Cocinando con Elvis

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Por estos días Gaia Teatro de La Habana estrena la pieza Cocinando con Elvis en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de la capital. Con la dirección general de Sebastián Doggart y codirección de Eduardo Eimil y Lázaro Alderete, la puesta en escena pudiera resultar llamativa para los que desde siempre han admirado a ese icono de la música que fue el rey del rock & roll.

La comedia, que pertenece al dramaturgo inglés Lee Hall —guionista del entrañable filme Billy Elliot—, llegó a nuestro país por primera vez en el año 2000 por el Proyecto Gaia, compañía que ahora la lleva a las tablas.

Después de la primera escena, el Prólogo, el espectador puede confirmar que ciertamente, como anuncia el programa, está en presencia de una comedia negra de hondo pesimismo.

Ubicada en New Castle, Inglaterra, Cocinando con Elvis tiene en su núcleo central relaciones familiares en torno a la música, el sexo y la comida. Su argumento anuncia sobre todo, la búsqueda imperiosa de la felicidad y los conflictos existenciales que de esa búsqueda devienen.

La trama encierra cuatro personajes: el padre, imitador de Elvis, paralítico producto de un accidente automovilístico (Iván Colás); la madre anoréxica y alcohólica con una apetencia sexual insaciable (Esther Cardoso); Jill, la hija de catorce años, gorda y desmedidamente interesada en la cocina (Yailin Coppola) y Stuart, el joven panadero, amante de la madre, quien trunca la calma fingida entre madre e hija cuando se instala en el domicilio y establece relaciones con los tres miembros de la familia (Luis Toledano).

Siguiendo el principio aristotélico, los conflictos se van desatando para luego llegar a un "aparente feliz" desenlace. A pesar de que el texto nunca propone una solución tangible a las crisis de cada personaje.

El espectáculo, cargado de ironía y con un lenguaje, por momentos, demasiado local, deviene una obra con parlamentos constantes, previsibles en los espacios alucinatorios del padre. Estos instantes conforman una ruptura del curso dramático de la pieza, una especie de remembranza del personaje en donde imita al "rey" y dobla sus canciones más populares. Aquí reside el punto débil de la puesta en escena, luego de casi dos horas, son harto monótonas para el espectador las intervenciones de un "Elvis" que, en definitiva, no simbolizaba siquiera a la figura risible de lo que fue el Rey del Rock. No escapan al ojo crítico estos declives en la parábola dramática que pretende una intensidad humorística inalcanzable en la puesta en escena.

Sin embargo, es meritorio destacar la producción artística de Esther Cardoso y el llamativo diseño escenográfico de Humberto Rosales. Una casa rodante que se acomoda según la trama. Las situaciones se desarrollan en una sala, la cocina, la recámara de la hija y el baño, indistintamente.

El mayor acierto de Cocinando con Elvis reside, sin lugar a dudas, en el efímero entretenimiento que proporciona al público, aún sin escapar de lo habitual. Esta vez el Rey no hizo bailar, sencillamente se mezcló con las personas comunes y como bien se dice al final de la obra, "cocinó un momentico de bondad o una sonrisa, sólo por un breve segundo."

 

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