Uno
de los hechos que no se debe pasar por alto en el pulso musical de
esta temporada estival fue el inicio del ciclo de conciertos del
Laboratorio Nacional de Música Electroacústica (LNME), que se
extenderá hasta finales de año.
Aconteció
hace algunos días en el Teatro Nacional con el Dj Iván Lejardi como
protagonista. El músico emprendió su nuevo viaje sonoro con un
espectáculo ganado para la causa de la imaginación y la innovación
conceptual que rindió honor a la línea creativa que lo ha
identificado durante los últimos tiempos. Ahora, trabó contacto con
las obras de la exposición Resistencia, del pintor cubano
Alejandro Darío, y se propuso traducir al "lenguaje de las máquinas"
su mensaje ideoestético, que discursa desde diferentes ángulos sobre
el pasado y el futuro del ser humano y su variable condición cuando
se queda solo frente al mundo.
Lejardi lleva transpirando la camiseta en la pujante escena de la
electrónica desde los primeros tramos del siglo XXI. En este lapso
ha desarrollado una versátil carrera artística en la que ha
establecido vínculos con diferentes exponentes de la música
contemporánea cubana, como X Alfonso, Kelvis Ochoa, David Blanco,
Carlos Varela e Interactivo. Además, le ha puesto música a
diferentes manifestaciones del arte como la pintura y el
audiovisual, vertiente creativa que ha sido, precisamente, una de
las piedras basales de su evolución como Dj.
Por eso no sorprendió que se atrincherara detrás de los platos
para crear una nueva ola musical escoltada por una alineación de
artistas que contribuyó a cristalizar la idea original del
espectáculo, cuyo título lo tomó prestado de la muestra de Alejandro
Darío. En la confluencia de la banda de gaitas Eduardo Lorenzo, del
saxofonista Javier Amado Esteban, el flautista Marcel Nazabal, los
guitarristas Héctor Gilbert Ferrán y Emilio Peña, y la vocalista
Olivia Santana, el embajador de la escena electrónica insular
encontró su principal soporte para llevar adelante la trama del
concierto, en el que desplegó una original combinación de texturas
que navega en las aguas de los sonidos cálidos y atmosféricos de
Jean Michel Jarre, las diferentes variantes del deep house y las
enseñanzas de la escuela del sonido Bristol.
En tiempos en que muchos desconocen o parecen haber olvidado las
propuestas de la electrónica que plantan cara al pensamiento
desmovilizador y la identifican solamente con hedonistas
celebraciones del ritmo, Lejardi siguió, en esta ocasión, el camino
más próximo a las obras y perfomances de "músicos electrónicos" que
estimulan el poder del ser humano para tomar partido frente al mundo
y transformarlo. Y lo hacen a partir de la elaboración de mensajes
estéticos que lanzan sus dardos contra los centros de poder
hegemónico, como han sido los casos de bandas como Massive Attack o
Underground Resistance.
El eficaz desenlace de la estructura narrativa del espectáculo le
permitió a Lejardi alcanzar uno de sus propósitos cardinales:
engarzar orgánicamente los elementos de la electrónica con la
absoluta contemporaneidad de la exposición de Darío, aunque
realmente su trama se hubiera enriquecido en mayor grado con un
trabajo más profundo en el diseño visual, que, por momentos, llegó a
ser demasiado repetitivo. Pero esas fisuras no impidieron que
saliera airoso de su nuevo reto que, sin duda, le sirvió para
continuar acumulando puntos en la floreciente escena de la música
electrónica cubana.