General de División Ulises Rosales del Toro

Ser cada vez más capaz

Esta entrevista con el General de División Ulises Rosales del Toro tuvo lugar hace diez años, cuando desempeñaba las funciones de Jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Hoy el General Ulises es Ministro del Azúcar. También es miembro del Buró Político del Partido, Diputado a la Asamblea Nacional y lleva en su pecho la estrella de Héroe de la República de Cuba. Los temas tratados acerca de la defensa del país, la doctrina militar de la guerra de todo el pueblo y la preparación política e ideológica de las Fuerzas Armadas Revolucionarias durante la larga conversación que sostuvimos hace una década, mantienen plena vigencia. He tenido muchos contactos con este dirigente de la Revolución y siempre sobresale en su personalidad el carácter sencillo, jovial, comunicativo y todos los temas los trata de una manera abierta y franca. Me llama la atención su manera de hablar serena y su naturalidad, al abordar cualquier tema, por delicado que fuese. Aunque tiene fama de ser bastante duro, diría que es simplemente enérgico, pero con una cabeza bien organizada y un gran equilibrio. Su autoridad y prestigio no pasan inadvertidos. Con una inteligencia analítica y pragmática y con aguzadas dotes de capacidad y mando. Muy seguro de sí y rápido de ideas. Comedido y discreto, pero con una profunda carga de humanidad. El General Ulises Rosales, inmerso ahora en las tareas estratégicas de la batalla azucarera, sigue demostrando en cada momento su excelente preparación militar, que no ha dejado de perfeccionar, prueba de lo cual será la próxima defensa de su candidatura de doctor en Ciencias en la Academia Máximo Gómez.

(Tomado del libro Secretos de Generales)

LUIS BÁEZ

—¿De dónde es usted?

—Del barrio de San Fermín, en el Municipio de El Cobre, antigua provincia de Oriente. Muy cerquita de donde se ubicó la Comandancia del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, en La Lata, y también de donde cayó en combate el Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes en San Lorenzo, en la Sierra Maestra. Nací el ocho de marzo de 1942.

Instantes en que el Comandante en Jefe le impone la condecoración de Héroe de la República de Cuba.

Mi padre, Ulises Rosales Garcés; y mamá, Virgilia del Toro Sánchez, ambos descendientes de españoles, pero bien mezclados con sangre africana.

Mi vida está marcada en primer lugar por la generación de los bisabuelos, ambos miembros del Ejército Libertador. La de los abuelos, caracterizada por la lucha por el derecho a la tierra y la de mis padres, campesinos pobres en las faldas de la Sierra Maestra.

Por ello no es extraño para nadie que desde muy pequeño, junto con las fábulas de muertos y espíritus, los parientes nos narraban las peripecias y amarguras de nuestros antepasados.

—¿Su padre trabajó la tierra?

—Él no siguió esa tradición familiar. Se dedicó al comercio. Tenía una tienda mixta.

Cuando los guardias impidieron la entrada de suministros a esa parte de la Sierra Maestra, papá puso a disposición de la guerrilla todo lo que tenía en su almacén, eso contribuyó a que se le otorgara la categoría de colaborador del Ejército Rebelde.

Adquirió su cultura de manera autodidacta. Nunca le faltó un libro. Era un hombre voluntarioso, enérgico, severo, pero muy humano. Supo formar una familia honrada.

—¿Quiénes integran su familia?

—Tengo una familia grande y otra pequeña. La grande está compuesta por mis compañeros de combate y de trabajo, a los cuales admiro y me siento muy unido.

La pequeña por mi esposa, los cuatros hijos y cuatro nietos que junto a mi vieja, los hermanos y el resto de la familia forman un magnifico equipo donde está presente el cariño, el apoyo y la actitud de principios como revolucionarios.

El General de División Ulises Rosales del Toro cuando ocupaba el cargo de Jefe de Estado Mayor de las FAR, junto al Ministro de las Fuerzas Armadas.

—¿Qué no ha olvidado de su infancia?

—Los primeros doce años influyeron profundamente en mi vida. Por un lado la imagen de mi padre. El peligro permanente de los asaltos a mano armada, del que papá fue víctima en cuatro oportunidades, aunque no le pudieron robar.

Tengo grabada en mi mente la figura del viejo tendido encima de un mostrador, desangrándose, con tres heridas de bala en el cuerpo: una en la cara y dos en el pecho. Yo tenía sólo cinco años de edad y jamás he olvidado esa escena.

