Francisco de Albear y Fernández de Lara

Genio cubano universal

Fidel Vascós González

A 120 años de la desaparición física del insigne ingeniero, la Editorial Científico-Técnica ha publicado su biografía en una excelente edición. El libro es resultado de la amplia y profunda investigación del Dr. Rolando García Blanco, autor que ya asombra por sus notables obras sobre la historia de la ciencia y la tecnología en Cuba.

Portada del libro de reciente edición.

Además del texto principal sobre el biografiado, se incluye una cronología de su vida, las fuentes bibliográficas y documentales, la bibliografía pasiva y tres índices especializados: onomástico, de entidades y temático. El prólogo está a cargo del Dr. Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana.

En 376 páginas, con gran profusión de imágenes de personalidades, planos y documentos, se recorre el origen, formación profesional, vida y obra de Albear desde su nacimiento, el 11 de enero de 1816, en el Castillo de los Tres Reyes del Morro, donde su padre, el coronel Francisco de Albear y Hernández, estaba al mando de la fortaleza.

Por tradición familiar, el futuro constructor cursó la Academia del Real Cuerpo de Ingenieros, en España, y participó allí en acciones militares durante las Guerras Carlistas. En 1843 es designado a servir en Cuba; pero antes, durante dos años, recorrió Francia, Bélgica e Inglaterra, para asimilar los últimos progresos alcanzados en las construcciones militares y civiles.

El primero de abril de 1845 arriba Albear a La Habana. Desde ese instante, y hasta su fallecimiento el 23 de octubre de 1887, en la propia ciudad, despliega su sobresaliente labor como proyectista y constructor, con breves interrupciones por visitas a España.

Su obra cumbre fue el acueducto que lleva su nombre. Culminó su proyecto en 1855 y se comenzó a edificar en 1861. En aquel tiempo, el abastecimiento de agua a La Habana se realizaba, además de con aljibes y pozos, mediante la Zanja Real y el Acueducto de Fernando VII, cuyas fuentes hidráulicas se originaban en el río Almendares, lo que resultaba insuficiente para las crecientes necesidades de una ciudad que ya alcanzaba los 100 000 habitantes.

El acueducto todavía hoy brinda servicio.

Uno de los varios aportes de Albear consistió en cambiar las fuentes de agua y tomarla de los manantiales de Vento, mucho más abundante y de mejor calidad que las del Almendares. Algo digno de resaltar es que el acueducto funcionaba sólo por la fuerza de la gravedad, pues su diseño había tomado en cuenta las curvas del nivel del terreno con ese objetivo. La colosal obra fue culminada en 1893 y aún presta servicios en nuestros días, aportando alrededor de un 15% del suministro a la capital.

La vida no le alcanzó a su genial constructor para dirigir la última fase de los trabajos; pero tuvo la satisfacción de conocer que su Proyecto fue premiado en la Exposición Universal de Filadelfia, en 1876, así como en la Exposición Universal de París, en 1878, donde obtuvo Medalla de Oro.

La impronta de Albear en las construcciones de Cuba no se limita al Acueducto de La Habana. Las investigaciones del Dr. García Blanco ratifican que Albear participó de manera destacada en el diseño o la construcción de unas 200 obras entre puentes, muelles, faros, caminos, carreteras, almacenes, ferrocarriles y edificios, entre ellos, los primeros proyectos del malecón habanero y de la carretera central.

Es de destacar que con vistas a precisar las nivelaciones del terreno, Albear realizó en 1874 un magistral levantamiento topográfico de La Habana, en escala 1:5000, no superado hasta la década de 1980.

García Blanco aporta nuevas facetas del ingeniero biografiado, entre ellas, su condición de académico, los rasgos de su personalidad y su afición por la literatura, especialmente la poesía. Albear fue miembro distinguido de diferentes sociedades científicas de España, Inglaterra, Bélgica y Cuba, ostentando, entre otras, la condición de Socio de Mérito de la Real Sociedad Económica de Amigos del País.

De especial significación fueron sus trabajos acerca de las relaciones que existen entre la profesión de ingeniero, las ciencias físicas y naturales y la higiene pública.

Quienes lo conocieron dejaron constancia de su recia personalidad, carisma personal y rigurosidad profesional, junto a la cordialidad que demostraba, su espíritu bondadoso, sincera amistad y ausencia de afán de lucro. Como una muestra de su modestia, sirvan estos versos, con los cuales finaliza un largo poema de su autoría que dedicó a la construcción del acueducto que lo hizo famoso:

"Así no lauros pido,/ ni aplausos de la historia: dichoso si he obtenido/ que mi feliz memoria, al ver mi tumba, en lágrimas/ os llene el corazón."

 

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