De
los abusos sexuales de un padre a su joven hija, de marginales en un
frenesí de alucinógenos que no dejan ver ni rumbos ni propósitos, y
de un final coronado por el VIH compone Gerardo Chijona su último
filme, Boleto al paraíso, inspirado en hechos reales, y hay
que recalcar esto último porque habrá un momento en que al
espectador le cueste creer lo que está viendo, pero, en esencia, el
asunto fue así.
Giro contundente el de la trama a mitad del metraje, cuando el
director tiene a la audiencia en un puño con su (casi) tragicómica
historia de la hija ultrajada que pone pies en polvorosa y se une a
tres "frikis" de provincia, dispuestos a escapar a una capital que
les resulta tan lejana como esperanzadora. Hasta ese momento el
dinamismo de la trama, el desempeño de los actores y el don
indiscutible de Chijona para tejer situaciones humorísticas
perfectamente encajadas en los conflictos más angustiosos, no
admiten reparos.
Entonces llega un cambio de registro dramático cuando uno de los
jóvenes (el más aplastado por la vida, se nos ha hecho ver) les
propone a sus amigos dejarse contagiar por el virus del SIDA, lo que
les posibilitaría llevar una vida muelle en el sanatorio adonde van
a parar los enfermos.
Los hechos tienen lugar en el año 1993, en plena cresta del
llamado período especial, pero el cuadro que se recrea no es lo
suficientemente sugerente como para subrayar los desconciertos
económicos, materiales y espirituales presentes en el país tras el
derrumbe del campo socialista. En relación con los protagonistas, la
presión que los impulsa al acto suicida se reduce, en gran medida,
al rigor policiaco de que son objeto para evitar que se consuma
droga en los conciertos de rock donde participan.
Una asepsia en la recreación del tejido social y en la
complejidad existencial de los jóvenes marginales, que le resta
fuerza a la resolución de esos espíritus salvajes de renunciar al
libre albedrío para refugiarse en un sanatorio donde, aseguran con
una ingenuidad estremecedora (que estuvo presente en el hecho real),
piensan pasarla de maravilla.
Historia impactante, sin duda, la de Boleto al paraíso,
respaldada por la muchacha provinciana que, huérfana de afectos,
encuentra en uno de los jóvenes descarriados un sentimiento sincero
que la hace madurar, y hasta jugar una partida de amor con la
muerte.
El desenlace, incluyendo la escena del tejado, no pocas veces
vista, y el posterior lance pasional, se lo juegan todo a la
historia de amor que se pretende plasmar con una rotundez decisiva
para coronar por lo alto lo que hemos estado viendo. Pero aunque
perfectamente creíble como crónica de los hechos, a ese cierre le
falta, en su composición visual y dramática, el extra artístico que
hubiera hecho de Boleto... una película más crecida.
Bien recibida la última sensación en taquilla del cine argentino,
Carancho, de Pablo Trapero, un thriller policiaco que trae en
el papel protagónico al siempre bien recibido Ricardo Darín, ahora
junto a una formidable Martina Guzmán, esposa del realizador y
colaboradora, en otros aspectos, de esta realización.
Trapero, que debutó en el largometraje en 1999 con Mundo grúa,
demuestra que los años transcurridos lo dotaron de una
profesionalidad indiscutible para contar esta historia de realismo
sucio en la que Darín desempeña el papel de un abogado en declive,
al estilo de aquellos personajes a los que hizo célebre Raymond
Chandler. Un profesional que trabaja con una banda empeñada en
estafar a pobres víctimas de los accidentes del tránsito. Se trata
de un asunto tomado de la vida real y con un amor trágico marcando
el centro de la diana.
Es cierto que hay influencias del cine norteamericano, pero el
argentino funde con acierto el trasfondo social de su argumento con
una historia de ritmo sostenido, cuyo punto más discutible sea
quizás el final aleccionador y no poco tremendista.