Por el otro lado, el rostro de la violencia que caracterizaba las relaciones entre familias cuando, por cualquier desavenencia, se recurría al cuchillo o al machete en esas regiones de la Sierra Maestra.

—¿Qué tal fue como estudiante?

—No fui malo. Incluso, como premio por los resultados docentes, me eligieron para representar a la escuela durante los actos en homenaje a José Martí en La Habana, en enero de 1957.

Al regreso fui detenido brevemente en Palma Soriano producto de las medidas que aún existían por los acontecimientos del 30 de Noviembre y el Desembarco del Granma.

Estuve dos años en una escuela superior de corte militar ubicada al lado de la cárcel de Boniato, con la cual se mantenían relaciones productivas agropecuarias, por lo que los alumnos entrábamos frecuentemente al penal. Ese contacto para mí resultó importante.

—¿Por qué?

—Era la época en que allí cumplían condena muchos revolucionarios que iban desde el Moncada hasta el 30 de Noviembre y teníamos la oportunidad de verlos e incluso de saludarlos. Me impactaban por su hidalguía.

También presencié, desde la escuela, el tiroteo y la evasión de Boniato de Raúl Menéndez Tomassevich, Braulio Coroneaux y otros revolucionarios.

Estas cuestiones influyeron en mi decisión para abandonar los estudios y vincularme con las actividades revolucionarias.

—¿En qué momento decidió alzarse?

—Desde junio de 1957, junto con otros jóvenes del barrio comencé a participar en acciones revolucionarias. En octubre intento incorporarme a las guerrillas por la región de Puerto Arturo, pero fui rechazado por Israel Pardo, quien alegó falta de armas y mi corta edad.

El tres de diciembre, ante un nuevo intento, logro incorporarme a las fuerzas del teniente Rivaflechas que operaba en la región del Lucero, La Trinchera, Dos Palmas.

En el mes de mayo formé parte de un grupo de ocho compañeros que fuimos enviados con medicamentos para el hospital de La Plata, en el Primer Frente.

Más tarde, durante la etapa final de la ofensiva de la tiranía, estuve a las órdenes de Vitalio Acuña y posteriormente, en la región de Santo Domingo, me incorporé a la columna del Comandante Guillermo García, con cuyas tropas regresamos al III Frente, bajo la dirección del Comandante Almeida.

Intervine en varios combates, el último de los cuales fue en Palma Soriano, lugar desde donde marchamos a Santiago de Cuba y con el triunfo revolucionario integré la Caravana de la Libertad que entró a la ciudad de La Habana el ocho de enero de 1959. Terminé la guerra como soldado.

—¿Se alzó por convicción revolucionaria o por aventura?

—Las simpatías hacia los hombres del Moncada y la identificación que tenía ante lo injusto de la vida campesina, me inclinaban a buscar una salida que se vinculara definitivamente con la solución de los problemas que veíamos en el campo.

No porque manejara ideas políticas, sino porque los pronunciamientos de los que dirigían el proceso revolucionario se identificaban con las aspiraciones de los campesinos, unido a los sueños de aventura que todo joven tiene ante lo heroico.

—¿Qué lo ha ayudado en su formación militar?

—Me ha ayudado extraordinariamente mi promoción gradual en grado y en cargo.

Haber sido primero soldado guerrillero en la Sierra Maestra durante trece meses y luego volver a serlo en cumplimiento de una misión internacionalista, ambas en condiciones de combate.

Después del triunfo de la Revolución, ocupo cargos desde Sargento, Jefe de Escuadra de un Batallón de Infantería, Teniente Ejecutivo de Compañía, Jefe de Plana Mayor de Batallón, Jefe de Batallón de Infantería, Jefe de Estado Mayor de Grupo Táctico, Oficial de Operaciones, Jefe de Operaciones de Cuerpo de Ejército y Ejército, Jefe de Estado Mayor de Cuerpo de Ejército y Ejército, Jefe de Cuerpo de Ejército y Ejército hasta Jefe del Estado Mayor General.

Es toda una vida dedicada a la disposición combativa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

—¿Qué cursos militares ha pasado?

—En mi preparación militar también han influido decisivamente los diferentes cursos de formación y superación que he pasado: desde la Escuela de Sargentos en 1959, Escuela de Cadetes de Managua, curso de Jefe de Unidad en Matanzas, la Escuela Básica Superior, curso de Preparación Especial, Académico Superior, Superación Operativa en la URSS y finalmente la Academia del Estado Mayor General Voroshilov también en la Unión Soviética.

