¿Y quién trabaja en el campo?

Freddy Pérez Cabrera

La solución definitiva de los altos precios en los mercados y del mejoramien to de la economía doméstica, depende, entre otros factores, de la producción de alimentos en la cantidad y calidad requeridas, lo cual determinará que el ciudadano común no tenga que desembolsar buena parte del salario en adquirir lo que necesita para vivir. Pero tal aspiración requiere solucionar el déficit de fuerza de trabajo en la campiña cubana.

El trabajo en el campo es duro y no todos están dispuestos a realizarlo.

La mayor porción de la tierra cultivable del país está hoy en manos de los ministerios de la Agricultura y del Azúcar, y en menor cuantía, de las cooperativas, las cuales realizan la contribución más significativa.

En Villa Clara, por ejemplo, los campesinos, con el 35% de la tierra, aportan el 68% del total de la producción, lo cual incluye el 52 de la leche, el 98 del tabaco y el 54 del café, además de ser dueños del 54% de la masa ganadera.

Sin embargo, una gran preocupación ronda la cabeza de los directivos de la ANAP en la provincia, y es el futuro de la fuerza de trabajo capaz de cultivar los alimentos que necesita el pueblo.

La edad promedio de los campesinos del territorio supera los 50 años.  

Hoy, la edad promedio de los 31 920 campesinos del territorio es superior a los 50 años, con una tendencia al envejecimiento, según reconoce Carlos González Lorenzo, miembro del Buró de la ANAP, que atiende la esfera agroalimentaria.

Del total de integrantes, solo 1 689 son jóvenes, lo que representa, en el caso de las Cooperativas de Producción Agropecuaria, el 5, 2%, y existe una marcada inclinación de la nueva generación a no regresar al campo. Una muestra de ello es que muy pocos alumnos de los politécnicos de Agronomía, una vez graduados, van a laborar a las cooperativas.

Preocupante resulta el decrecimiento de las CPA en más de 2 000 socios en la última etapa. Solamente en el 2007 salieron de sus filas 700 miembros, motivados por la mala atención de las entidades estatales, el deterioro de las maquinarias, la paralización del programa de construcción de viviendas y la no rentabilidad de una buena parte de ellas, motivos por los cuales se vieron obligadas a contratar a más de 3 000 jubilados para que labraran la tierra.

El esfuerzo de los trabajadores del campo debe traducirse en satisfacción para las familias cubanas.

Por las razones anteriores, del año 2000 a la fecha fue necesario desintegrar siete CPA en la provincia, reconoce Neysi Santos Silva, al frente de la esfera de Organización en la ANAP provincial.

La situación de las CCS difiere del precario estado de las CPA, en lo que incide el mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de sus asociados.

LOS NÚMEROS NO MIENTEN

Datos aportados por Héctor Machado Pedraza, delegado de la Oficina Territorial de Estadística, en Villa Clara, reflejan la predispocisión al decrecimiento de la población rural en el territorio.

Si en el Censo de Población y Vivienda del 1981 radicaban en el campo 239 807 personas, hoy lo hacen 195 845, lo que representa solo el 24,2% de la población actual de la provincia, que es de 809 231 habitantes.

Cifras ilustrativas demuestran la mengua de las personas económicamente activas en el campo; es decir, las comprendidas entre los 18 y los 60 años de edad, que en el caso de los hombres es de 67 062, sobre cuyos hombros descansa, en buena medida, la producción de comida para más de 700 000 individuos —los residentes en las urbes, y los más ancianos y jóvenes de las zonas rurales.

Otro elemento a tener presente es la mayoría de edad de los hombres del campo. Baste decir que en el último Censo de Población y Vivienda se registraban 24 578 individuos con una edad que oscila entre los 60 y más de 85 años, muestra de la marcada tendencia al envejecimiento en el territorio.

Y EL RELEVO ¿DÓNDE ESTÁ?

La formación de la fuerza laboral que dé continuidad a la obra de nuestros padres y abuelos en el campo, pasa por un mal momento, según apunta José Alberto García Martínez, subdirector de la Enseñanza Técnica y Profesional en Villa Clara.

"La situación material de las escuelas resulta muy compleja, con un deterioro acumulado en sus instalaciones motivado por los duros años del período especial y el maltrato al que han sido sometidas muchas de ellas. Todo ello llevó a fluctuaciones en sus claustros y a una pérdida de interés de los alumnos por las carreras agropecuarias", reconoce el funcionario.

Si en el año 1992 la provincia tenía 15 centros, donde se formaban los jóvenes que laborarían en la agricultura, hoy solo quedan seis y para el próximo curso habrá cinco, por causa de la sensible disminución de la matrícula.

La tendencia de los últimos cursos, asevera José Alberto, ha sido incumplir las cifras de ingreso previstas. Hoy, por ejemplo, solamente estudian la especialidad de técnico de nivel medio en Agronomía 1 233 alumnos, número insuficiente para poder cubrir la demanda de fuerza calificada en este sector.

Entre las causales fundamentales se mencionan la desatención de las empresas en el proceso de captación, orientación y formación vocacional, y el hecho de ser centros internos rechazados por la mayoría de las familias.

Son ellos los que conocen las necesidades en sus municipios y entidades, y los máximos responsables de garantizar el futuro de sus trabajadores; sin embargo, hay que decir que son escasas las entidades preocupadas por visitar las escuelas primarias para crear círculos de interés, o las secundarias básicas con vistas a realizar la captación, destaca el metodólogo.

Incluso, la mayoría se desentiende de los alumnos una vez que están en los politécnicos, muestra de la pérdida de integración entre las empresas, los organismos y los centros de la Enseñanza Técnica Profesional. Las propias prácticas de los estudiantes en las empresas resultan deficientes, lo que crea desmotivación y apatía en ellos.

Datos aportados por la dirección de la enseñanza en el territorio reconocen que de cada 100 estudiantes que ingresan a los politécnicos, solo 40 concluyen sus estudios, y al final, no todos se incorporan a sus puestos de labor.

Como puede apreciarse, la solución a los problemas de la fuerza de trabajo, capaz de transformar la agricultura y producir la leche, los granos, las viandas y la carne, entre otros productos vitales, es compleja y requiere de medidas integrales que la dirección del país se empeña en buscar.

Mientras, queda en el aire la pregunta: ¿Y quién trabaja en el campo?

 

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