Lo
admito, me molesta. Que duden de mi generación, que la reprochen con
ligereza, y, peor aún, que la tilden de perdida irrita al más
sosegado de los espíritus, el mío entre ellos. ¿Acaso esa palabra es
sinónimo de irreverente, revolucionaria, rebelde, temeraria,
decidida... ? No me parece.
Hace unos días subí a una guagua, traía un maletín al hombro y
por azar encontré asiento. A mi lado iba un muchacho, muy vestido a
la moda, tatuado y con unos audífonos colgando de sus oídos.
Coincidentemente nos bajábamos en la misma parada. Qué alivio sentí
cuando él insistió en ayudarme con la carga, amén del bulto suyo.
Enseguida vino a mi mente la siniestra frase que sentencia la
perdición de la juventud. Me acordé entonces de tantos veinteañeros
que harían callar a más de un incrédulo, también de aquellos que dan
razones para tal aseveración.
¿Estarían perdidos los jóvenes que inundaron lugares como la Isla
de la Juventud, Pinar del Río, Holguín o Las Tunas para convivir con
el dolor, y también aliviarlo, en aquellos duros días de septiembre
cuando las aguas y los vientos se ensañaron con Cuba? ¿O los que por
vez primera pusieron una mano en la tierra herida para sacarle, a
como diera lugar, sus frutos? Recuerdo haber compartido allí con
muchachos que mientras hacían reír a tristes niños, sus familiares
dormían a la intemperie.
Y los miles de jóvenes que hoy sostienen la educación, ¿también
están incluidos en el apocalíptico enunciado? Sabrán acaso los
desconfiados de las noches dedicadas a preparar clases mientras
otros, con sus mismas edades, salen de fiesta; del nerviosismo del
primer día de clases; del inmenso orgullo de enseñar aun con menos
de dos décadas de vida; y del tremendo peso de la desconfianza que
cargan sobre sus hombros.
¿Envolverán en el término "perdido" a los muchachos que a pie
sobre el diente perro y con la nostalgia de amores congelados
custodian cada tramo de este país? ¡Si supieran de Lester y de su
testaruda guardia en aquellas perdidas costas guantanameras, o de la
tamaña responsabilidad de Javier al frente del radar que solo sabe
escudriñar el mar!
Un colega supo del periódico para donde yo trabajaba y enseguida
quiso saber mi edad: ¿Y tú, con 25 años, escribes en Granma?
Luego de contar muchas veces hasta diez, pues en otra ocasión
alguien opinó que nos estaban madurando con carburo, le relaté de
los tantos que hoy caminan los pasillos de la sede del órgano
oficial del Partido Comunista de Cuba. Le hablé de sus días y noches
acuartelados a la espera de la hora del cierre o a la caza de la
mejor tesis para completar el reportaje, mientras escuchan a Silvio,
tiran algún pasillo y hacen chistes.
Acaso olvidaron los incrédulos la hazaña de aquellos muchachos
con barbas que trillaron la Sierra Maestra y asaltaron luego las
ciudades para trastocar el orden de cosas, dentro y fuera de este
país. ¿Por qué si un hombre genial como Fidel ha confiado toda su
vida en la fuerza creadora de la juventud, otros se dan el lujo de
opacarla? Llenaríamos cuartillas con historias de jóvenes
menospreciados por argumentos tan triviales como la falta de
experiencia. ¡Qué habría pasado si los gestores de esta Revolución
hubieran esperado por la perezosa y escurridiza experiencia...!
Sí, es cierto que los tiempos son otros, y ya no nos toca la
heroicidad del fuego cruzado, pero las balas que ahora apuntan hacia
nuestras cabezas son mucho más peligrosas. Los jóvenes de hoy, los
de a pie, encuentran reducidas sus aspiraciones, posibilidades de
realización y hasta de diversión, mientras engañosos cánones se
empeñan en mostrar un mejor modo de vida fuera del país. Y a pesar
de que algunos van tras esos cantos y a otros los vence el desánimo,
quedan millones apostando, también desde la inconformidad, por el
destino de su patria.
¿Qué significa entonces que la juventud, mi juventud, está
perdida? ¿Que vestimos frescamente y a la moda, que preferimos la
algarabía, que decimos lo que pensamos sin medir las consecuencias,
que soñamos posibles e imposibles, que nos atrevemos a asumir
responsabilidades aun sin saber si seremos capaces de llevarlas a
buen término, que apostamos al futuro desde hoy... ? Si estas son
las respuestas, entonces sí estamos perdidos y no queremos ser
encontrados.