Hay
espacio para todos. En el capitalino parque de la Normal, del
Municipio de Centro Habana, en cuya Casa de Cultura se registra como
promotor cultural Lázaro Ayestarán Saavedra, esperan, para ver qué
les trae, estudiantes de enseñanza primaria, secundaria y
preuniversitaria.
Los que no lo conocemos bien y solo sabemos de él que está
celebrando por estos días el décimo aniversario de su proyecto
cultural comunitario —devenido por su calidad, desde 2008, acción
relevante— Las Fábulas del Niche, todavía no logramos
imaginar que, con la propuesta que ofrecerá, conseguirá lo que no
muchos educadores pueden lograr: unir felizmente en una actividad
común donde se respira sana alegría a estudiantes de tan diversas
edades.
"Cuando supe que actuaría hoy vine para acá", explica a Granma
Yurangel Álvarez González, estudiante de Ingeniería Industrial que
disfrutó por primera vez del espectáculo cuando estaba en 7mo.
grado. "En aquella ocasión yo me acerqué a él, le pregunté sobre su
trabajo y lo sigo cada vez que puedo cuando se presenta. Realmente
nos divertimos mucho".
Con El cocodrilo comilón, una de las 15 fábulas que
vertebran el proyecto en el que tantos propósitos formativos se
hacen confluir, se inicia a la hora prevista la presentación, de la
que sigo dudando, por lo infantil del título, que pueda entretener a
los mayorcitos. Pero la creatividad bien sabe alcanzar cimas, y la
de este artista, con marcada vocación juglaresca, nacido en San
Miguel del Padrón, donde también vieron la luz los primeros esbozos
de su obra, ha dado ya muestras sobradas de su alcance.
Empieza, con la mágica fórmula de "había una vez" la historia,
que sencilla y bien hilvanada, invita a participar. Nadie pierde ni
pie ni pisada a las preguntas lanzadas por el Niche, apelativo
cubanísimo y popular con que se hace llamar el narrador. Con ellas
va implicando a su entusiasta auditorio para que se sienta también
parte del cuento.
El final llega rápido... pero no acaba el espectáculo. Todo lo
contrario, es entonces cuando el líder conforma, con la urdimbre de
propuestas participativas, esa amalgama donde instrucción y
diversión lucen sus mejores galas.
Las interrogantes con las que los estudiantes demostrarán
conocimientos de lengua española, de normas esenciales de educación
o de interpretación de situaciones de conflicto, surgen frescas y
espontáneas en una competencia fraternal que, lejos de propiciar
hostilidades, estimula la participación y el esfuerzo para ganar a
partir de respuestas que nacen —porque presupone sacar a la luz los
valores humanos— un poco más adentro de los labios.
Tienen que interpretar los pequeños contrincantes frases bien
seleccionadas del ideario martiano que armonizan con la fábula. Los
propios estudiantes escuchan y valoran cuál es la respuesta
correcta.
Pero no solo estimula esta eficaz diversión el gusto por el
saber. Los estudiantes asumirán —y de qué modo— la apuesta por el
mejor bailador. Rara vez pueden verse en un mismo escenario a
escolares de generaciones, y por ende enseñanzas diferentes,
disfrutando por igual al compás de la música. ¿El ritmo? El de moda,
reguetón, aunque sería deseable en el futuro escuchar una afirmación
de géneros mucho más enraizados en nuestra identidad. ¿La letra?
Escrita por el Niche, con referencias a las moralejas de sus
fábulas, portadoras de valores a manos llenas, como para que el
contagioso movimiento tribute también al esparcimiento de grandezas.