Al
iniciarse el año 1958 se había producido cierta tregua entre
nuestras fuerzas y las tropas batistianas. Se sucedían, sin embargo,
los partes del ejército en los cuales se hablaba un día de 8, otro
de 23 bajas rebeldes; por supuesto, sin sufrir ellos ninguna; esta
era precisamente la técnica que dominaba, sobre todo en la zona en
que operaba mi columna, donde Sánchez Mosquera se dedicaba a
imaginarias batallas contra las fuerzas rebeldes, asesinando
campesinos con cuyos cadáveres nutría su hoja de servicios.
En los últimos días de enero se levantaba la censura y los
periódicos, por última vez hasta que acabó la guerra, publicaban
algunas noticias. El ambiente gubernamental respiraba aires de
tregua. Ramírez León, legislador batistiano, hacía un viaje más o
menos espontáneo acompañado de un concejal de Manzanillo, Lalo Roca,
y de un periodista español del París Match, Meneses, que
hiciera una serie de entrevistas en la Sierra.
Se
publicaban en Estados Unidos extensas declaraciones sobre la
denuncia del pacto de Miami hecho por el Comité del 26 de Julio en
el exilio que tenía como presidente a Mario Llerena, y como tesorero
a Raúl Chibás. (Estos comisionados encontraron tan saludable su
trabajo en aquella zona del mundo que, aparentemente, la han fijado
como residencia habitual en los momentos actuales y, quizás, tengan
profesiones similares a las de la época de la guerra de liberación,
cuando parecían personas honestas).
Las entrevistas con Meneses, que se publicaron en la revista
Bohemia, tuvieron su repercusión también en el mundo entero,
pero internamente fue interesante la polémica sostenida entre
Masferrer y Ramírez León, en esos fugaces días en que la prensa
habanera publicaba algunas noticias.
La censura se había levantado en cinco de las seis provincias.
Oriente seguía con las garantías constitucionales suprimidas y con
censura.
A mediados de enero era presentado ante los periodistas un grupo
de militantes del 26 de Julio que había sido tomado prisionero al
bajar de la Sierra; Armando Hart, Javier Pazos, Luis Buch y el guía
llamado Eulalio Vallejo. Tiene algún interés esta noticia, a pesar
de que todos los días caían compañeros presos y muchas veces eran
asesinados, porque es un índice de la polémica que ya existía más o
menos abierta entre las dos partes del 26 de Julio. Frente a una
carta, bastante idiota, que yo le había enviado al compañero René
Ramos Latour, este me contestó, pero además circuló una copia de mi
hoja; Ármando Hart me escribió una nota polémica y pensaba
mandármela desde la Sierra, donde fue a ver a Fidel, pero este
razonó que esa carta provocaría una nueva contestación, la que a su
vez, provocaría otra, hasta que en un momento dado podía caer alguna
en manos del enemigo, lo que no nos haría ningún favor. Armandito,
disciplinadamente, cumplió la orden, pero olvidó la nota en uno de
sus bolsillos y, cuando fuera apresado, la tenía encima.
La vida de Armando Hart y de sus compañeros estuvo pendiente de
un hilo durante el curso de los días en que estuvieron presos e
incomunicados. La embajada yanki se movilizó para averiguar el
origen de esta controversia. A través de toda una serie de términos
que se expresaban en las argumentaciones respectivas, el enemigo
intuyó algo y paró la oreja.
Independientemente del incidente anotado, Fidel consideró que era
importante dar un golpe de resonancia, aprovechando el levantamiento
de la censura y nos preparábamos para ello.
El punto elegido era nuevamente Pino del Agua. Una vez lo
habíamos atacado con buen éxito y desde ese momento, Pino del Agua
estaba ocupado por el enemigo. Aun cuando las tropas no se movían
mucho, su particular posición en la cresta de la Maestra hacía que
hubiera que dar largos rodeos y que siempre fuera peligroso el
tráfico cerca de la zona, de manera que la supresión de Pino del
Agua como punto avanzado del ejército podría ser de mucha
importancia estratégica y, dadas las condiciones de la prensa en el
país, de resonancia nacional.
Desde los primeros días de febrero, empezaron los preparativos
febriles y las investigaciones de la zona, en las cuales tomaron
parte fundamental por ser vecinos de allí, Roberto Ruiz y Félix
Tamayo, ambos oficiales de nuestro ejército en la actualidad.
Además, incrementábamos los preparativos de nuestra última arma, a
la que atribuimos una importancia excepcional, el M-26, también
llamado Sputnik, una pequeña bombita de hojalata que primeramente se
arrojaba mediante un complicado aparato, una especie de catapulta
confeccionada con ligas de un fusil de pesca submarina. Más tarde
fue perfeccionado hasta lograr impulsarlo por un disparo de fusil,
con bala de salva, que hacía ir más lejos el artefacto.
Estas bombitas hacían mucho ruido, realmente asustaban, pero,
dado que solamente tenían una coraza de hojalata, su poder mortífero
era exiguo y solo inferían pequeñas heridas cuando explotaban cerca
de algún soldado enemigo; sin contar con que era muy difícil hacer
coincidir perfectamente, desde el momento en que se encendía la
mecha, la trayectoria en el aire y su explosión al caer. Por efecto
del impacto al ser despedida solía desprenderse la mecha y la
bombita no explotaba, cayendo intacta en poder del enemigo. Cuando
este conoció su funcionamiento le perdió el miedo; en ese primer
combate tuvo su efecto sicológico.
Con bastante minuciosidad se prepararon las cosas, el ataque tuvo
lugar el día 16 de febrero, el parte de nuestro ejército que saliera
en El Cubano Libre y que aquí reproducimos es una síntesis
bastante exacta de lo que sucedió.
El plan estratégico era muy simple: Fidel, sabiendo que había una
compañía entera en el aserrío, no tenía confianza en que nuestras
tropas pudieran tomarlo; lo que se pretendía era atacarlo, liquidar
sus postas, cercarlo y esperar a los refuerzos, pues ya sabíamos
bien que las tropas que van en camino son mucho más hábiles que las
que están acantonadas. Se establecieron las distintas emboscadas de
las cuales esperábamos tener resultados grandes. En cada una pusimos
el número de hombres equivalente a la probabilidad de que por allí
viniera el enemigo.
El ataque fue dirigido personalmente por Fidel, cuyo Estado Mayor
estaba directamente a la vista del aserrío, en una loma situada al
norte y de la que se dominaba perfectamente el objetivo. En el mapa
No. 2 se puede apreciar el plan de acción; Camilo debía avanzar por
el camino que viene de Uvero pasando por la Bayamesa; sus tropas,
que constituían el pelotón de vanguardia de la columna 4, debían
tomar las postas, avanzar hasta donde lo permitiera el terreno y ahí
mantenerse. La huida de los guardias era impedida por el pelotón del
capitán Raúl Castro Mercader, situado a la vera del camino que
conduce a Bayamo y, en el caso de que trataran de ganar el río
Peladero, el capitán Guillermo García con unos 25 hombres los
esperaba.
Al iniciarse el fuego entraría en función nuestro mortero, que
tenía exactamente seis granadas y estaba manejado por Quiala; luego
comenzaría el asedio. Había una emboscada dirigida por el teniente
Vilo Acuña, en la loma de la Virgen, destinada a interceptar las
tropas que vinieran de Uvero y, más alejado hacia el norte,
esperando las tropas que vinieran de Yao por Vega de los Jobos,
estaba Lalo Sardiñas con algunos escopeteros.
En esta emboscada se probó por primera vez un tipo especial de
mina, cuyo resultado no fue nada halagüeño. El compañero Antonio
Estévez (muerto más tarde durante un ataque a Bayamo), había ideado
el sistema de hacer explotar una bomba de aviación íntegra, usando
un escopetazo como detonador, e instalamos el artefacto previendo
que el ejército avanzara por esa zona en la que teníamos tan poca
fuerza. Hubo una lamentable equivocación; el compañero encargado de
anunciar la llegada del enemigo, muy inexperto y muy nervioso, dio
el aviso en el momento en que subía un camión civil; la mina
funcionó y su conductor resultó la víctima inocente de esta nueva
arma de destrucción que, después de desarrollada, sería tan eficaz.
