En el Día del Idioma

NURIA GREGORI

El 23 de abril se ha convertido en una gran fiesta mundial de la cultura y para la cultura. Fueron, primero, los países hispanohablantes en la década de los años veinte del pasado siglo XX, los que eligieron esa fecha para celebrar cada año el Día del Idioma, porque un 23 de abril de 1616 había dejado de existir en Madrid, el Príncipe de los Ingenios, don Miguel de Cervantes Saavedra.

Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616).

En 1995, la Conferencia General de la UNESCO acordó también adoptar ese día para celebrar el Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor, teniendo en cuenta que un 23 de abril del mismo año 1616 dejaron de existir tres grandes de la Literatura Universal: Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. El objetivo de esta celebración es rendir homenaje, no solo a estos tres grandes de la Literatura Universal, sino a todos los autores e incentivar, sobre todo en niños y jóvenes, el placer por la lectura.

Cervantes, el Quijote y el idioma español están tan indisolublemente unidos por la historia y la literatura, que Cervantes es don Quijote y a la lengua española se le denomina la lengua de Cervantes; y esto a pesar de que también existieron un Garcilaso, un Quevedo, un Lope¼

Y cuando se habla de la lengua española también es imprescindible referirse, pues han sido parte sustancial de su historia y desarrollo en los últimos tres siglos, a la Real Academia Española (1713 ) y a la Asociación de Academias de la Lengua Española (1951), que agrupa a la Real Academia Española, las 19 correspondientes hispanoamericanas, la filipina y la norteamericana, a pesar de todas las críticas, en ocasiones virulentas, de que ha sido objeto su trabajo de planificación lingüística.

Don Quijote en la versión del surrealista español Salvador Dalí.

No obstante, en sus obras está la mejor respuesta. Fue esa innegable labor de 300 años la que llevó a los Jefes de Estado y de Gobierno de los países hispanohablantes, en 1960, a firmar un convenio multilateral en el que todos los Gobiernos se comprometieron a dotar a sus Academias nacionales de una sede apropiada y de un presupuesto decoroso, acorde con la importancia de los trabajos que les correspondía acometer: la elaboración y actualización permanente del Diccionario de la Lengua y de otros diccionarios, la actualización de la Gramática, la modernización de la Ortografía, los cuales constituyen instrumentos imprescindibles para servir a la unidad de la lengua, establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección en todo el mundo hispánico, asegurar su vitalidad y permanencia, facilitar su análisis, conocimiento y enseñanza.

En los últimos 15 años se han incrementado notablemente las labores de todos los proyectos interacadémicos con la incorporación de las nuevas tecnologías de la información, el aumento de personal especializado y la participación activa de todas las Academias encargadas en la selección y envío de los vocablos y acepciones originarias de cada uno de los países para su incorporación en el repertorio común de la lengua española. Tal es el número creciente de voces que surgen cada día en los países de América, donde vive actualmente alrededor del 90% de los hablantes de español, que se ha considerado imprescindible no postergar más la elaboración de un ambicioso proyecto interacadémico, el Diccionario Académico de Americanismos. Semejante trabajo de organización mancomunada entre países que hablan una misma lengua, no existe.

A los Académicos cubanos nos corresponde la gran responsabilidad de registrar y proponer la incorporación a las obras interacadémicas de los vocablos y acepciones, y formas gramaticales de Cuba, que aparecen en nuestras obras literarias, científicas, técnicas, en los medios de difusión, en la calle. Las decisiones, no exentas de largas y acaloradas discusiones, son aprobadas por consenso entre las 22 Academias.

Pero esto no siempre fue así. Durante muchísimo tiempo las propuestas que se hacían desde América para incluir en el Diccionario o en la Gramática, eran muy pocas veces tomadas en cuenta, o dilatadas hasta el olvido. No fue, por ejemplo, hasta el año 1956, que se aprobó por el Congreso de las Academias que la pronunciación de la C, Z como S, era correcta, gracias a la moción presentada por el académico cubano Adolfo Tortoló, "Sobre la legitimidad del seseo americano". Hasta entonces los aproximadamente 200 millones de hispanohablantes hispanoamericanos que éramos, "pronunciábamos mal", ¡no sabíamos hablar nuestra lengua materna!, frente a solo unos 20 millones de peninsulares. Solo a partir de entonces se consideró que ambas eran correctas.

Y es que hasta solo hace un poco más de medio siglo que el "ideal" o "modelo" de la lengua española se ubicaba exclusivamente entre las personas instruidas de Madrid. Hoy, esta estrecha concepción ha sido superada, pues está definido que el "mejor español" es el que hablan y escriben los hispanohablantes instruidos de Madrid , Guantánamo, Sevilla, La Habana, Buenos Aires, Caracas, México DF, Valparaíso, Managua, San Juan, Santo Domingo, Bogotá, Cartagena de Indias¼ . Como ya lo había adelantado hace 400 años en sabias palabras don Quijote a Sancho "El lenguaje puro Sancho, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majadahonda".

Pero, al mismo tiempo que todos hacemos la lengua, también la deshacemos. Por eso es deber de todos cuidarla, que no quiere decir mantenerla estática, sin cambios, "pura", libre de "impurezas y contagios" con otras lenguas. Tener en cuenta, que la lengua, además de ser el medio de comunicación que nos distingue, tampoco es solo gramática, que la lengua es un hecho social, que es cultura, que es conducta, identidad; que a través de ella expresamos quiénes somos, qué pensamos, qué sentimos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. El descuido, la chabacanería, la violencia verbal, fenómenos hoy lamentablemente tan extendidos, son hechos de conducta social que debemos rechazar todos: la familia, la comunidad, la escuela, los medios de difusión.

Defender que la igualación cultural y social debe consistir en elevar y dignificar, extendiendo incansablemente la educación y con ella el reconocimiento y goce de los valores supremos. No hay que abatir lo excelso sino hacerlo asequible a todos. Y, por supuesto, para ello es imprescindible elevar la calidad de la enseñanza de la lengua materna la cual debe ocupar un lugar prioritario en el sistema nacional de educación por la importante función que cumple, tanto para el desarrollo mental del individuo como para su formación integral, su especialización en cualquier rama de la ciencia y de la técnica y su integración social.

Estamos en condiciones de ser ciudadanos verdaderamente cultos y para ello le corresponde un primerísimo lugar al uso que hagamos de nuestra lengua materna, el español, la que compartimos con 500 millones de hablantes.

Es por eso que estamos seguros de que si el poeta Rubén Darío pudiera ver hoy los proyectos interacadémicos que realizan las Academias en defensa de la unidad y diversidad de nuestra lengua, hubiese omitido o cambiado esta estrofa de su Letanía de Nuestro Señor don Quijote, escrita hace un siglo:

De tantas tristezas,

de dolores tantos,

de los superhombres de Nietzsche de cantos

áfonos, recetas que firma un doctor,

de las epidemias, de horribles blasfemias

de las Academias ¡líbranos Señor!

 

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