Australia

La “moral” de un inmoral

ARNALDO MUSA
musa.amp@granma.cip.cu

La conversación no hace mucho en La Habana con una dirigente de alto nivel del Partido Comunista de Australia, ratificó lo que ya recientes hechos han demostrado fehacientemente: el actual gobierno del primer ministro John Howard es el más reaccionario en la historia de la isla-continente. Su violación diaria de los derechos humanos así lo corrobora.

Notorio por seguir la senda trazada por su socio Bush, Howard ha aprovechado sus años de gobernante para acoger bases norteamericanas, dotar con armas sofisticadas sus fuerzas armadas y, bajo el manto de la ayuda, introducir sus tropas en varios países del Pacífico.

Mientras el mundo cuestiona el unilateralismo norteamericano y su estrategia de golpe de antemano, Australia expresó su pleno respaldo a Estados Unidos, al que apoya con hombre y armas en su agresión a Iraq y en otras acciones, como la reciente maniobra que emprendió en Naciones Unidas para "proteger" a su mentor de la condena mundial por el bloqueo a Cuba.

Además, compite con Estados Unidos en su modelo del racismo, después de haber sido eliminado el apartheid de Sudáfrica. Cierto, Australia tiene un capítulo propio en este triste libro.

No por gusto, el gobernador del estado de Nueva Gales del Sur, Morris Iemma, declaró que la violencia era "la horrible cara del racismo en Australia", y sostuvo que, a despecho de lo que dice Howard, sí existe un racismo subyacente en la isla-continente.

País inmensamente rico, con vastos recursos naturales, el alto nivel de vida e ingreso monetario holgado de una parte de la población, no pueden ocultar que tres millones de seres viven en la pobreza y son víctimas del más feroz odio racial.

No hay que recurrir solo a la historia de los maoríes, los habitantes autóctonos, sino a cuestiones que el propio Howard prometió investigar, y no lo ha hecho. Tal es el caso de Cornelia Rau, una ex azafata alemana nacionalizada australiana que sufre de una enfermedad mental, la cual fue recluida en el Centro de Detención de Inmigrantes de Dexter, en el desierto meridional de la isla-continente.

Como este caso que trascendió a la opinión pública, existen otros centenares menos publicitados —en Baxta, en Port August—, de personas que sufren largas condenas y secuelas de enfermedades mentales producto de las condiciones inhumanas del centro de detención, ubicado en pleno desierto, con temperaturas que sobrepasan los 40 grados de calor y alejado de otro contacto humano.

Cuando unos 1 000 presidiarios ingleses iniciaron la colonización en 1778, había en Australia entre 500 000 y un millón de personas.

Al igual que ocurrió en otras partes del mundo, los indígenas australianos fueron diezmados por dos siglos de prácticas crueles, sobreexplotación, enfermedades y desalojo de sus tierras, y hoy son 300 000, el 2% de la población.

Reciben salarios tres veces inferiores a los habitantes blancos y sufren una tasa de desempleo cinco veces más alta. Los otrora dueños de Australia enfrentan necesidades de alimentación, agua potable y viviendas, la mitad de ellos viven hacinados en suburbios pobres.

Pero contra ese racismo que corroe las entrañas australianas se han levantado voces de diversas organizaciones humanitarias que reclaman justicia para la población aborigen y el cierre de los virtuales campos de concentración y de detención.

 

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