En la madrugada del día 16, Camilo avanzó para tomar las postas,
pero nuestros guías no habían previsto que los guardias se retiraban
durante la noche hasta muy cerca del campamento, de manera que
tardaron bastante en empezar el ataque; creían haberse equivocado de
lugar y cada paso lo iban dando con mucho cuidado, sin percatarse de
cuál había sido la maniobra. Caminar los 500 metros existentes entre
ambos emplazamientos le demoró a Camilo no menos de una hora,
avanzando con sus 20 hombres en fila india.
Al
final llegaron al caserío; los guardias habían instalado un sistema
elemental de alarma consistente en unos hilos a ras del suelo que
tenían amarradas unas latas, las que sonaban al pisarlas o tocar el
hilo pero, al mismo tiempo, habían dejado algunos caballos pastando,
de manera que cuando la vanguardia de la columna tropezara con la
alarma, se confundiera con el ruido de los caballos. Así Camilo pudo
llegar prácticamente hasta donde estaban los soldados.
Del otro lado, nuestra vigilia era angustiada por las horas que
pasaban sin comenzar el tan esperado ataque; por fin se oyó el
primer disparo que marcaba el inicio del combate, empezando nuestro
bombardeo con los 6 morteros, el que muy pronto finalizaba sin pena
ni gloria.
Los
guardias habían visto u oído a los primeros atacantes empezar el
ataque; y con la ráfaga que inició el combate hirieron al compañero
Guevara, muerto después en nuestros hospitales. En pocos minutos las
fuerzas de Camilo habían arrasado con la resistencia, tomando 11
armas, entre ellas dos fusiles ametralladoras y tres guardias
prisioneros, además de hacer 7 u 8 muertos, pero inmediatamente se
organizó la resistencia en el cuartel y fueron detenidos nuestros
ataques.
En sucesión, los tenientes Noda y Capote, y el combatiente
Raimundo Lien, morían en el intento de seguir avanzando, Camilo era
herido en un muslo y Virelles, que era el encargado de manejar la
ametralladora, tuvo que retirarse, dejándola abandonada. A pesar de
su herida, Camilo volvió a tirarse para tratar de salvar el arma, ya
en las primeras luces de la madrugada y en medio de un fuego
infernal; volvió a ser herido, con tan buena suerte que la bala le
penetró en el abdomen saliendo por el costado sin interesar ningún
órgano vital. Mientras salvaron a Camilo, perdiéndose la
ametralladora, otro compañero, de nombre Luis Macías, era herido y
se arrastraba entre las matas hacia el lugar opuesto a la retirada
de sus compañeros, encontrando allí la muerte. Algunos combatientes
aislados, desde posiciones cercanas al cuartel, lo bombardeaban con
los sputniks o M-26, sembrando la confusión entre los soldados;
Guillermo García no pudo intervenir para nada en este combate, ya
que nunca los guardias hicieron tentativas de salir de su refugio y,
como se preveía, inmediatamente hicieron un llamado de auxilio por
radio.
Ya a media mañana la situación era de calma en toda la zona, pero
desde nuestras posiciones, en el Estado Mayor, oíamos unos gritos
que nos llenaban de angustia y que decían más o menos: "Ahí va la
ametralladora de Camilo", mientras tiraban una ráfaga; junto con la
ametralladora trípode perdida, Camilo había dejado su gorra que
tenía el nombre inscrito en la parte trasera y los guardias se
mofaban de nosotros en esa forma. Intuíamos que algo había pasado,
pero no se pudo hacer contacto durante todo el día con las tropas
instaladas al otro lado, mientras Camilo, atendido por Sergio del
Valle, se negaba a retirarse y quedaban allí a la expectativa.
