Catedráticos de la manipulación

Algunos corresponsales extranjeros en La Habana le hacen el juego a Washington

María Julia Mayoral
ma.julia@granma.cip.cu

Para el gobierno de Estados Unidos, fabricar una desfavorable imagen internacional de Cuba constituye asunto de alta prioridad. No en balde, dedican esmerada atención a describir la supuesta "represión" sufrida por sus mercenarios dentro de la vecina nación socialista.

Ante la imposibilidad de desconocer los éxitos cubanos en el campo de los derechos económicos y sociales, las acusaciones están centradas en la pretendida falta de libertades civiles y políticas. Tanto la ley Torricelli, promulgada por el ex presidente George Bush el 23 de octubre de 1992, como la Helms-Burton, suscrita por el Congreso estadounidense en 1996, y el Plan para Asistir a una Cuba Libre, aprobado por W. Bush en mayo del 2004, dedican especial atención a la falaz necesidad de asegurar el ejercicio de los derechos humanos y el respeto a la democracia en la Isla caribeña.

En esa apuesta por la mentira y la desinformación, los aparatos propagandísticos de EE.UU. no están solos; encuentran respaldo y amplificación en las imágenes construidas y transmitidas por los grandes medios internacionales de comunicación, incluidas las agencias de prensa, que durante más de cuatro décadas han participado por acción u omisión en la guerra mediática.

Especialistas como Mauro Wolf advierten que los medios proporcionan algo más que cierto número de noticias. Al describir y precisar la realidad externa, presentan al público una lista de todo aquello en torno a lo que tener una opinión y discutir. El constante énfasis en algunos temas, aspectos y problemas forma un marco interpretativo, un esquema de conocimientos¼ , para dar sentido a lo que observamos.

Diariamente millones de personas en el mundo buscan las noticias del día como hábito y necesidad imprescindible. Dicha percepción sobre lo relevante porque lo dicen los Medios de Comunicación Masiva (MCM) adquiere superior trascendencia cuando varios de ellos llevan a noticia los mismos hechos. Ello constituye un patrón cultural que los propios MCM han ayudado a conformar desde su origen, sobre todo en el caso de las agencias internacionales de prensa, las cuales se presentan como rápidas, eficaces e imparciales suministradoras de información.

No puede, desde luego, pedirse a ninguna agencia extranjera que asuma los criterios de noticiabilidad seguidos por la prensa revolucionaria cubana, pero las marcadas diferencias no resultan casuales.

Algunos de los corresponsales acreditados en La Habana "hacen el pan" de cada día, construyendo noticias sobre los supuestos "líderes de la disidencia", sin tomarse el trabajo de buscar otras fuentes para asegurar la "objetividad".

No solo utilizan a la "disidencia" como fuente principal de sus informaciones vinculadas supuestamente al tema de los derechos humanos, el manejo de frases estereotipadas para cualificar hechos y protagonistas, así como la asociación de asuntos dentro de un mismo despacho, por citar solo algunos recursos en la construcción del discurso, denotan la intencionalidad: invariablemente los mercenarios son presentados como "disidentes", "activistas de los derechos humanos", "periodistas independientes", "opositores", gente que actúa "con el propósito de lograr una transición pacífica", personas interesadas en "el diálogo y la reconciliación nacional", que "aman a su país, son pacíficos, y no luchan motivados por interés de una potencia foránea".

Solo así puede entenderse que conviertan en "noticia" hasta las recientes declaraciones de un sujeto, detenido por un agente del orden público, tras el reiterado cuestionamiento de ese ciudadano acerca de por qué debía mostrarse el carné de identidad solicitado por el policía.

En cualquier parte del mundo, un incidente de ese tipo no resulta noticia, forma parte de la rutina diaria. Sin embargo, hubo corresponsales extranjeros que hallaron en el hecho otra oportunidad para reiterar el supuesto "hostigamiento contra un opositor".

Mientras una simple actuación policial, como la descrita, se convierte en material de "trascendencia" informativa, apenas reflejan la condena masiva y sistemática de todo un pueblo al ilegal encarcelamiento de Cinco cubanos en EE.UU. por razones puramente políticas, a contrapelo del Derecho Internacional. Y cuando abordan el tema, parece ser un pecado referirse a la probada condición de estos jóvenes como luchadores antiterroristas.

Pero el "galardón" por la impudicia profesional, bien podría otorgárseles por el manejo de la figura de Posada Carriles, a quien siempre presentan como "el anticastrista Luis Posada Carriles". Para esos "objetivos e imparciales" reporteros no cuentan las sobradas evidencias, incluidos los documentos desclasificados del go-bierno de EE.UU., que avalan los atributos del asesino y su participación en numerosos actos terroristas.

Ni tan siquiera para hacer menos esquemática la redacción de sus "noticias", acuden a otros epítetos. A Posada Carriles también podrían identificarlo como prófugo de la justicia, ex recluso, ex agente de la CIA, como el comisario Basilio de la DISIP venezolana, sembrador del terror y la muerte en épocas de la Operación Cóndo... De hacerlo, nadie podría poner en tela de juicio su objetividad periodística.

Sin embargo, puesta en segundo plano la ética profesional, o totalmente olvidada en ocasiones, revelan a las claras que el objetivo principal está en tratar de descalificar al pueblo cubano y su Revolución. "Todo vale" en función de hablar mal de Cuba; ese es el camino escogido por muchos corresponsales extranjeros en La Habana, empeñados en convertirse en "catedráticos" de la desinformación a cuenta de su esmerada práctica cotidiana.

 

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