De norte a sur y de este a oeste, la película chilena La nana
(2009, de estreno en los cines y salas de video) acumula tantos
premios internacionales en festivales de todos los rangos y
tendencias, que enumerarlos desbordaría el espacio dedicado a estas
líneas.
El
secreto de tal éxito hay que buscarlo en su universalidad, a partir
de un tratamiento intimista concebido desde un ritmo y atmósfera que
a ratos revisten los ropajes de un thriller y hasta de una cinta de
terror, sin que existan ni asesinatos ni otros hechos tremendos.
Todo el magnetismo brotando desde un despliegue de matices
psicológicos llevado a cabo por un artista que conoce muy bien el
tema del que está hablando ––la servidumbre doméstica–– y las dos
partes involucradas en esa relación: el que sirve y el que ordena.
En medio de una vertiginosa carrera cinematográfica surgida
prácticamente de la nada, Sebastián Silva necesitó menos de tres
semanas para contar esta historia acerca de una sirvienta que, tras
más de veinte años de trabajo con una familia de clase alta, se
siente amenazada con la llegada de otras criadas que vendrían a
ayudarla y por ende restarle poder en su microcosmo.
El mundo de una nana introvertida y con una historia familiar
secreta que la hace centrar su vida en los niños ajenos que ha
criado, y en la casa de "los otros", atendida con una dedicación de
esclava. La mujer que dobla por los cuarenta años y empieza a
vacilar y a agriarse frente a la monotonía y al sin sentido de su
vida. Y de pronto, una luz que se asoma de la manera más inesperada.
Pudiera ser una historia de Cenicienta y de subrayada crítica
social, pero está muy lejos de serlo. El director se mueve en lo
cotidiano de una familia acomodada y retrata los hechos como si no
inventara nada. Y sin embargo, aquí hay tensiones, desgarramientos y
hasta suspenso, sin haber personajes que ejerzan de malos,
porque los amos, desde sus alturas de poder, clasifican en el rango
de "los buena gente".
Sopesado equilibrio en el drama para enganchar hasta la última
escena y un juego limpio, aun cuando no se despliegue ante ciertos
espectadores lo que estaban pensando (terror, violencia