Todo eso, junto con una gran dedicación por el estudio de la historia del arte militar y nuestros programas anuales para la preparación de jefes y oficiales mediante entrenamientos, clases, ejercicios y la vida en campaña, me han permitido estar a la altura de las exigencias de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias, en todos estos años de continuas movilizaciones, enfrentamiento y hostilidad por parte de los gobiernos norteamericanos.

Igualmente, las misiones internacionalistas significaron una extraordinaria escuela en mi formación como oficial.

—¿Dónde cumplió su primera misión como internacionalista?

—En octubre de 1963, en Argelia, como Jefe de Estado Mayor del Grupo Táctico de Combate durante la guerra que realizaba Marruecos en la frontera, con el objetivo de apoderarse, mediante la fuerza, de sectores del territorio argelino.

Argelia, había logrado hacía poco tiempo su independencia, comenzaban a gobernar, las Fuerzas Armadas no estaban cabalmente formadas y se encontraban en desventaja para enfrentarse a Marruecos, que tenía el apoyo de grandes potencias. Ante esa situación el presidente argelino Ben Bella solicitó ayuda a Cuba.

—¿Qué experiencias sacó?

—Era el primer viaje al exterior y el contacto inicial con el movimiento revolucionario en otro país.

Argelia en ese momento, era una escuela de revolucionarios africanos. Pude ver allí combatientes africanos preparándose para marchar a pelear por la independencia en sus respectivos países. Fue una época en que el Che andaba en sus trajines por la región y la razón por la cual visitó aquel país en más de una ocasión.

Además, conocí la pobreza y las dificultades sociales de un pueblo como Argelia, que al igual que nosotros, comenzaba el proceso de construcción de una nueva sociedad.

También observé a nuestras FAR como unidad de combate, en condiciones de realizar acciones, lejos de la Patria y mantener un alto nivel de disposición y cohesión combativas, lo que resultó una experiencia inolvidable.

Permanecí en Argelia hasta mayo de 1964. La unidad no entró en combate, pero la disposición para hacerlo y ese contacto con una zona de guerra, para mí, fue de gran trascendencia.

—¿Lo sorprendió que lo escogieran?

—Si y no. Desde el comienzo de la década del 60 había solicitado oficialmente que me enviaran a combatir a Viet Nam en solidaridad con ese pueblo y para profundizar mi preparación militar. Aún conservo copia de la carta de petición. En esos momentos se me dijo que había que esperar.

Desde el triunfo de la Revolución mantuve vínculos con otros compañeros como los que después marcharon a combatir contra el tirano Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, por eso me dio tremenda alegría cuando fui seleccionado para cumplir la segunda misión, esta vez como guerrillero y en un país latinoamericano como Venezuela.

Para nuestra supervivencia resultó determinante la buena preparación que recibimos en nuestro país y la ayuda de los guerrilleros campesinos venezolanos.

Durante el tiempo que permanecimos en las montañas, esos campesinos nos ayudaron a sobrevivir y orientarnos para salir de los lugares y los momentos más difíciles, que no fueron pocos.

— ¿Cuál fue su mayor sorpresa?

—Nos habíamos preparado muy bien desde el punto de vista físico, técnico y militar. Sin embargo, los problemas más importantes que allí se desarrollaron para nosotros no fueron los combativos, sino los políticos, los conceptuales.

Creo que para ese tipo de problemas no nos preparamos adecuadamente. Eso me golpeó.

Tuvimos que aceptar que lo más importante no era enfrentarse al enemigo, sino convencer a los que dirigían el movimiento guerrillero, desde nuestra posición de simples combatientes, que había que combatir al adversario.

Fue un choque con personas que se consideraban con una capacidad política y un conocimiento de la situación del país superior a nosotros y por lo tanto, subestimaban nuestras recomendaciones y concepciones de guerra.

—¿Llegaron a combatir?

—La verdad es que a nosotros nos estuvieron combatiendo sin cesar, desde el primer día que desembarcamos en Machurucuto, aunque hicimos varias acciones ofensivas exitosas en forma de emboscadas, la iniciativa casi siempre estuvo en manos del enemigo.

Fueron catorce meses muy tensos, de un contacto permanente con el contrincante en condiciones muy, pero muy desventajosas. No solo resultaba sumamente difícil la supervivencia por las dificultades de alimentación, sino que en nuestro romanticismo, queriendo demostrar que se podían resistir los ataques enemigos, en varias oportunidades los cuatro cubanos nos quedamos solos.

Nos enfrentamos a situaciones muy complejas para poder vincularnos nuevamente con el resto de la guerrilla.

Hasta que comprendimos que la posición que adoptaban los guerrilleros venezolanos estaba dada por toda una línea política, de partido, muy interiorizada, que no íbamos a poder transformar.

—Ante esas dificultades, ¿lamentó haber ido a esa misión?

—No, al contrario; para mí tuvo una significación muy alta en la formación como revolucionario y como oficial de las Fuerzas Armadas.

Me enseñó a comprender el proceso latinoamericano y entender después por qué murió el Che.

—¿Qué fue lo más importante de nuestra participación en la guerra de Angola?

—El aporte que hicimos a los pueblos africanos en reciprocidad con la deuda histórica que tenemos por nuestras raíces, el sacrificio de nuestro pueblo, sus sentimientos de solidaridad y la actitud de nuestros combatientes, su abnegación para superar las dificultades y obtener la victoria.

En Angola hicimos un aporte importante a la lucha contra el Apartheid y la liberación de Namibia.

La sangre derramada le imprimió un sello que identifica hoy a la Revolución cubana con los pueblos africanos y que algún día la historia recogerá esta hazaña con toda nitidez.

—¿Desde el punto de vista militar?

—Observamos esa guerra desde Cuba y en el propio terreno. En 1976 fui Jefe de la Agrupación de Tropas del Sur. Desde Cuba lo más revelador fue la capacidad de las FAR y del país para resolver problemas de carácter estratégicos, la habilidad del Comandante en Jefe y de los instrumentos de la Revolución para poder prestar una ayuda de esa envergadura y una dirección tan eficiente en cuestiones tan complejas, en medio de las tremendas tensiones de una guerra con cambios tan bruscos.

También me sirvió para comprobar la destreza y capacidad de nuestro Cuerpo de Oficiales, incluidas nuestras insuficiencias, lo que nos ha permitido posteriormente sacar las experiencias y perfeccionar nuestros mecanismos para enfrentarnos, si fuera necesario, a una invasión militar.

En el propio terreno se produjeron situaciones muy importantes como fue combatir hombro con hombro con los angolanos. Nos percatamos del papel que juega la solidaridad y la coordinación de los esfuerzos para cumplir una tarea de esa envergadura.

En Angola llegamos a tener cincuenta mil hombres, más de mil doscientos tanques y más de ciento cincuenta medios aéreos entre aviones y helicópteros y todo ello a catorce mil kilómetros de distancia de Cuba.

En total pasaron por Angola más de trescientos mil combatientes, lo cual quiere decir que por lo menos hasta el año 2015 tendremos hombres en los batallones, de la primera categoría de nuestras reservas con experiencia combativa. Eso tiene una enorme importancia.

Angola significó la posibilidad de comprobar en condiciones de combate la dirección de grandes agrupaciones, nos permitió durante quince años observar el despliegue de grandes unidades en completa disposición combativa, el comportamiento de la técnica de combate y la eficiencia de los cuadros de mando y de dirección.

Tanto los que tuvieron la oportunidad de dirigir agrupaciones, como aquellos que dirigieron batallones, brigadas, divisiones, adquirieron una experiencia inapreciable, de la cual todos nos sentimos hoy muy orgullosos.

Dirigir una masa de cuatrocientos, quinientos tanques en condiciones de ofensiva a grandes distancias, con aviación moderna y amplio apoyo de defensa antiaérea coheteril, contra un Ejército que emplea junto a formas regulares procedimientos irregulares, fueron situaciones de extraordinaria importancia para nuestros jefes. En fin, Angola fue una escuela para las FAR.

—Usted fue miembro de la delegación cubana a las conversaciones sobre el África Sudoccidental y estuvo en la firma de los acuerdos suscritos en Naciones Unidas. ¿Qué fue lo que más le llamó la atención en esas reuniones?

—La capacidad de nuestro país, no solamente para defender sus principios en el campo de batalla, sino aprovechar las victorias combativas para arribar a acuerdos exitosos en correspondencia con los intereses de los pueblos cubanos y angolanos.

Los primeros contactos fueron tremendamente tensos. Recuerdo el comentario del Jefe de la Delegación norteamericana al terminar la primera reunión celebrada en Egipto, cuando le manifestó a Jorge Risquet: "A los cubanos y sudafricanos lo único que les faltó fue subirse en la mesa para gritar. Ya ustedes se dijeron todo desde el punto de vista político. Ahora es necesario comenzar a ponerse de acuerdo en aquellas cosas que se puedan negociar".

