Ahorrar, pero a qué costo

Leticia Martínez Hernández

Confieso que no sé mucho de electricidad, ni siquiera la profesión de mis padres, ambos ingenieros en Control Automático, logró avivar en mí la inquietud sobre el tema. Más allá de valorar su importancia para echar a andar el mundo, nunca me interesé por cómo se generaba o cuánto costaba hacerlo. Las alertas lanzadas por el país en los últimos tiempos han vuelto a poner el tema en la agenda.

A mis manos llegan decenas de trabajos periodísticos sobre ahorro o derroche de kw, medidas para cumplir los planes de energía, robo de electricidad, el quehacer de los inspectores... aunque, la cotidianidad es mucho más rica y el apretón, a veces hasta la asfixia del cinto del ahorro, me motiva algunas líneas. Pero ojo, de antemano levanto la bandera de la racionalidad, la hecha con inteligencia y estudio.

Como quien va a desprenderse de lo más preciado fui a la pizzería ubicada a un costado del teatro Trianón; celebraba una fecha importante y las cuestiones monetarias pasaron a un segundo nivel, amén de las dificultades para llegar luego a fin de mes. Y si lo sucedido no pasara la línea de lo absurdo, podía mover a la risa. Al pedido de dos pizzas respondió la dependiente: "En el horario de 6 de la tarde a 10 de la noche no hacemos pizzas pues no está permitido encender el horno". Quedé boquiabierta, no porque fuera a llenarla con la ansiada masa sino porque detrás de mí otros tantos pedían lo mismo y salían del lugar estupefactos.

Recuerdo que era sábado y de los teatros cercanos salía mucha gente, otros comenzaban a disfrutar de la noche y hacían de la céntrica calle Línea un hervidero, mientras las dependientas de la pizzería, aburridas sobre el mostrador, lamentaban no brindar el servicio. Esta es la hora que más personas pasan por aquí, pero no podemos vender porque ahora la prioridad es ahorrar, dijo una de ellas con esa expresión de quien no se cree lo que dice.

Y si este fuera el caso único no habría preocupación, pero los comentarios de un colega sobre otra noche en los alrededores del Mónaco, donde más de tres establecimientos permanecían cerrados por la misma razón, indican sobre lo absurdo de dejar de ofrecer servicios para cumplir con supuestos planes de ahorro.

Otro tanto sucede en las tiendas, las que por estos días ofertan un vapor insoportable y las caras deslucidas y sudorosas de los dependientes más preocupados en echarse aire que en vender. Cuántos clientes no habrán desistido de comprar ante semejante tortura, o se habrán limitado a adquirir lo más elemental para pasar rápido el mal rato. A bolina se ha ido el placer de entrar a uno de estos lugares a buscar con calma lo deseado, y quizás llevar algo más.

A tales argumentos podrían sumarse otros de igual importancia como la posibilidad de malograrse algunos de los productos alimenticios que allí se expenden, lo poco saludable de permanecer en sitios cerrados y aglomerados de clientes, además del consabido maltrato, que si en situaciones ideales abunda ahora se torna crítico.

La mira está puesta en el uso de los aires acondicionados, y el hecho es bien entendible. Pero ¿se ha tenido en cuenta a la hora de apagarlos lo perjudicial que puede resultar hacerlo en determinados lugares? ¿Resulta lógico desconectarlos en sitios herméticos y repletos de personal y computadoras? ¿Se habrá calculado cuántos de estos equipos podrían romperse por tanto calor? ¿Y el enciende y apaga del aire acondicionado, no será también perjudicial? ¿Resultará más económico tener luego que invertir para reponerlos?

Sí, creo que debemos ahorrar, y cada vez más, pero no puede hacerse a lo loco, ni implantar las mismas medidas en todos los lugares, el ahorro tiene que ir acompañado del orden.

A veces es más cómodo llegar al final por el camino más corto, o como jaranea el cuento "botar el sofá", en vez de analizar y estudiar cada medida dictada.

 

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