La urraca ladrona

ROGELIO RIVERÓN

Aún cuando el demasiado énfasis de algún verso ponga en contingencia la serenidad que parece reinar en su libro, Laura Ruiz Montes plantea con Los frutos ácidos varias interrogaciones llenas de sagacidad. Podemos intuir que la edificación de ese ingenio verbal llamado poema no implica, de entrada, un compromiso con el tiempo, en la forma lineal en que a nuestros ojos transcurre. Podemos creer que lo comprendemos todo, y sin embargo, deberíamos dudar de nuestra percepción, ante un verso de esta índole: Miro de reojo el nylon que lo cubre/ y leo "Unión de la Carne"...

Laura Ruiz (Matanzas, 1966) se juega el apego a ciertas realidades en este libro breve, e intuye —quizás— que dichas así esas jiras de biografía terminarán simbolizando, más que nada, una actitud. Pero fíjense de qué consabida forma alcanzo a expresarlo: digo biografía por esa costumbre de dar explicaciones, por efecto de una convención. Los frutos ácidos (Ediciones Matanzas, 2008) se presenta como la señal de quien está de regreso de una experiencia que en realidad no ha vivido. O que no ha sido vivida normalmente. Esa señal se apoya en algunas desilusiones y en algunas añoranzas, y lo hace mediante una aguda versión de lo bello.

Explicarse puede con frases tirantes. Para que un texto determinado se eleve a la condición de poema debe pasar por una especie de via crucis lingüístico, que de alguna forma altera el significado evidente de las palabras. Colocar las palabras de modo que un fragmento de lo que ella misma observa se convierta por unos segundos en lo que, con solo abrir su libro, observamos todos, es algo a lo que se acerca Laura Ruiz Montes en el medio centenar de páginas netas de Los frutos ácidos. Belleza es la forma en que altera esos fragmentos con rápidas salidas de tono, con el atisbo de alguna conclusión sumarísima. Son 25 poemas breves, distribuidos en dos secciones (Los frutos ácidos y Segunda naturaleza), que bien pudieran aparecer fundidas en una. Confieso que no percibo el cambio de ambiente de una a otra sección, pero sé la de sutilezas que pueden dictar esas pausas dentro de un poemario.

En el poema Mercado negro —uno de los mejor logrados de este libro— se guarda registro de una breve odisea. El transcurso de ese viaje se hace, en su aparente insignificancia, interminable. Al final nos sorprenderemos pensando en el destino, los sueños, la fatalidad y la trascendencia.

Esa serenidad de que hablo al principio es tal vez un ejercicio de contención. Laura Ruiz Montes dice lo inmenso sin gesticulaciones, y tiene la suerte de que su libro se publique en las Ediciones Matanzas, que trabajan bien y hermosamente.

 

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