Con esto quiero reflejar que desde una posición de tensión máxima, se llegó después a una posición técnica de negociación.

Todo eso era lógico que sucediera por la hostilidad y la irritación acumulada por tantos años de enfrentamiento.

No nos era fácil sentarnos en una mesa de negociaciones. Sin embargo, el proceso nos fue capacitando, enseñando. En todo ello, sin duda, desempeñó un papel decisivo la dirección del Comandante en Jefe y sus precisas orientaciones que sirvieron siempre de base para alcanzar el éxito.

—¿Es cierto que a algunos militares norteamericanos les llamó la atención la juventud de nuestros generales?

—Sí, en la medida que los norteamericanos nos fueron conociendo, aparte del estudio biográfico previo que nos debieron hacer los servicios de inteligencia, se fueron percatando que estaban sentados frente a Generales, que no solo tenían un nivel de profesionalidad y capacidad a la altura de los ejércitos modernos, sino que nuestra edad aseguraba aun, muchos años de servicios.

En determinado momento les comentamos por qué, después que termináramos las conversaciones sobre África, no pasábamos a hablar del diferendo entre Cuba y Estados Unidos, por lo menos en la parte que corresponde a las Fuerzas Armadas.

Debemos decir que dentro de aquel grupo de funcionarios norteamericanos existían quienes manifestaron su disposición para continuar conversaciones sobre las relaciones bilaterales entre ambos países.

Incluso, de ellos recibimos después información y también que el Departamento de Estado les prohibió alentar relaciones con nosotros.

Con la firma de los acuerdos se demostró que a pesar de las complejidades del diferendo que pueda existir entre dos fuerzas enemigas, si hay voluntad de ambas partes se pueden acercar las posiciones en muchas cuestiones, sin ceder en los principios.

—¿Cuándo fue nombrado Jefe del Estado Mayor General?

—En 1981. En diciembre de este año cumpliré quince años en el cargo.

—Al conocer esa decisión, ¿qué fue lo primero que pensó, qué se propuso?

—Ese asiento y ese buró (señala con la mano) es el que utilizaba el General de División Senén Casas cuando era Jefe del Estado Mayor. Jamás me he sentado en el mismo, por la sencilla razón que cuando me designaron, consideré que primero me debía sentir plenamente preparado y capacitado al nivel que correspondía a las exigencias de las Fuerzas Armadas.

Ante todo necesitaba dedicarme en cuerpo y alma a prepararme para corresponder a esa distinción. Desde ese momento hicimos el máximo por aumentar la capacidad y preparación. Todavía hoy creo que me falta.

Es una responsabilidad que está por encima de la capacidad de los hombres y requiere mucha integralidad y una dedicación tan grande, que es necesario valorar profundamente a los que deben ocupar esta posición.

En lo interno, prefiero considerarme solo un ayudante del Ministro de las Fuerzas Armadas.

He sentido la satisfacción y el enorme privilegio de apoyar al Ministro y al Comandante en Jefe en el mantenimiento de la capacidad de combate de las FAR y de nuestro pueblo, en defensa de su Revolución, ante el peligro de invasión.

También de participar junto a ellos de momentos muy importantes que van desde la elaboración de los conceptos militares para preparar al país para la defensa, hasta el aseguramiento y dirección de complejas tareas como lo fue la guerra en Angola.

Al igual que del gran trabajo que despliegan las FAR, sus jefes y oficiales bajo la dirección del Ministro, durante estos complejos y también gloriosos momentos de periodo especial en que se ha luchado simultanea y victoriosamente en muchos frentes para salvar la Revolución y las conquistas del socialismo.

—Conocemos ampliamente su modestia, pero con los conocimientos y experiencia adquirida ya usted se puede sentar en esa silla.

—Hoy la experiencia acumulada es grande, pero los tiempos cambian vertiginosamente. Las exigencias actuales son muchas veces superiores a las que existían cuando fui nombrado y tengo que demostrarme a mí mismo, que puedo enfrentar con éxito cada nueva exigencia que surge.

Estamos en momentos de cambios, desde el punto de vista conceptual, perfeccionando nuestros métodos de preparación para la defensa, profundizando en el estudio del pensamiento militar del Comandante en Jefe y en nuestras tradiciones combativas. Todo eso son nuevos retos.

Cuando recibí el cargo pensaba que el camino a recorrer estaba vinculado con un trabajo técnico de Estado Mayor, dirigido a mantener una alta disposición combativa en las FAR.

