Los agrocombustibles, Intento genocida

Denuncian representantes de movimientos sociales de América Latina y el Caribe

María Julia Mayoral
ma.julia@granma.cip.cu

El panel de agroenergía del VI Encuentro Hemisférico de Lucha contra el Libre Comercio y por la integración de los Pueblos, celebrado ayer en el Palacio de las Convenciones, subrayó el enorme peligro que presenta para la humanidad la conversión de alimentos en combustible.

Foto:Jorge Luis GonzálezFrancisca Rodríguez abrió los debates en el panel de agroenergía.

Lo que está ocurriendo con los agrocombustibles y el tema de la energía en general, expresa otra forma de opresión a nuestros pueblos para resolver los problemas de los poderosos en los países del Norte, consideró Francisca Rodríguez, representante de las organizaciones Vía Campesina y de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas de Chile.

Nos dijeron, recordó, que los biocombustibles eran menos dañinos, que resolverían el déficit de petróleo y serían una oportunidad para salir de la pobreza, rescatando nuestra agricultura casi en exterminio por la acción acumulada del gran capital; pero la realidad es bien distinta.

Horacio Martín de Carvalho caracterizó con amplitud la situación de su país.

No deberían llamarse biocombustibles, porque bio significa vida, y esos productos están atentando contra la vida de nuestras comunidades y de nuestros pueblos, comentó. Prefiero hablar de agrocombustibles que están saliendo de nuestras tierras, en detrimento de su función de producir alimentos, dejando a campesinos sin trabajo, abriendo nuevos espacios a modernas empresas transnacionales.

La fabricación masiva de agrocombustibles, insistió, amenaza la posibilidad de alcanzar la soberanía alimentaria como derecho irrenunciable de los pueblos. Impedir esa realidad es el reto que tenemos por delante.

Para María Luisa Mendoza es necesario desmitificar la actual propaganda sobre los agrocombustibles.

Hay mucho engaño en las campañas de publicidad en torno a estos productos; tenemos, agregó, que desenmascarar lo que hay detrás de esa gran publicidad, pues se pretende cometer un genocidio.

Según opinó, las posiciones actuales de la representación de la FAO en América Latina, indican que esa organización ha abandonado su compromiso de promover la agricultura y la alimentación; se ha puesto al servicio de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y del gran capital.

Pero no solo se trata, alertó, de luchar contra los agrocombustibles, debemos ir más allá y pensar en la soberanía alimentaria, pues en cualquier momento pueden surgir otras iniciativas del gran capital para seguir arrebatándonos ese derecho humano. El problema central, concluyó, es el imperialismo, el capitalismo salvaje que hoy día agobia la existencia misma de los pueblos.

Para el ingeniero agrónomo Horacio Martín de Carvalho, asesor del Movimiento Sin Tierras, de Brasil, el empeño por producir aceleradamente agrocombustibles responde a la crisis energética del capitalismo monopolista a escala internacional, provocada por sus propios patrones de consumo. Solo Estados Unidos, ilustró, es dueño del 40% de la flota de autos en el planeta.

Es cierta, dijo, la disminución del petróleo y de otros combustibles tradicionales en el mundo, pero la situación empeora por la irracionalidad del capital. Los biocombustibles, expresó, ingresaron en una nueva matriz energética bajo el control de los mismos grupos económicos internacionales que han provocado la crisis energética mundial.

La base de los agrocombustibles es la biomasa; ello significa que también el imperialismo necesita controlar las tierras, el agua¼ de las naciones subdesarrolladas, evaluó el especialista.

Según la FAO, comentó, dentro de los próximos 15 a 20 años, los agrocombustibles serán el 25% del total de la demanda mundial de energía; detrás de ello está la ofensiva internacional del capitalismo monopolista para el control de las fuentes de energía. Esa voracidad del capital se observa en Brasil: quieren convertir al país en centro mundial de producción de etanol para beneficio de EE.UU., Japón, Europa.

Entre las implicaciones directas de ese fenómeno en su país, Carvalho incluyó la concentración de terrenos en manos de las trasnacionales, la destrucción de plantaciones dedicadas al sustento de la población, la disminución de las fuentes de agua, algunas de las cuales incluso han sido privatizadas, y la apertura liberal a las inversiones extranjeras.

Esa ofensiva del imperialismo, aseveró, trata también de reducir las formas de control social sobre el capital e instituye de manera masiva la orientación capitalista del empleo de la tierra, en perjuicio del campesinado y de los pueblos originarios.

Agencias ambientalistas y movimientos sociales están haciendo estas denuncias, pero son sofocadas por las noticias alabadoras sobre los grandes negocios y los miles de millones de dólares que podrían ingresarse en un año, explicó el ingeniero.

Gobiernos como el de EE.UU., recordó, están invirtiendo millones en investigaciones acerca de nuevas tecnologías, entre ellas las dirigidas a fabricar etanol celulósico; ello equivale al control sobre las patentes; a la imposibilidad de acceso de las naciones pobres.

Carvalho ponderó finalmente la necesidad de articular la lucha en distintos y simultáneos planos: la resistencia social en cada lugar, la articulación de los movimientos en los distintos países, la realización de acciones concretas para combatir al capital, y la denuncia desde las perspectivas social, económica, medio ambiental, con fuerte y sólida argumentación científica.

Según denunció María Luisa Mendoza, representante de la Red de Justicia Social de Brasil, la política energética de EE.UU. y de países de Europa también se está garantizando mediante cláusulas incluidas en los Tratados de Libre Comercio bilaterales y multilaterales, así como por las políticas trazadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Es necesario, coincidió, desmitificar la propaganda sobre los supuestos beneficios de los agrocombustibles. Se habla, dijo, de energía limpia y renovable, pero el cultivo y procesamiento de la caña con esos fines consume gran cantidad de productos químicos; solo una parte de los residuos de la fabricación de etanol se usa como fertilizante, la mayor cantidad provoca contaminación en ríos y fuentes subterráneas de agua.

La quema de la caña de azúcar, agregó, afecta los suelos, contamina el aire, causa enfermedades respiratorias. En tanto, el proceso de los ingenios, es fuente de polución ambiental.

Por la extensión de las plantaciones de soya para fabricar biocombustible se están destruyendo selvas y sabanas, argumentó. Esa expansión interesa igualmente a las empresas fabricantes de organismos genéticamente modificados, por la posibilidad de aumentar sus ventas y dominio monopólico; así han creado la caña transgénica de superior productividad, pero no comestible.

Está comprobada, además, la existencia de trabajadores sometidos a condiciones similares a la esclavitud, otros han muerto por agotamiento en medio de las plantaciones y por la quema de los cañaverales antes del corte, planteó la delegada brasileña.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir