Un petirrojo nos sobrevuela

CIRA ROMERO

Los artistas suelen entremezclar sus oficios, que no sus profesiones, Amaury Pérez Vidal decidió complicar(se) mucho más, y de la música y de la poesía, inseparables en él, se fue a la prosa con un libro de cuentos, El dorso de las rosas (Editorial Letras Cubanas, 2004) y recién acaba de aparecer su primera novela: El infinito rumor del agua (Ediciones Unión, 2007). Se arriesgó con lo que muchos estiman es el género mayor. La "Obertura" que Marilyn Bobes hace del libro me libera de repetir (y de suscribir) lo que allí expresa.

El infinito rumor del agua es una novela que se distancia por completo de los entramados que dan cuerpo a nuestra narrativa más actual, pienso que ese desmarcarse de lo que ha venido convirtiéndose en casi pura rutina temática, no pocas veces sostenida con obras bien logradas, pero donde se reiteran los tópicos (sexo duro, jineterismo, ambientes marginales), es la primera osadía del autor, aunque no la única. Y utilizo la palabra con el sentido de riesgo, pero de riesgo asumido desde varias perspectivas: no recurre a las convenciones de lo lírico y es una novela donde se respira un profundo lirismo; no es descriptiva, pero logra una atmósfera algo inacabada que la dota de una forma muy particular de la belleza; no recurre al expediente de la adjetivación por la adjetivación misma; posee una pauta rítmica escondida; encubre una libertad de inflexión de la sintaxis; ostenta la resistencia al discurso y de ella brota, además, esa voz diferente e inclasificable que se llama poesía.

La obra requiere de una particular atención porque los entrecruzamientos, los conflictos entre las imágenes y su exterioridad, el tiempo, las sombras del tiempo, el conocimiento y la inocencia de las situaciones y de los personajes, nos conducen no pocas veces a un área poderosísima que llamo a mí misma de pre-lenguaje, que encaja en medio de una especie de arquetipo que está más allá de la vida, al otro lado de un límite preciso.

«Preludio», «Lento pesante», «Andante», «Allegro ma non troppo» y «Finale» constituyen la sinfonía que da cohesión a una trama que por momentos tiene resonancias diversas, pero que se me prefiguran muy proclives a los entornos poéticos de la Loynaz (no olvidar que Amaury ha musicalizado poemas de esta autora), sin que a simple vista esa relación pueda establecerse, pero la siento diluida, muy bien asimilada, en esos personajes inquietantes que son Gretel y Gertrudis, separadas pero unidas en una geografía interior a veces desolada, ciénaga y desierta, siempre en tentativa para acceder al destino, pero donde lo seco y lo solar tienen algo de dura utopía realizada.

El diálogo con esta novela es inevitablemente ético, tanto por la necesidad de comunicación como por la renovación que supone interpretar, transformar la soledad del lector en colectividad moral, porque lo que late en el fondo de la obra es la posibilidad de un auténtico lazo que se va estrechando hasta llegar a ese algo innombrable que pudiera ser recibir el futuro desde el presente.

Por otra parte, no podemos perder de vista al petirrojo que sobrevuela estas páginas sin anidar en ninguna, y que se torna en una especie de cultura lúdica disfrutable en sus leves destellos, es también un proyecto existencial que podría identificarse con la estética de lo fugaz dominado por un pleno ejercicio de la libertad. Unido a este elemento, otros dos vienen a desempeñar un papel relevante: las cartas y los poemas. Ambos se complementan, formando parte de un pasado y de un presente interminables que surcan el tiempo sin límite de lo siempre dispuesto a renovarse.

Lo que mejor pudiera decir de esta novela es que abre interiores que vienen de la historia misma y refleja que es, en definitiva, el amor a la escritura y el talento al trasladarla al papel la manera más consciente de expresar una historia, con los infinitos rumores que susurran en su novela, Amaury Pérez deja abierto, ya, un espacio en la actual novela cubana.

 

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