Juventud… ¿perdida?

Leticia Martínez Hernández

Foto: Jorge Luis GonzálezLo admito, me molesta. Que duden de mi generación, que la reprochen con ligereza, y, peor aún, que la tilden de perdida irrita al más sosegado de los espíritus, el mío entre ellos. ¿Acaso esa palabra es sinónimo de irreverente, revolucionaria, rebelde, temeraria, decidida... ? No me parece.

Hace unos días subí a una guagua, traía un maletín al hombro y por azar encontré asiento. A mi lado iba un muchacho, muy vestido a la moda, tatuado y con unos audífonos colgando de sus oídos. Coincidentemente nos bajábamos en la misma parada. Qué alivio sentí cuando él insistió en ayudarme con la carga, amén del bulto suyo. Enseguida vino a mi mente la siniestra frase que sentencia la perdición de la juventud. Me acordé entonces de tantos veinteañeros que harían callar a más de un incrédulo, también de aquellos que dan razones para tal aseveración.

¿Estarían perdidos los jóvenes que inundaron lugares como la Isla de la Juventud, Pinar del Río, Holguín o Las Tunas para convivir con el dolor, y también aliviarlo, en aquellos duros días de septiembre cuando las aguas y los vientos se ensañaron con Cuba? ¿O los que por vez primera pusieron una mano en la tierra herida para sacarle, a como diera lugar, sus frutos? Recuerdo haber compartido allí con muchachos que mientras hacían reír a tristes niños, sus familiares dormían a la intemperie.

Y los miles de jóvenes que hoy sostienen la educación, ¿también están incluidos en el apocalíptico enunciado? Sabrán acaso los desconfiados de las noches dedicadas a preparar clases mientras otros, con sus mismas edades, salen de fiesta; del nerviosismo del primer día de clases; del inmenso orgullo de enseñar aun con menos de dos décadas de vida; y del tremendo peso de la desconfianza que cargan sobre sus hombros.

¿Envolverán en el término "perdido" a los muchachos que a pie sobre el diente perro y con la nostalgia de amores congelados custodian cada tramo de este país? ¡Si supieran de Lester y de su testaruda guardia en aquellas perdidas costas guantanameras, o de la tamaña responsabilidad de Javier al frente del radar que solo sabe escudriñar el mar!

Un colega supo del periódico para donde yo trabajaba y enseguida quiso saber mi edad: ¿Y tú, con 25 años, escribes en Granma? Luego de contar muchas veces hasta diez, pues en otra ocasión alguien opinó que nos estaban madurando con carburo, le relaté de los tantos que hoy caminan los pasillos de la sede del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Le hablé de sus días y noches acuartelados a la espera de la hora del cierre o a la caza de la mejor tesis para completar el reportaje, mientras escuchan a Silvio, tiran algún pasillo y hacen chistes.

Acaso olvidaron los incrédulos la hazaña de aquellos muchachos con barbas que trillaron la Sierra Maestra y asaltaron luego las ciudades para trastocar el orden de cosas, dentro y fuera de este país. ¿Por qué si un hombre genial como Fidel ha confiado toda su vida en la fuerza creadora de la juventud, otros se dan el lujo de opacarla? Llenaríamos cuartillas con historias de jóvenes menospreciados por argumentos tan triviales como la falta de experiencia. ¡Qué habría pasado si los gestores de esta Revolución hubieran esperado por la perezosa y escurridiza experiencia...!

Sí, es cierto que los tiempos son otros, y ya no nos toca la heroicidad del fuego cruzado, pero las balas que ahora apuntan hacia nuestras cabezas son mucho más peligrosas. Los jóvenes de hoy, los de a pie, encuentran reducidas sus aspiraciones, posibilidades de realización y hasta de diversión, mientras engañosos cánones se empeñan en mostrar un mejor modo de vida fuera del país. Y a pesar de que algunos van tras esos cantos y a otros los vence el desánimo, quedan millones apostando, también desde la inconformidad, por el destino de su patria.

¿Qué significa entonces que la juventud, mi juventud, está perdida? ¿Que vestimos frescamente y a la moda, que preferimos la algarabía, que decimos lo que pensamos sin medir las consecuencias, que soñamos posibles e imposibles, que nos atrevemos a asumir responsabilidades aun sin saber si seremos capaces de llevarlas a buen término, que apostamos al futuro desde hoy... ? Si estas son las respuestas, entonces sí estamos perdidos y no queremos ser encontrados.

 

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