La isla siniestra

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Cuatro años después de Los infiltrados, un filme que le mereciera un Oscar que muy pocos aplaudieron, regresa Martin Scorsese con un psico-thriller que sin veladuras sigue las rutas de un Hitchcock sumergido en paranoias.

En apariencia, La isla siniestra, de estreno en los cines, parece un policíaco y policía es su figura central, Leonardo DiCaprio, repitiendo por cuarta ocasión con Scorsese. Pero no tarda el espectador en comprender, en medio de cierta confusión inicial del argumento, que el experimentado director juega la carta de las falsas conjeturas, ahora en el siempre retador terreno de la psiquiatría.

DiCaprio-policía llega a una isla donde radica un misterioso sanatorio mental. Lo acompaña otro agente del orden que encarna Mark Ruffalo y la misión de ambos es encontrar a una peligrosa enferma que se ha fugado. Los hechos se sitúan en 1954 y la Guerra Fría se respira por los cuatro puntos cardinales, de ahí que el protagonista incluya entre sus sospechas que ciertos experimentos militares se estarían realizando en la mente de los pacientes.

Hay un médico alemán, y una experiencia anterior del protagonista, que como soldado participó en la liberación de los prisioneros en un campo de concentración donde científicos nazis abrían un cerebro tras otro. (La suposición no tiene nada de fantasiosa cuando se sabe que, efectivamente, el ejército norteamericano experimentó con drogas en la mente de soldados suyos utilizados como conejillos de india tras la Segunda Guerra Mundial, tema que ha dado lugar a varias novelas y filmes).

También en una novela se basa Scorsese y fue escrita por Dennis Lehane, el mismo autor de Mystic River, llevada a la pantalla por Clint Eastwood. En los últimos años, Scorsese ha estado haciendo películas de fastuosas facturas, profesionales en todos los sentidos, pero carentes de aquel extra artístico que una vez lo situó a la cabeza de su generación. Oficio le sobra también a La Isla siniestra y su arranque es como para disponerse al banquetazo.

Sin embargo, el director falla en el equilibrio del relato, en ese ir dando pistas sin revelar más que lo suficiente, no importa que el final del conflicto sea una vuelta de timón de noventa grados.

Hay que tener en cuenta que el director no quiere realizar solo un thriller correcto y apasionante, al estilo de otros con su firma, sino contar una historia de suspenso que se desenvuelve en el siempre peligroso marco de las paranoias, allí donde Hitchcock , con menos recursos, pero con más pulso, sentó cátedra.

Artísticamente los flashbacks resultan impecables, pero se abusa de ellos, lo mismo en lo concerniente al pasado de la guerra como en la historia de la mujer que ha matado a sus cuatro hijos, y el resultado es una información en exceso que pone demasiado en guardia al espectador.

La isla siniestra termina siendo entonces menos de lo que prometía, al tiempo que hace pensar que los directores, por buenos que sean, no siempre son capaces de desenvolverse con igual tino en todos los terrenos.

 

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