No pretendemos apartarnos de la fórmula socialista definida hace
mucho tiempo de que cada cual debe aportar según su capacidad y
recibir según su trabajo; es decir que la redistribución se haga
según la cantidad y la calidad del trabajo que un ciudadano aporta a
la sociedad.
En esta etapa de la Revolución no podemos apartarnos de esa
fórmula, el problema es cómo se interpreta la fórmula. No siempre se
puede aplicar el principio de dar a cada cual según la calidad y la
cantidad de trabajo, porque al hijo de un trabajador, cuando lo
vamos a enviar a una escuela, no estamos viendo cuánto trabaja o
cuánto aporta su padre, en el afán del Estado de ofrecerles a los
niños la educación más esmerada. Si el niño se enferma, no andamos
preguntando cuál es la calidad y cantidad de trabajo que aporta el
padre o la madre, sino que sencillamente vemos allí a un niño con el
cual tienen un sagrado deber, la sociedad y el socialismo, de
atenderlo y curarlo cueste lo que cueste. Si hay que hacer una
cirugía cardiovascular infantil, puede costar miles o decenas de
miles de pesos, nadie vacila en hacerla. Cuando hay que hacer un
trasplante renal, nadie vacila en hacerlo. Si hubiera que hacer un
trasplante del corazón, nadie vacilaría en hacerlo; no le pregunta a
aquel ciudadano cuánto trabaja, cuánto aporta o cuánto no aporta.
Cien mil pesos cuesta en Estados Unidos un trasplante del corazón.
Se han hecho decenas de trasplantes de corazón y yo quiero preguntar
si a algún ciudadano le ha costado un centavo, o si a alguno de
ellos se le preguntó cuánto aporta a la sociedad.