La "avalancha" de silicona

FÉLIX LÓPEZ

CARACAS—. El pasado fin de semana decidí darles la espalda a las noticias de los periódicos, los resultados de las encuestadoras y los "análisis" de los gurúes electorales en los telediarios. Quise pulsar de primera mano el escenario político venezolano, desde dos eventos de calle: la llamada "avalancha" en respaldo al candidato opositor Manuel Rosales, en la céntrica avenida Libertador de Caracas, y una caravana del candidato a la reelección Hugo Chávez, por tres humildes barrios de la capital.

La marea roja de Chávez se impone en las calles.

Se trataba de dos movilizaciones diferentes: una nacional a favor del zuliano Manuel Rosales, que financió una caravana de autobuses desde el interior del país; y otra local, con la presencia de los pobladores de la parroquia El Valle, conformada por barrios pobres levantados sobre los cerros. Ambas, atraparon la atención de la mayoría de los venezolanos durante el sábado y el domingo; porque aunque el pueblo sabe que Chávez está ganando y no necesita medir fuerzas con el candidato del imperialismo, este fin de semana era como la confirmación de la victoria anunciada para el 3 de diciembre.

El sábado, centenares de opositores salieron a las calles de Caracas, ataviados como en los días grises del paro petrolero y el golpe de Estado: banderas de siete estrellas, pitos, euforia, cervezas frías y regetón por las cuatro esquinas... Como uno más entré cámara en mano a la ¿avalancha? de Rosales. Allí, entre los aromas de Chanel y Givenchi, esquivando monumentales y provocativos pechos de silicona, volví a escuchar las mismas frases fascistas que quedaron inmortalizadas en las imágenes de las marchas de la oposición durante el golpe de abril de 2002: "¡A Miraflores!". "¡Saquemos al comunista!". "¡Chavistas cochinos!", y un sin fin de consignas huecas, sin el más mínimo asomo de ideas, acompañadas de rostros bien maquillados de odio y de la rabia característica de la oligarquía.

En honor a la verdad, la "avalancha" consiguió movilizar la mayor cantidad de cámaras de TV que ojos humanos hayan visto, pero no más de 15 000 personas, aunque desde la tribuna, al parecer obnubilado por el sol, Manuel Rosales calculaba que eran más de 250 000 opositores, entre los que se podían ver a los dirigentes de los moribundos partidos que apoyan su candidatura, dando coletazos ante los periodistas de Globovisión, como dinosaurios rabiosos escapados de una película de Spielberg.

Pero todos presentían que el punto de éxtasis de la concentración se viviría en el discurso del candidato. Mientras los altavoces repetían hasta el delirio "atrévete, atrévete, atrévete"..., recordé las excelentes piezas de oratoria que en estos días han sacado al candidato Manuel a la palestra pública: para este aspirante a presidente del país con mayores reservas petroleras del mundo "un siglo tiene casi, casi, cien años"; y los venezolanos deben votar por él y "no creer en cantos de ballenas". O aquella frase lapidaria del día en que el pueblo, ofendido por su visita, lo hizo correr en un cerro: "si me matan y me muero la culpa es del Gobierno"...

Manuel Rosales es el candidato de Washington.

Para asombro de todos, el acto se inició a la usanza de Chávez: el himno nacional cantado a capella... Y acto seguido la sorpresa: Rosales comenzó a sudar y a decir oraciones entrecortadas e incoherentes, mientras una jovencita le sostenía unas tarjetas con el guión (chuleta, lo llaman los venezolanos)... El público quedó atónito ante la falta de convencimiento y de proyecto del candidato. A los 20 minutos Rosales, buscando un golpe de efecto, habló de "la tarjeta Mi Negra", en la que dice depositará dinero a todos los venezolanos de la renta petrolera. Llamó al estrado a la humilde mujer negra que promociona esta mentira en las cuñas de TV y pasó la mano por su cabeza, como si acariciara a un animalito. La besó y automáticamente sacó un pañuelo y se limpió la boca, en gesto de asco y desprecio. Los estrategas de la campaña se percataron del "exabrupto" y subieron la música de fondo hasta el delirio: "atrévete, atrévete, atrévete"... Así lograron completar los 45 minutos de discurso y calabaza calabaza, cada uno a su casa.

El resto de la tarde, como en un plan bien articulado, las televisoras comerciales promocionaron la "avalancha" de Rosales como "una de las mayores muestras de unidad de la oposición", falsearon imágenes y llevaron a los programas de opinión a "politólogos" que advirtieron de la "amenaza comunista", de cómo Chávez, de ganar, eliminaría el béisbol profesional y obligaría a todo el mundo a vestirse igual y comer lo mismo. Como detenidos en los tiempos de la contrarrevolución cubana, años 60, llamaron a las madres a votar por Rosales, porque Chávez les quitaría a sus hijos. Sin comentarios.

El domingo, para demostrar que el pueblo no cree en el discurso fascista y en las mentiras de los medios, Caracas amaneció de rojo. En los barrios humildes de la parroquia El Valle la gente comenzó a bajar temprano para esperar al Presidente y acompañarlo en su recorrido por las calles de una comunidad, que se desbordó en los días del golpe de abril y tomó las entradas del Fuerte Tiuna, exigiendo a los militares golpistas que Chávez volviera a Miraflores. A las cinco de la tarde la apoteosis se apoderó de esta parte de la ciudad. Era una respuesta de barrio a un intento de acto nacional de la oposición. El tsunami rojo aplastó la "avalancha".

Hoy, la polarización en los medios —que no en los barrios— es superior a lo vivido en Venezuela hasta el fin de semana. La oposición sabe que el candidato de los yankis no le llega ni al tobillo al Presidente Chávez, con la victoria garantizada el próximo 3 de diciembre. Ese es el motivo de la desesperación y de los intentos por calentar la calle y crear un escenario desestabilizador, con "avalancha" de silicona incluida, que justifique acciones golpistas como las del 2002. El pueblo venezolano lo sabe y está dispuesto a todo por defender a su candidato. Saben que la oligarquía se juega su última carta y es capaz de cualquier cosa... Por eso, en señal de serenidad y alerta, repiten y envían en mensajes telefónicos una de las más afamadas frases de Manuel Rosales: "No se le puede pedir peras al horno".

 
 

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