Las predicciones de Fidel se cumplían: desde el Oro de Guisa, la
compañía mandada por el capitán Sierra, enviaba su punta de
vanguardia para que llegara a explorar lo que sucedía en Pino del
Agua; la estaba esperando el pelotón completo de Paco Cabrera, unos
30 o 35 hombres apostados en la forma en que se ve en el mapa 3, al
lado del camino, en la loma llamada del Cable, precisamente porque
hay un cable, con el cual se ayuda a subir a los vehículos la
difícil altura. Estaban instaladas nuestras escuadras al mando de
los tenientes Suñol, Álamo, Reyes y William Rodríguez; Paco Cabrera,
estaba allí también como jefe del pelotón, pero quienes estaban
encargados de detener a la punta de vanguardia eran Paz y Duque, de
frente al camino. La pequeña fuerza enemiga avanzó y fue destruida
totalmente; 11 muertos, 5 prisioneros heridos, que se curaron en una
casa y se dejaron allí, el 2do. teniente Laferté, hoy con nosotros,
fue tomado prisionero; se ocuparon 12 fusiles, entre ellos dos M-1 y
un fusil ametralladora, además de un Jonhson.
Uno o dos soldados que pudieron huir llegaron con la noticia al
Oro de Guisa. Al recibir esta nueva, la gente de Oro de Guisa debe
haber pedido auxilio, pero entre Guisa y el Oro de Guisa estaba,
precisamente, apostado Raúl Castro con todas sus fuerzas, pues era
el punto donde presumíamos que más posibilidades ofrecía de que
llegaran los guardias en auxilio de los atacados en Pino del Agua.
Raúl dispuso sus fuerzas de tal manera que Félix Pena cerraría con
la vanguardia el camino de los refuerzos e inmediatamente, su
escuadra, con la de Ciro Frías y la que estaba directamente al mando
de Raúl, atacaría al enemigo, mientras que Efigenio cerraría el
cerco por la retaguardia.
Un detalle pasó inadvertido en ese momento: dos campesinos
inofensivos y aturdidos, que cruzaron por todas las posiciones con
sus gallos bajo el brazo, resultaron ser soldados del ejército de
Oro de Guisa que habían sido mandados precisamente para explorar el
camino. Pudieron observar la disposición de nuestras tropas y
avisaron a sus compañeros de Guisa, por lo que Raúl se vio obligado
a resistir la ofensiva que el ejército, conociendo sus posiciones,
le hacía desde una altura que había tomado y tuvo que hacer una
larga retirada, en el transcurso de la cual perdió un hombre,
Florentino Quesada, y tuvo un herido. El camino que viene de Bayamo,
pasando por el Oro de Guisa fue la única vía por la que el ejército
intentó avanzar. Si bien Raúl se vio obligado a retroceder, dada su
posición inferior, las tropas enemigas avanzaron con mucha lentitud
por el camino y no se presentaron en todo ese día. El mapa 4 muestra
la maniobra aproximada. Ese día sufrimos el ataque constante de los
B-26 del ejército que ametrallaron las lomas sin más resultado que
el de incomodarnos y obligarnos a mantener ciertas precauciones.
Fidel estaba eufórico por el combate y, al mismo tiempo, preocupado
por la suerte de los compañeros y se arriesgó varias veces más de lo
debido; eso provocó que días después un grupo de oficiales le
enviáramos el documento que insertamos, pidiéndole, en nombre de la
Revolución que no arriesgara su vida inútilmente. Este documento, un
tanto infantil, que hiciéramos impulsados por los deseos más
altruistas, creemos que no mereció ni una leída de su parte y, demás
está decirlo, no le hizo el más mínimo caso.
Por la noche, insistí en que era posible un ataque del tipo del
que Camilo realizara y dominar a los guardias que estaban apostados
en Pino del Agua. Fidel no era partidario de la idea, pero en
definitiva accedió a hacer la prueba, enviando una fuerza bajo el
mando de Escalona, que constaba de los pelotones de Ignacio Pérez y
Raúl Castro Mercader; los compañeros se acercaron e hicieron todo lo
posible por llegar hasta el cuartel pero eran repelidos por el fuego
violento de los soldados y se retiraron sin intentar nuevamente el
ataque. Pedí que se me diera el mando de la fuerza, cosa que Fidel
aceptó a regañadientes. Mi idea era acercarme lo más posible y, con
cocteles Molotov hechos con la gasolina que había en el propio
aserrío, incendiar las casas que eran todas de madera y obligarlos a
rendirse o a salir a la desbandada, cazándolos, entonces, con
nuestro fuego. Cuando estábamos llegando al lugar del combate,
aprestándonos a tomar posiciones, recibí este pequeño manuscrito de
Fidel:
16 de febrero de 1958. Che: Si todo depende del ataque por este
lado, sin apoyo de Camilo y Guillermo, no creo que deba hacerse nada
suicida porque se corre el riesgo de tener muchas bajas y no lograr
el objetivo.
