el rumbo de la vida.

"Quien ha visto azotar a un negro, ¿no se considera para siempre su deudor? Yo lo vi cuando era niño y todavía no se me ha apagado en las mejillas la vergüenza... yo lo vi y me juré desde entonces su defensa."

No podría nunca más apartarse de su propósito: como una línea fija se perpetuaría su resolución, que se engrosaría cada vez más con la ola de bestiales maltratos e injusticia social que padecía la isla por parte del gobierno español.

Despojado injustamente del cargo que desempeña, pierde Mariano el trabajo y recurre nuevamente a la útil compañía del niño para viajar a Honduras. Y para que lo ayude en el sustento económico del hogar lo solicita en no pocas ocasiones, porque constantemente queda cesante, lo que provoca la inestabilidad de sus estudios.

No lo hace el padre con el ánimo de importunar al primogénito que halla en los libros la más grande de sus pasiones, aunque para aquel el estudio solo es un lujo de los que tienen dinero para gastar; pero en el hogar hay demasiadas precariedades y tiene que recurrir al niño que en no pocas ocasiones asume, como el jefe de familia que no es, la manutención de los suyos.

La solicitud paterna le llega a Pepe, que resulta ser siempre el mejor de los estudiantes de su clase, con severidad propia de un carácter duro e inflexible que tampoco está dotado de muchos entendimientos. No obstante, gracias a la generosidad de un amigo suyo, don Francisco Arazoza, el niño ha podido continuar sus estudios en el colegio de San Anacleto.

La amistad que entabla con Fermín Valdés Domínguez, y que por la austera correspondencia de ideales patrióticos y justicieros de ambos habría de durar toda la vida, lo conduce a un ser decisivo en la conducta y el rumbo irreversible de su existencia en aras de conquistarle a Cuba su total independencia: el maestro Rafael María de Mendive, a quien considera como el padre espiritual por ser quien le nutre el alma y por hallar en su escuela y su casa el ambiente independentista del que ya los cubanos no se pueden evadir.

El grito de independencia emitido por Céspedes el 10 de Octubre no puede silenciarse. En las calles habaneras, donde el despotismo español se sentía dueño, viven ahora y cada vez más los incidentes entre criollos y peninsulares. Los voluntarios de la soldadesca española reprenden a la población con una violencia atroz.

En la casa de Mendive se recitan poemas patrióticos, se conspira a favor de los insurrectos, se está consolidando allí uno de los tantos espacios que combatirían, a como fuera posible, el ignominioso régimen español.

El joven Martí se siente a gusto, más que como un disfrute, por la necesidad que le inspira su amor patrio, al participar en ese ambiente rebelde; los padres lo saben y en el hogar hace nido el temor por el hijo que corre peligro al manifestarse en oposición al gobierno.

Encuentra el revolucionario que se está gestando una forma de combatir. La Patria Libre, el periódico que él ha fundado, publica en el único número que pudo ver la luz el poema épico Abdala, cuya obvia referencia es la exaltación a la libertad.

Mariano, enceguecido por las penurias materiales que niegan la solvencia económica a una familia que ha traído al mundo ocho hijos y que conoce ya el dolor por la pérdida de tres de las niñas, y temiendo por el destino de Pepe, lo castiga severamente. Entre el padre y el noble pero rebelde adolescente se ha abierto una brecha, la incomprensión los aborda entonces y se daña una relación que recordará años más tarde el joven Martí con expresiones como "la rudeza de la voz", "los atrevimientos de la mano", "la innoble fusta levantada", y "las amenazas duras de los padres que olvidan que la única autoridad es el amor".

Lógico era entonces que a la aspereza que embargaba el hogar, no tanto por las carencias que traía la inestabilidad laboral del padre, sino por el clima de disputas constantes debido a las ideas revolucionarias del hijo, este se sintiera más a gusto en el hogar de los Mendive, quien le costeaba, con la autorización de Don Mariano, los estudios de Segunda Enseñanza donde se graduaría de bachiller y a quien llegó a querer entrañablemente.

Las consecuencias de los actos de José Julián a favor de Cuba lo conducirán al destierro, "esa casa inmensa en que es la vida expirar". El dolor infinito, como resumen esas páginas ignominiosas, descongelará las viejas rencillas y le traerá de vuelta al padre, que otrora mostró el ceño fruncido y el tono enérgico, aguantando ahora el llanto que finalmente no logra retener y moja las carnes llagadas del hijo, que lamenta por sobre todas las cosas el vivísimo dolor paterno, al intentar colocarle al prisionero las almohadillas que la madre le ha enviado para impedir el roce del grillete.

"¡(... ) y vio al fin, (...) aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquél! Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar! (...). Sollozos desgarradores anudaban su voz."

Vendrá el destierro y con él cinco años de separación. La poca flor de su vida sobrevendrá por un breve tiempo, no obstante haber perdido pocos días antes de su reencuentro en México con la familia, a su hermana Ana, tan querida de su corazón. Ahí, en la estación de Buenavista lo espera apagadamente Mariano, cuya presencia enlutada que se ha hecho acompañar de Manuel Mercado, fiel amigo de la familia, habla por sí sola y le da la noticia.

Pero poco durará la paz; en 1879, con esposa y un hijo, pero sin ellos, partirá nuevamente hacia España, en calidad de desterrado, para instalarse después en Estados Unidos y en ese escenario dedicarse por entero a Cuba y fundar más tarde, después de ininterrumpidas acciones políticas, enmarcadas en largos años de lucha, el Partido Revolucionario Cubano, en el que uniría a los amantes de la libertad de la Patria para llevar a cabo la guerra necesaria.

Mariano y Leonor saben que el curso de la vida de su hijo no está junto a ellos. Largos años los separarán de él y en escasísimas oportunidades podrán otra vez tenerlo cerca.

Mariano enferma y finalmente fallece el 2 de febrero de 1887. José García, el esposo de Amelia, lo ha atendido como si fuera su propio padre.

El agradecimiento ante tanta devoción ofrecida por el cuñado que lo reemplazó en el deber de esos cuidados lo hace escribirle: "No hubiera querido recibir de otras manos la noticia de la muerte de mi padre. En la carta de Ud. he sentido su último calor. Si ya Ud. no fuera hermano mío, por la ternura con que me quiso a mi padre lo sería." Y dejando muy atrás aquellos tiempos en que las desavenencias los hicieron presa de conflictos irreconciliables y alegando no haber tenido tiempo para darle en su vejez las comodidades de que lo privó "esa austera vida suya", lamenta haciendo gala de extraordinaria magnanimidad no haber podido ofrecerle "pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño".

Y a Fermín le confiesa que con la muerte de su padre una gran parte suya también ha muerto. "Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma. Mis penas, que parecían no poder ser mayores, lo están siendo, puesto que nunca podré, como quería, amarlo y ostentarlo de manera que todos lo viesen, y le premiara, en los últimos años de su vida, aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue puesta a prueba".

Las diferencias finalmente conciliadas entre José Martí y su progenitor no podían tener otro desenlace. Para quien tiene mayúscula talla humana la comprensión y la tolerancia obran en favor del bien. Por eso, y a pesar de las dicotomías con que algunos encasillan a los hombres y las circunstancias, no desvariaba Martí cuando entre las gratas memorias que de este mundo podría llevarse eligió "la cabellera de plata" de su padre.

 

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