Psicópatas

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Es difícil olvidar al Norman Bates de Alfred Hitchcock en Psicosis (1960) y aquel final revelador al que muy pocas películas de suspenso han logrado acercársele, no obstante estar vinculado con el estilo de filmes series B de la época. Aunque muy poca propaganda se le dio entonces al asunto, el gran Alfred se había inspirado –ficción de por medio-- en la historial real del psicópata norteamericano Ed Gein.

Psicosis, de 1960, el principio de la oleada.

A Psicosis se le puede considerar como el pistoletazo de arrancada de una carrera plagada de esas historias y que terminaría convirtiendo al psicópata criminal en un verdadero género cinematográfico, hoy día desbordado.

Norman Bates asesinaba principalmente a las mujeres objetos de sus deseos. Pero con los años el móvil agresor iría cambiando. En los setenta predominaron las víctimas jóvenes de ambos sexos. En los ochenta, con la vuelta a un reinado conservador, llegan los enfermos mentales empeñados en destruir la placidez del hogar. El mejor ejemplo sea quizá Atracción fatal (1987), en la que el personaje de Michael Douglas pagaba caro el "salirse del plato" frente a una devoradora Glenn Close.

En los años noventa explota el asesino en serie, ese serial killer que se convierte en un favorito de la taquilla a partir de un fundamento sexual. Son los tiempos del thriller erótico al estilo de Instinto Básico, de Paul Verhoeven, y también de historias más empeñadas en dilucidar las motivaciones mentales del asesino, que en ocuparse de sus pobres víctimas. ¿Quién no recuerda el Hannibal Lecter de Anthony Kopkins en El silencio de los corderos?

Cuarenta años de psicópatas en el cine hasta que en esta vuelta a la esquina del XXI el tema, a juzgar por su peso numérico en pantalla, se convierte en una verdadera obstinación, pero por primera vez con unos ribetes que parecen responder a un escenario socio político de trascendencia mundial.

El horror y el mal encarnándose en una serie de personajes antihéroes (¿o acaso una nueva variante del héroe?): Daniel Day Lewis en Petróleo sangriento, Javier Bardem en Sin lugar para los débiles (ambos ganadores del Oscar de este año) los soldados trastornados de Brian de Palma en Redacted, Johny Deep convertido en un carnicero vengador¼ y mucha otras que evitan a todo trance el dibujo del superhombre inmaculado, tan ajeno a los días sangrientos que se viven.

Para Jonathan Rosenbaum --prestigioso crítico de cine norteamericano y autor de un excelente libro donde se demuestra por qué Hollywood evita a todo trance que en Estados Unidos se conozcan comercialmente películas con estéticas renovadoras— esta marea de asesinos psicópatas se entrelaza con el escenario bélico actual, y recuerda él cómo la salida de Hannibal (el caníbal) Lecter coincidió con la primera guerra en Irak.

Otro especialista del medio, Jim Hoberman, saca a relucir una buena cuota de ironía al señalar que no debe ser casualidad que tanto Petróleo sangriento como Sin lugar para los débiles se rodaran en el mid-Texas, "la tierra de Bush".

Y pone sobre el tapete una tesis digna de ser pensada: ¿Estarán esos asesinos de la pantalla deseosos de proclamar el desasosiego y la inquietud de un país sumido en violentas tensiones sociales y políticas?

O lo que resulta muy parecido: ¿Será acaso que nos encontramos ante el síntoma de una Norteamérica desorientada, de una sociedad que en su afán de exponerse mediante el cine encuentra en la figura del psicópata un portavoz del vacío moral que corroe sus cimientos?

 

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