Confieso
que no sé mucho de electricidad, ni siquiera la profesión de mis
padres, ambos ingenieros en Control Automático, logró avivar en mí
la inquietud sobre el tema. Más allá de valorar su importancia para
echar a andar el mundo, nunca me interesé por cómo se generaba o
cuánto costaba hacerlo. Las alertas lanzadas por el país en los
últimos tiempos han vuelto a poner el tema en la agenda.
A mis manos llegan decenas de trabajos periodísticos sobre ahorro
o derroche de kw, medidas para cumplir los planes de energía, robo
de electricidad, el quehacer de los inspectores... aunque, la
cotidianidad es mucho más rica y el apretón, a veces hasta la
asfixia del cinto del ahorro, me motiva algunas líneas. Pero ojo, de
antemano levanto la bandera de la racionalidad, la hecha con
inteligencia y estudio.
Como quien va a desprenderse de lo más preciado fui a la pizzería
ubicada a un costado del teatro Trianón; celebraba una fecha
importante y las cuestiones monetarias pasaron a un segundo nivel,
amén de las dificultades para llegar luego a fin de mes. Y si lo
sucedido no pasara la línea de lo absurdo, podía mover a la risa. Al
pedido de dos pizzas respondió la dependiente: "En el horario de 6
de la tarde a 10 de la noche no hacemos pizzas pues no está
permitido encender el horno". Quedé boquiabierta, no porque fuera a
llenarla con la ansiada masa sino porque detrás de mí otros tantos
pedían lo mismo y salían del lugar estupefactos.
Recuerdo que era sábado y de los teatros cercanos salía mucha
gente, otros comenzaban a disfrutar de la noche y hacían de la
céntrica calle Línea un hervidero, mientras las dependientas de la
pizzería, aburridas sobre el mostrador, lamentaban no brindar el
servicio. Esta es la hora que más personas pasan por aquí, pero no
podemos vender porque ahora la prioridad es ahorrar, dijo una de
ellas con esa expresión de quien no se cree lo que dice.
Y si este fuera el caso único no habría preocupación, pero los
comentarios de un colega sobre otra noche en los alrededores del
Mónaco, donde más de tres establecimientos permanecían cerrados por
la misma razón, indican sobre lo absurdo de dejar de ofrecer
servicios para cumplir con supuestos planes de ahorro.
Otro tanto sucede en las tiendas, las que por estos días ofertan
un vapor insoportable y las caras deslucidas y sudorosas de los
dependientes más preocupados en echarse aire que en vender. Cuántos
clientes no habrán desistido de comprar ante semejante tortura, o se
habrán limitado a adquirir lo más elemental para pasar rápido el mal
rato. A bolina se ha ido el placer de entrar a uno de estos lugares
a buscar con calma lo deseado, y quizás llevar algo más.
A tales argumentos podrían sumarse otros de igual importancia
como la posibilidad de malograrse algunos de los productos
alimenticios que allí se expenden, lo poco saludable de permanecer
en sitios cerrados y aglomerados de clientes, además del consabido
maltrato, que si en situaciones ideales abunda ahora se torna
crítico.
La mira está puesta en el uso de los aires acondicionados, y el
hecho es bien entendible. Pero ¿se ha tenido en cuenta a la hora de
apagarlos lo perjudicial que puede resultar hacerlo en determinados
lugares? ¿Resulta lógico desconectarlos en sitios herméticos y
repletos de personal y computadoras? ¿Se habrá calculado cuántos de
estos equipos podrían romperse por tanto calor? ¿Y el enciende y
apaga del aire acondicionado, no será también perjudicial?
¿Resultará más económico tener luego que invertir para reponerlos?
Sí, creo que debemos ahorrar, y cada vez más, pero no puede
hacerse a lo loco, ni implantar las mismas medidas en todos los
lugares, el ahorro tiene que ir acompañado del orden.
A veces es más cómodo llegar al final por el camino más corto, o
como jaranea el cuento "botar el sofá", en vez de analizar y
estudiar cada medida dictada.