Mito y ejemplo de Llauradó

Amelia Duarte de la Rosa

Entre los más notables rostros del cine, el teatro y la televisión nacionales se encuentra el de Adolfo Llauradó, actor cuya estela permanece indeleble no solo en aquellos que lo conocieron personalmente, sino en la memoria del público que disfrutó y aplaudió su formidable despliegue actoral, pauta de la escuela cubana de actuación.

El santiaguero, que el pasado 29 de agosto hubiera cumplido 68 años, fue recordado con anécdotas e imágenes de sus más diversos roles en una jornada que cerró con el estreno, en el cine Chaplin de la capital, del filme ¡Ay mi amor!, obra teatral llevada al celuloide por el director Tomás Piard.

Con la virtud de hacer un verdadero arte solo por amor trabajó El Chino hasta el fin de sus días en noviembre del 2001, así lo revelaron en el coloquio sobre su vida y obra sus amigos y compañeros de trabajo entre los que se encontraban el maestro Vicente Revuelta; la actriz Eslinda Nuñez; el director de televisión Vicente González Castro con quien realizó el último trabajo y su viuda Jacqueline Meppiel.

Marcas de su personalidad espontánea, desenfadada, sencilla pero a la vez exigente, fueron evocadas también por la actriz Alina Rodríguez y por Manuel Herrera, director de la Cinemateca de Cuba, quien rememoró la madurez de uno de "los actores de mayor exigencia en el cine cubano que volcó la actuación, con un mayor grado de cubanía, hacia un estilo más neorrealista".

Sin embargo Llauradó no fue solo el esposo de la tercera Lucía; el soldado de Manuela; el Tomás de Retrato de Teresa; el Leonardo de Bodas de sangre, marchó además sobre el camino de la enseñanza y la realización de los documentales Carilda desaparece el polvo (1994); Divas (1995); y Esmeralda (2001).

Carismático y versátil comenzó su carrera siendo adolescente en la CMQ por mediación de Gina Cabrera. Siempre sobre buenos pasos, los periódicos de la época definían a la nueva estrella de Oriente como una gloria del arte a tan temprana edad. Luego vendrían las cámaras de la televisión, momento que el actor calificó, en una entrevista realizada en 1958, de ser uno de los más felices de su vida, "fue emocionante, al principio me puse nervioso después me fui calmando hasta cobrar la serenidad". Valor y profesionalidad que caracterizaron el universo que nos legó Adolfo.

Precisamente de sus confesiones surgió la obra teatral ¡Ay mi amor! monólogo galardonado en la Jornada Villanueva y en el Festival de Monólogos de Cienfuegos y que le valió al actor Lester Martínez el premio de teatro que desde el 2004 lleva el nombre del personaje que encarna.

El unipersonal, con dirección de Carlos Díaz y dramaturgia de Norge Espinosa, llevado ahora a la pantalla grande por Piard en un esfuerzo por "salvar la obra para el futuro", es una puesta sin dudas reveladora para las nuevas generaciones sobre un arte que exige sacrificio y entrega; un tributo que sin loas se convierte en una gran clase que concede Llauradó de lo que es un actor.

 

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