En la medida que me fui adentrando en su contenido, me percato que el papel principal del Jefe del Estado Mayor General es el de ser creativo, aportar, estar permanentemente proponiendo e introduciendo los cambios necesarios, proyectando el futuro, previendo los acontecimientos y controlando el cumplimiento de los sistemas.

El mundo es cada vez más dinámico. En esta era de revolución tecnológica se requiere ser cada vez más capaz. Estimo que el próximo que ocupe el cargo debe tener muchas mejores cualidades para aspirar con más facilidad a sentarse en esa silla (señalando la que empleaba el General de División Senén Casas) y eso no debe estar lejos.

Todo lo que represento y ostento ha sido obra de la Revolución, por eso me he sentido siempre privilegiado y cada minuto más comprometido con Fidel, Raúl y nuestro magnífico pueblo.

—¿Cómo se las arregla las FAR, ahora que no existe la Unión Soviética, para mantenerse al día en el armamento y la técnica moderna?

—La desaparición de la Unión Soviética no tiene una distancia tan lejana en el tiempo, aunque los cambios tecnológicos son bruscos no son tan vertiginosos. Nuestro armamento, aunque no es del último modelo, una gran parte posee cualidades modernas.

Si nuestra concepción fuera desarrollar una guerra convencional con un enfrentamiento físico de masa contra masa, entonces quizás el volumen y la tecnología del enemigo pudiera tener superioridad, pero como nuestra concepción es enfrentarnos a esas cualidades con la inteligencia y la capacidad de todo un pueblo organizado para hacer la guerra que nos conviene, entonces estoy seguro que nuestro armamento actual es técnicamente suficiente para lograr que el enemigo desista de su agresión.

Ya nuestros antepasados demostraron que con machetes y revólveres se podía combatir a los colonialistas y que con armas deportivas se podía asaltar el Moncada o combatir a un ejército que estaba armado con fusiles norteamericanos, que en la propia guerra se le fueron arrebatando.

Todavía no hay tecnología que impida que las minas antitanques que se producen en Cuba vuelen el tanque enemigo más moderno, ni que el mejor chaleco impida que los francotiradores ocasionen bajas.

En el transcurso de los años 80 alcanzamos el potencial de armamento y técnica militar que consideramos suficiente para la defensa de la Revolución, claro, esto no quiere decir que las tropas regulares no continúen modernizando su armamento, en el marco de las posibilidades del país.

La supremacía del enemigo en el aire y en el mar lo convertiremos en un factor a nuestro favor. Estoy seguro que la exposición de su gran masa física, a pesar de su tecnología de avanzada, representa un blanco más fácil de batir que la nuestra, y al final sumaremos quien pierde más.

Tenemos muy claro en nuestra concepción de guerra, que por grande que sea la potencia de su armamento y la envergadura de su alcance, para apoderarse del territorio, el enemigo tiene que ocuparlo metro a metro y aquí la superioridad sería de nuestro avispero.

Conocemos nuestras limitaciones, la potencialidad del enemigo y sus lados débiles, pero sobre todo conocemos el valor, la capacidad de resistencia y la inteligencia de nuestro pueblo.

—¿Pudiera ampliarme el concepto entre la guerra convencional y la doctrina de la guerra de todo el pueblo?

—La búsqueda de los mejores procedimientos del empleo de las tropas en la guerra para obtener la victoria, ha sido una permanente ocupación de todos los jefes militares.

En general el mundo desde Sun Tzu a Karl Von Clausewitz se inclina en dos vertientes: la primera, los que utilizando la fuerza contra la fuerza, de forma directa y sin importarles el empleo de los recursos, intentan buscar la victoria en una batalla decisiva, característico de las grandes potencias y de los ejércitos regulares.

La segunda, los que con sentido común y en forma razonada, emplean la fuerza para evitar la guerra y cuando no hay otra alternativa, hacerla bien y de manera inteligente, debilitando primero al enemigo y evitando golpes decisivos frontales, antes de intentar vencerlo por la fuerza.

Eso es lo característico de un ejército como el nuestro integrado por el pueblo.

La vida ha demostrado que hombres como Napoleón, que disponía del ejército más fuerte de la época y era un genio militar, fue derrotado en Rusia y España al aplicársele un método de lucha diferente, que lo desequilibró y le costó la derrota.

Igual le pasó a los Estados Unidos en Viet Nam y esta es la experiencia que nos viene dada desde los mambises, que fueron capaces de mantener una guerra prolongada contra trescientos mil colonialistas cuando los cubanos nunca rebasaron los treinta mil soldados o la de nuestro Comandante en Jefe en la Sierra Maestra derrotando un ejército en ofensiva de diez mil soldados, con apenas trescientos guerrilleros.

