La única solución posible a la crisis ambiental

El llamado de Hervé Kempf dista de ser una voz solitaria en el desierto. Los oídos tendrán que abrirse siempre a lo que ya dijo Fidel en 1992

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

El discurso pronunciado por el presidente venezolano Hugo Chávez en la cumbre de Copenhague en diciembre pasado hizo que muchos advirtieran la presencia, entre los enviados especiales de los medios de comunicación, de un escritor y periodista francés que durante los últimos años ha venido publicando artículos y libros sobre las causas del deterioro ambiental y la necesidad de hallar prontas soluciones.

Chávez citó la introducción que Hervé Kempf situó al frente de su libro Cómo los ricos destruyen el planeta, publicado originalmente por la casa Seuil en el 2007, y que cuenta con decenas de miles de ejemplares traducidos a varias lenguas: "No podremos reducir el consumo material a nivel global si no hacemos que los poderosos bajen varios escalones, y si no combatimos la desigualdad; es necesario que al principio ecologista, tan útil a la hora de tomar conciencia: pensar globalmente y actuar localmente, le sumemos el principio que impone la situación: consumir menos y repartir mejor". El mandatario venezolano acotó intencionadamente, y dirigiéndose a quienes hicieron lo posible y hasta lo imposible por diluir los propósitos de la Cumbre: "Creo que es un buen consejo el que nos da este escritor francés".

En los reportes de Kempf para el diario Le Monde sobre la Cumbre, este lamentó la escasa transparencia de la fase final del proceso de negociaciones; la falta de compromiso real de los principales líderes europeos, más preocupados por las agendas políticas domésticas que por clarificar los resultados de la cita; y la postergación de las demandas de los movimientos sociales que se manifestaron paralelamente al cónclave.

Concluyó con palabras inequívocas: "Durante la conferencia, Europa, de facto, se alineó con la posición de Estados Unidos". Pero llamó la atención sobre la creciente pujanza de estos últimos, de manera tal que no podrán ser ignorados.

Si se sigue la trayectoria de Kempf, saltará a la vista cómo en el curso de los últimos 20 años ha evolucionado su postura desde la simpatía por los pronunciamientos ecologistas hasta una comprensión radical del vínculo entre crisis ambiental y hegemonía imperial.

Al suceso del libro citado por Chávez siguió en el 2009 un ensayo que ya desde el título resulta sumamente revelador: Para salvar el planeta, salir del capitalismo.

Entrevistado sobre la proyección de este nuevo aporte, el escritor habló claramente de la relación intrínseca entre el sistema, sus mecanismos para ejercer la hegemonía ideológica y la catástrofe ambiental a la que estamos abocados.

"La oligarquía mantiene un modelo cultural de hiperconsumo que difunde al conjunto de la sociedad a través de la televisión, la publicidad, las películas. Ese modelo tiene que cambiar, pero está tan arraigado en la manera de vivir de la oligarquía con su enorme acumulación de riquezas que esta se opone a esos cambios. Un millonario nunca aceptará andar en bicicleta porque su modelo, su poder, su prestigio, es el auto caro. Si queremos atenuar la crisis ecológica, ese es el modelo que debemos romper. Es necesario reducir el consumo material y el consumo de energía. Estamos entonces en plena confrontación entre la ecología y la justicia, por un lado, y por el otro, una representación del mundo totalmente inadaptada a los desafíos de nuestra época".

A Kempf le parece insuficiente la mera descripción de un deplorable estado de cosas: necesitaba subrayar cómo detrás de las evidencias —crecimiento exponencial de las emisiones de carbono, incremento de la desertificación, reducción de las fuentes de agua potable, aumento del agujero de la capa de ozono, desaparición de especies endémicas, calentamiento global, estrechamiento de franjas forestales—, se hallaba una cuestión de fondo: la esencia misma del capitalismo.

Habría que recordar cómo el 12 de junio de 1992, una voz premonitoria se elevó en Río de Janeiro, durante la llamada Cumbre de la Tierra. Fue la del Comandante en Jefe Fidel Castro, quien puso los puntos sobre las íes cuando el grave problema todavía no se había desencadenado en la magnitud que hoy conocemos y prácticamente nadie alcanzaba a penetrar con lucidez en una perversa trama vinculante.

"Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema cuando casi es tarde para impedirlo. Es necesario señalar que las sociedades de consumo son las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la Humanidad. Con solo el 20% de la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer.

"( ... )

Si se quiere salvar a la Humanidad de esa autodestrucción, hay que distribuir mejor las riquezas y las tecnologías disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la Tierra. No más transferencias al Tercer Mundo de estilos de vida y hábitos de consumo que arruinan el medio ambiente. Hágase más racional la vida humana. Aplíquese un orden económico internacional justo. Utilícese toda la ciencia necesaria para el desarrollo sostenido sin contaminación. Páguese la deuda ecológica y no la deuda externa. Desaparezca el hambre y no el Hombre."

Las verdades incontestables y los reclamos ineludibles de Fidel acrecientan su vigencia.

 

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