Fidel rumbo a México

El camino hacia la victoria

Raquel Marrero Yanes

"Me marcho de Cuba, porque me han cerrado las puertas para la lucha cívica. (¼ ) Como martiano pienso que ha llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos. Residiré en un lugar del Caribe. De viajes como estos no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies". Así escribió Fidel antes de partir al exilio el 7 de julio de 1955.

Fidel Castro, antes de partir hacia México, junto a familiares en el aeropuerto de Rancho Boyeros, en La Habana, el 7 de julio de 1955.

A la hora señalada se anunciaba la próxima salida del vuelo 566 de Mexicana de Aviación. De momento, el rostro del joven pasajero reflejaba una honda amargura por la inminente separación. Esa misma tarde tocaba tierra mexicana el avión procedente de La Habana.

Para aquel hombre robusto, con 28 años de edad, de traje gris, pasos decididos y mirada firme, a quien le acompañaba una maleta con más libros que ropas, comenzaban los días del exilio revolucionario.

Ya en México, Fidel, sin recibir noticias de sus compañeros, en carta fechada el 28 de julio escribió: "¿Cómo se imaginarán los demás que es esta vida? Es triste, solitaria y dura. Parece que lo destruyen a uno en mil pedazos cuando lo alejan de la Patria a la que solo se puede volver honrosamente, o no volver nunca más. Sería necesario comprender toda la firmeza de esta decisión para juzgar de nuestro ánimo. Yo ando todavía recogiendo los pedazos de mis sentimientos personales que son los de un hombre que por dignidad, ideal y deber todo lo ha renunciado en esta vida".

En el exilio prevaleció el sacrificio, el esfuerzo y el tesón, el sostenimiento consecuente de las ideas y principios, la confianza inquebrantable en esas ideas, en el triunfo final y en el pueblo. También la disciplina, arrojo, voluntad, entereza, coraje y decisión, que fueron las razones del éxito.

Ni las duras condiciones personales ni la lejanía de la Patria sojuzgada fueron pesadumbres para Fidel. La pasión martiana por la libertad se animaba en él en fervorosa acción ante el sagrado compromiso contraído con el pueblo. No descansó, regresó y reinició la lucha armada que pavimentó el camino hacia la victoria.

 

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