Te recomiendo, muy seriamente, que tengas cuidado. Por orden
terminante, no asumas posición de combatiente. Encárgate de dirigir
bien a la gente que es lo indispensable en este momento. (f) Fidel.
Además, me decía verbalmente Almeida, portador del mensaje, que
bajo mi responsabilidad podía atacar en los términos de la carta,
pero que él (Fidel) no estaba de acuerdo. Pesaba sobre mí la orden
terminante de no entrar en combate, la posibilidad cierta, casi
segura, de la muerte de varios combatientes y la no seguridad de la
toma del cuartel, sin saber la disposición de las fuerzas de
Guillermo y Camilo, que estaban aislados y con toda la
responsabilidad sobre mis hombros; fue demasiado para mí y,
cabizbajo, tomé el mismo camino de mi antecesor, Escalona.
Al día siguiente por la mañana, en medio de las continuas
incursiones de los aviones, se dio la orden de retirada general y,
después de hacer con la mirilla telescópica algunos disparos sobre
los soldados que ya empezaban a salir de sus refugios, nos fuimos
retirando por el firme de la Maestra.
Como se puede apreciar en el parte oficial que en aquel momento
dimos, el enemigo sufrió de 18 a 25 muertos y las armas ocupadas
fueron 33 fusiles, 5 ametralladoras y parque abundante. A la lista
de bajas señaladas, hay que agregar la del compañero Luis Macías,
cuya suerte no se conocía en ese momento, y algunos compañeros, como
Luis Olazábal y Quiroga, heridos en distintas acciones del
prolongado combate. En el periódico El Mundo del 19 de
febrero aparecía la siguiente información:
"El Mundo, miércoles 19 de febrero de 1958. Reportan la baja de
16 insurgentes y 5 soldados. Ignoran si hirieron a Guevara. El
Estado Mayor del ejército expidió un comunicado, a las cinco de la
tarde de ayer, negando que haya tenido lugar una importante batalla
con los rebeldes de Pino de Agua, al sur de Bayamo. Admítase
asimismo en el parte oficial que ‘ha ocurrido alguna que otra
escaramuza entre patrullas de reconocimiento del ejército y grupos
de alzados’, añadiendo que en el momento de emitir ese propio parte
‘Las bajas rebeldes ascienden a 16, teniendo el ejército como
resultado de dichas escaramuzas, cinco bajas’. ‘En cuanto a que haya
sido herido el conocido comunista argentino Che Guevara añade el
comunicado, hasta ahora no se ha podido confirmar. Sobre la
presencia del cabecilla insurreccional en estos encuentros, nada se
ha podido confirmar y sí que permanece escondido en las intrincadas
cuevas de la Sierra Maestra’".
Poco después, o quizás ya en ese momento, habían provocado la
masacre del Oro de Guisa realizada por Sosa Blanco el asesino que,
en los primeros días de enero de 1959, moría ante un pelotón de
fusilamiento.
Mientras la dictadura solo podía confirmar que Fidel permanecía
"escondido en las intrincadas cuevas de la Sierra Maestra", las
tropas bajo su dirección personal le pedían que no arriesgara
inútilmente la vida y el ejército enemigo no subía hasta nuestras
bases. Tiempo más tarde, Pino del Agua era desalojado y
completábamos la liberación de la zona occidental de la Maestra.
A los pocos días de este combate se produce uno de los hechos más
importantes de la contienda; la columna 3, bajo el mando del
comandante Almeida, parte a la región de Santiago y la columna 6,
Frank País, bajo el mando del comandante Raúl Castro Ruz, cruza los
llanos orientales, se interna en los Mangos de Baraguá, pasa a
Pinares de Mayarí y luego forma el Segundo Frente Oriental Frank
País.
Tomado de Verde Olivo, edición 3, 19 de enero de 1964.
Carta a Fidel