A Bush, Blair y Aznar habría que juzgarlos por
sus crímenes de guerra

Opina el actor español Javier Bardem

Pedro de la Hoz
pedro.hg@granma.cip.cu

"Si las cosas marcharan como debieran en este mundo, habría que juzgar a Bush, Blair y Aznar por sus crímenes de guerra".

Quien pronuncia estas palabras, las ha meditado largamente. Podría habérselas ahorrado. "A fin de cuentas, soy solo un actor, pero también vivo y me duelen las cosas sucedan donde sucedan", acota con vehemencia.

Javier Bardem se ha convertido en uno de los actores más convincentes y cotizados de la hora actual española, con un anclaje internacional que muchos admiran y envidian. Ha querido estar en La Habana para acompañar el filme Invisibles, producido por él. Su reflexión sobre los responsables de la guerra contra Iraq y de tanta amenazante intromisión en los destinos de la humanidad nace de una analogía: su participación en el filme Los fantasmas de Goya, de Milos Forman. "El espíritu de aquella España oscura e inquisitorial —comenta Bardem— continúa revelándose en muchos aspectos de la realidad contemporánea".

La proyección de Invisibles en el 29 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano fue una fiesta para Bardem. "Ya me lo habían dicho varios amigos, en Cuba la gente aprecia el cine. Quería hacer una película que luego, desgraciadamente, no se pudo realizar: era sobre un médico en el terreno. Entonces llamé a la organización Médicos sin Fronteras y me fui un mes a Etiopía. A la semana ya estaba sobrepasado por algo que no me esperaba: una especie de misericordia mal entendida, esa del hombre blanco de primer mundo que va a ayudar a "los pobrecitos" y sale diciendo: "por favor, que alguien me ayude a mí", porque ves un nivel de dignidad, de entereza, de fuerza, de fe, y de humor y amor por la vida, que dices al final: "donde vivo eso ya está perdido". Pensé entonces en cómo podía retribuir esa entrega. Le comenté a los directores, Isabel Coixet, Javier Corchera, Mariano Barroso y Fernando León de Aranoa, y todos apenas tardaron un segundo responder afirmativamente. Faltaba un quinto director. Yo apenas conocía al alemán Win Wenders, pero este no puso reparos. Y así se hizo".

Los espectadores cubanos se sobrecogieron ante la sinceridad y la carga profundamente humana con que el filme aborda las penurias y esperanzas de quienes padecen el Mal de Chagas en Bolivia, sufren agresiones sexuales, son secuestrados para servir de carne de cañón o sucumben ante la Enfermedad del Sueño en tierras africanas, o son desplazados por la violencia endémica en intrincadas zonas colombianas.

Bardem lleva la carga de su apellido: "De niño quería ser pintor. Viviendo con mi madre, Pilar, que es una actriz que lleva mucho tiempo trabajando, he visto todo: los momentos altos, bajos, el tiempo de pasar hambre, el del desempleo, y eso me ha dado siempre una especie de membrana que me ha separado de la credibilidad de la actuación como profesión. Sé que hay que rescatar el trabajo duro que conlleva, pero estar muy atento, lo más alejado posible de lo que se dice de ti, lo más independiente que puedas de lo que significa la fama. Cuando empiezo un proyecto, lo único que mi madre me recuerda es: trabaja duro, por el apellido que llevas; pertenece a tus abuelos y a tu tío".

Justamente, la imagen del tío Juan Antonio (1922 – 2002, autor de las antológicas Muerte de un ciclista y Calle Mayor) termina por adueñarse de un momento de la conversación con este redactor. Le recuerdo a Javier mi encuentro con el gran cineasta español, donde me confesó su fe en los ideales comunistas y su inquebrantable solidaridad con la Revolución cubana.

La sonrisa desapareció del rostro de Javier y le brillaron los ojos: "Era un hombre consecuente con sus principios. Todavía resuenan en mí en sus cantos de su despedida las notas de La Internacional".

 

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