—¿Por qué los cubanos debemos asumir esa forma de lucha?

—Los Estados Unidos es la potencia más poderosa de todas las épocas, sus Fuerzas Armadas poseen gran capacidad de golpe y su doctrina de la batalla aeroterrestre prevé una guerra profunda donde será empleada no solo su tecnología de punta, sino también procedimientos psicológicos, subversivos y de guerra especial, esto no puede enfrentarse simplemente con nuestro pequeño ejército regular, sino con el inagotable caudal de heroísmo, resistencia y habilidad de todo nuestro pueblo revolucionario y combatiente.

—¿Qué se busca con esta doctrina?

—Evitar la guerra, que es el objetivo más importante de nuestra concepción, preservar la paz, garantizar la tranquilidad y felicidad del pueblo e impedir con ello la destrucción de la obra de la Revolución, pero para eso como ha dicho el Ministro de las FAR, hay que estar bien preparados, y como ha recalcado más de una vez el Comandante en Jefe, para si nos obligan a hacerla, hacerla bien.

—¿Cómo concibe las Fuerzas Armadas Cubanas después del año 2000?

—El modelo que tenemos hoy es el adecuado a nuestra necesidad y posibilidades actuales y las del futuro tienen que ser iguales respecto a su identificación con el pueblo y a su capacidad para defender la Revolución, en correspondencia con las exigencias y posibilidades del próximo siglo.

Para ello debemos ser cada vez más operativos, más flexibles, más racionales y con mayor capacidad movilizativa, empleando formas superiores de preparación de las tropas, aplicando los logros de la ciencia y la técnica, desarrollando aun más la creatividad e iniciativa en el cuerpo de oficiales, para actuar cada día con mayor eficiencia ante la sorpresa y la superioridad del adversario.

Todo eso dirigido a contar con una defensa hiperactiva, realizada por una organización que incluya diversas categorías de tropas, capaces de ajustar sus métodos de combate y envergadura al carácter de la agresión del adversario y haciendo un empleo óptimo de la capacidad territorial del país.

—¿Tener un buen ejército no es muy caro para nuestras posibilidades económicas?

—Sin duda, pero ese es el precio que el país tiene que pagar para garantizar la defensa de sus conquistas revolucionarias.

Cuando la defensa hay que hacerla contra el peligro de invasión de un país como los Estados Unidos, para disuadirlos no hay otra alternativa que contar con un ejército fuerte.

Pero esta realidad no oculta exponer que nuestras FAR son de las más económicas del mundo, pues por un lado la mayoría de nuestro pueblo combatiente contribuye para sufragar una parte de los gastos de la preparación para la defensa y por el otro, nosotros aportamos cada día un nivel superior de producción y autofinanciamiento, que ayuda a disminuir los gastos del presupuesto del Estado.

—¿Cuál es la importancia de la presencia de las FAR en la economía?

—Radica en demostrar que formamos parte del alma de la Revolución y estamos presentes donde quiera que el Partido lo solicite.

En estos años de periodo especial las dificultades más serias están vinculadas con la economía.

Las FAR, al igual que otros organismos, como lo han hecho cada vez que ha sido necesario y aprovechando sus experiencias y sus condiciones, no pueden estar desvinculadas del aporte económico que necesita el país.

Lógicamente, esto nos somete a mayores tensiones por cuanto no podemos disminuir nuestro nivel de capacidad combativa, pero las FAR tienen potencial por su nivel de organización y la consagración de sus cuadros, combatientes y trabajadores para garantizar tareas simultáneas.

—¿Cómo considera debe que ser el trabajo político e ideológico en las FAR?

—La columna vertebral de las Fuerzas Armadas son sus cuadros y oficiales. No es un organismo cualquiera, es un símbolo que representa la defensa de la Patria; esta no es una profesión ordinaria en la cual se captan a sus cuadros mediante procedimientos formales de vocación.

Tiene que nutrirse con hombres y mujeres con un gran amor por nuestro país, por el Socialismo y la Revolución. Es la única forma para comprender con profundidad los sacrificios que cada día enfrentan con honor las Fuerzas Armadas.

El amor a la Patria, la independencia y la soberanía es la razón principal que asegura contar con una cantera de hombres y mujeres dispuestos a darlo todo, no solo la vida en el combate, sino lo más importante que es el sacrificio diario.

