El hombre de las dos Habana supera con creces el homenaje de
una hija a su padre para convertirse en una historia de
descubrimientos. Un develar humano, político y social signado por la
rabiosa sinceridad de su autora cuando, desde el mismo comienzo de
este largometraje documental, confiesa no haber sido precisamente una
admiradora del proyecto social vigente en la tierra que la viera nacer
y la cual abandonó siendo una niña. Y más aún: una realidad, la de la
Isla, que llegó a no importarle nada.
Vivian Lesnik, historiadora y periodista, dueña de una sólida
formación cinematográfica, se involucra en la historia de su padre Max
como la mejor manera de ofrecer un retrato integral del hombre al que
admira y al que durante mucho tiempo no entendió en sus pasiones
políticas. Una entrega la de Max Lesnik que no pocas veces puso en
peligro su vida y la seguridad de su familia, primero durante la lucha
contra la tiranía de Batista y luego al enfrentar durante años los
métodos fascistas de los cubanos traficantes de soberanía radicados en
Miami.
¿Por qué afrontar esos peligros (que marcaron la vida de la niña),
por qué la insistencia en la lucha?, se pregunta la cineasta y
sabedora de que para explicar, primero hay que tratar de entender a
profundidad, se sumerge en la historia de Cuba y hace desfilar los más
disímiles hechos y personajes y entre ellos surge su padre, presidente
de la Juventud Ortodoxa, líder estudiantil, amigo de Fidel y de muchos
revolucionarios, su padre camino al exilio en los años sesenta por no
estar de acuerdo con el acercamiento de Cuba a la Unión Soviética: "Yo
era de los que decían que la Revolución no debía de hacerse ni con
Washington ni con Moscú", una posición que luego el mismo Max Lesnik
ha calificado de idealista, pero así pensaba a los 30 años de edad.
La historia de Lesnik en los Estados Unidos es un largo expediente
en favor de las justas causas del pueblo cubano, lo mismo desde las
páginas de su periódico, y luego revista Réplica, que mediante los
micrófonos de la emisora alternativa Radio Miami, que hoy dirige y
donde no faltan llamadas de airados recalcitrantes que lo acusan de
espía y de comunista, debido a su firme posición en contra del bloqueo
y en lucha frontal con los terroristas que el gobierno norteamericano
amamanta con una impunidad de matones.
Sería largo describir todos los temas del documental y adentrarse
en algunas opiniones con las que se pudiera concordar o no, pero que
resultan la sustancia ideal para comprender que estamos ante un
material abarcador, lúcido como estructura y en el que impera la
pasión por el desentrañamiento.
La realizadora persigue a su padre lo mismo por aquellos lugares
que él transitó en Cuba durante su juventud (la Universidad, las
oficinas del Partido Ortodoxo), que en la llamada "pequeña Habana",
donde se le puede ver protestando en plena calle contra las medidas
anticubanas de Bush; entrevista a su propia madre y a otros miembros
de la familia, va en busca del tiempo vivido, se mezcla entre el
pueblo cubano e indaga sobre la vida, los contratiempos y la
felicidad; participa en un acto en el cementerio en recordación a los
mártires de Barbados, se indigna ante las jugarretas para que un
asesino como Posada Carriles eluda la prisión. Descubre, en síntesis,
y en medio de una poética imagen donde aparece Max sentado a lo lejos,
en un muro de la Universidad, que con cada llegada de su padre a Cuba
pareciera como si él nunca se hubiera ido.
Y a medida que el metraje avanza, esta bella mujer, que empezó de
curiosa observadora, se adentra en esos misterios del compromiso que
una vez le complicaron la existencia porque alejaban a su progenitor
de ella y sale a las calles de Miami a manifestarse en favor de la
soberanía de su pueblo.
El hombre de las dos Habana es una historia política, pero
también de una abarcadora humanidad.
Y que conste: no solo en lo concerniente al amor de una hija por su
padre.