Comandante Luis Augusto Turcios Lima

A cuarenta años de una siembra fértil

JOAQUÍN RIVERY TUR
rivery@granma.cip.cu

Todo el aparato represivo no pudo evitar la actividad del pueblo en los funerales y el sepelio.

Luis Augusto Turcios Lima (derecha) con su segundo, César Montes, en los tiempos de la guerrilla en Guatemala.

Daba la impresión de que la policía del régimen de Ydígoras Fuentes estaba rodeada por un ejército bien armado y no hizo ni el menor intento de impedir el homenaje de los guatemaltecos al Comandante Luis Augusto Turcios Lima, muerto en un accidente de carretera el 2 de octubre de 1966.

Desde que el cadáver fue identificado y reclamado por su abuela, la mayor funeraria de Ciudad de Guatemala se convirtió en un lugar de peregrinación y el desfile no cesó hasta que partió el entierro al día siguiente.

La policía estaba simplemente parada en posición de firmes mientras el cortejo pasaba por la Escuela Politécnica Militar, frente a una estación de policía y la penitenciaría.

Incluso, en el cementerio estaban numerosos guerrilleros de uniforme y hasta miembros de la dirección de las Fuerzas Armadas Rebeldes, que había comandado Turcios Lima. Su segundo, César Montes, estaba allí, armado con un R-l5.

Puede haber sido el símbolo el que paralizó a los cuerpos represivos, que en otras circunstancias hubiesen procedido con el espíritu sanguinario de siempre. En Guatemala, los revolucionarios, los comunistas, los sindicalistas, desaparecían sin que nadie pudiera evitarlo.

En la América Latina de 1960, el levantamiento de un grupo de militares en defensa de la dignidad de su pueblo, un 13 de noviembre, sacudió el continente. En poco tiempo un nombre resonó en los movimientos de liberación, cual luz en Centroamérica. El Comandante Turcios Lima parecía ir convirtiéndose en líder de revolución, con la conciencia de que en su país había condiciones para desarrollar la lucha armada que se prolongaría durante décadas.

En enero de 1966, en la Conferencia Tricontinental en La Habana, el jefe de las Fuerzas Armadas Rebeldes reveló, en su solo párrafo, la concentración de su pensamiento polìtico del momento:

...Basta ya. Hemos llegado al borde y hemos decidido poner fin a esa guerra silenciosa en que solamente el bando del pueblo sufre las bajas. La guerra revolucionaria, guerra del pueblo, ha empezado ya y aunque sabemos que tendremos que soportar muchos sufrimientos, muertes y destrucciones por largo tiempo, estamos resueltos a no detenerla hasta que el pueblo tome el poder en sus manos.

Cuando la fibra del hombre está confeccionada de honestidad y la inteligencia es clara, su rumbo es cierto. Tres años por escuelas militares de Estados Unidos no le cambiaron su amor por el pueblo ni lo hicieron dejar de sufrir por lo que veía en su Guatemala natal, porque en cuanto regresó a la patria se incorporó a los trajines revolucionarios y en junio de 1966, cuatro meses antes de su muerte, ingresó al Partido Guatemalteco del Trabajo (Comunista).

El jefe revolucionario era líder y tenía la visión clara del futuro. En la misma Conferencia Tricontinental de 1966 dejó el alcance de su pensamiento para muchos años adelante:

"La lucha contra el imperialismo necesita toda la solidaridad posible, es la lucha determinante del futuro de la humanidad".

Su pensamiento tiene total validez en el siglo XXI.

 

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