A río revuelto¼ Es harto conocido el
viejo refrán, que ilustra en formidable síntesis cuántos dividendos
sacan a su favor quienes se aprovechan de la desorganización y la
negligencia para actuar de manera impune en detrimento de la propia
entidad, desangrada en lo económico y en lo productivo sin que medie
una respuesta acertada del colectivo en cuestión.
La mortalidad vacuna, a modo de ejemplo, constituye hoy el talón
de Aquiles de la ganadería camagüeyana, con varias empresas por
encima de los índices medianamente permisibles, situación nada
favorable para la gestión económica del sector en la provincia, que
perdió el año pasado, solo por ese concepto, más de 16 millones de
pesos.
En ello inciden, por supuesto, circunstancias sumamente
perjudiciales para el buen hacer vaquero, como la prolongada sequía,
que inhabilita micropresas y seca estanques y pozos, lo cual ha
obligado a suministrar agua con pipas a más de 75 000 cabezas de
ganado, alrededor del 13 % de la masa que se fomenta en esas
llanuras.
A tales razones objetivas se suman otras, que mucho dependen del
adecuado comportamiento de los hombres, entre las que vale mencionar
la insuficiente garantía de alimentos, deslices injustificados en el
manejo del rebaño, exceso de manigua en las unidades, e
incoherencias en la actividad reproductiva y el mejoramiento
genético de los animales.
De todas formas, según se ha revelado en verificaciones y
auditorías, no siempre las cosas fluyen con la transparencia
precisa: detrás del indicador de mortalidad algunos empresarios y
administradores de unidades han pretendido esconder (y de hecho lo
han consumado) muchos fenómenos que son frutos de artimañas,
embustes, robos y desvíos con fines de lucro.
A la categoría de "faltantes" van a parar, en no pocas ocasiones,
los resultados del descontrol y la desidia, por el no conteo
sistemático de la masa vacuna, desde los propios dueños de las reses
hasta las instancias responsabilizadas con ese proceder, que de
cumplirse como está establecido detecta a tiempo cualquier anomalía
y evita males mayores.
El juego, dicho en argot beisbolero, se decide en la base misma
de la cadena productiva: en la vaquería, la cooperativa, la granja,
la finca, allí donde deben estar bien claras las cuentas, no solo
para aquellos que ocupan cargos de dirección sino para los propios
trabajadores y campesinos, responsables de esos valiosos y nada
abundantes recursos.
El escenario en que transcurre la actividad ganadera es muy
distinto a etapas anteriores: el 56,7 % de la masa vacuna de la
provincia está hoy en manos del sector cooperativo-campesino,
incluidos cerca de 30 000 animales vendidos a los nuevos
usufructuarios de tierra, quienes a través del Decreto-Ley 259
accedieron a este tipo de forma productiva.
Ello obliga también a extremar en cada lugar las medidas de
protección y control del rebaño ante la acción depredadora de
ladrones, que atentan en los campos contra el patrimonio colectivo e
individual y no siempre encuentran una respuesta contundente y
aleccionadora por parte de los afectados.
Las estadísticas no mienten: en Camagüey se observa en los
últimos años un ligero y sostenido crecimiento de la masa ganadera.
Sin embargo, existe plena coincidencia en que pudiera ser mucho
mayor de generalizarse una verdadera cultura del orden, la exigencia
y la disciplina hacia el interior de las vaquerías y también entre
quienes dirigen ese estratégico sector.