El Coronel en la bicicleta, en el ómnibus o el Mayor que viene una vez a la semana a su casa porque se le asigna prestar servicio en una unidad lejana. Eso solamente se puede lograr mediante la conciencia alcanzada con una correcta formación, que incluye un buen trabajo político e ideológico.

Participamos en esa tarea que dirige el Partido, que es la educación patriótica, militar, internacionalista, de nuestra juventud.

Vinculamos el trabajo desde la escuela primaria, la secundaria, el preuniversitario hasta la universidad mediante los procedimientos de círculos de interés, apadrinamiento y de actividades políticas en general, resaltando el papel y la imagen de nuestros próceres, combatientes y oficiales.

Resumiendo, considero que una de las tareas de mayor importancia de las FAR está vinculada al trabajo político e ideológico y sobre todo actualmente cuando el enemigo incrementa la lucha ideológica contra Cuba, hasta niveles insospechados, por todas las vías a su alcance.

—¿Qué hacen las FAR para superar las insuficiencias que existen del conocimiento de la historia Patria?

—Hemos atravesado diferentes momentos. Inicialmente las FAR no contaron con los instrumentos de investigación necesarios, ni nosotros, provenientes de las filas más humildes, sin una formación completa, teníamos las condiciones para investigar y profundizar en nuestra historia, en el legado de los mambises y del propio Ejército Rebelde, tuvimos que apoyarnos principalmente en el trabajo que, en este sentido, siempre hizo la Revolución.

Con el decursar del tiempo, en la medida que se ha ido fortaleciendo la institución hemos ido creando los mecanismos, tanto desde el punto de vista de los centros de investigación, como la conciencia de los oficiales sobre la necesidad de participar en el proceso de estudio e investigación de la historia Patria y del mundo, sobre todo de los acontecimientos bíblicos y transmitirlas a los combatientes.

Hoy estamos inmersos en un movimiento muy fuerte, de gran trascendencia, dirigido fundamentalmente a que el trabajo político e ideológico está sustentado en nuestras propias experiencias, tradiciones y concepciones nacionales, sin rechazar lo universal que pueda sernos útil.

—Instituciones y publicaciones norteamericanas han referido que en las Fuerzas Armadas cubanas hay elementos "ortodoxos" y "reformistas". ¿Qué puede responder al respecto?

—Eso obedece a las viejas técnicas y tácticas que utiliza el enemigo para tratar de aislar, dividir, desunir y debilitar los vínculos entre nuestro pueblo, el Partido, las FAR y el MININT, corroer la unidad de las fuerzas principales de la Revolución.

Quien se exprese así, lo hace manejando directivas de guerra psicológica y no porque exista fundamento alguno que justifique una aseveración de este tipo. Si algo caracteriza a las FAR es su plena identificación con la dirección del país y sus excelentes relaciones con el Partido, el Ministerio del Interior y el resto de los organismos del Estado.

Es bueno resaltar que una de las obras más importante del Ministro de las Fuerzas Armadas es haber logrado un nivel culminante de cohesión y unidad que aseguran una gran solidez en nuestra institución.

En las Fuerzas Armadas hemos sido educados en la discusión, el análisis y la participación, pero también en sólidos principios partidistas y militares.

Por lo que la subordinación no es castrense, es consciente, porque sabemos lo que significa para la Revolución la unidad, por la que tanto ha luchado y nos ha enseñado nuestro Comandante en Jefe que debemos cuidar como una de nuestras principales armas estratégicas.

—¿A qué se debe la confianza y fe que tiene nuestro pueblo en las FAR?

—Las FAR simbolizan las tradiciones combativas de nuestro pueblo, la intransigencia de Antonio Maceo, los principios que nuestro Comandante en Jefe, desde la Sierra Maestra, proyectó en beneficio de nuestro pueblo y que en La Historia me Absolverá planteó como programa.

Las Fuerzas Armadas simbolizan la defensa de los principios y las conquistas de la Revolución. Además, están integradas por una genuina representación de nuestro pueblo y bajo la dirección del Ministro de las FAR ha sido siempre un instrumento vinculado e identificado con los intereses de la nación.

El Ministro nos orienta, exhorta, educa a conocer y participar en cada uno de los problemas que enfrenta el pueblo y a apoyar, en la medida de las posibilidades, la solución de los mismos.

Eso hace que nuestro pueblo sienta que al ver a un militar está viendo a un patriota identificado con sus intereses y en disposición de ayudarlo.

—¿Qué política siguen las FAR con los ex combatientes del Ejército Rebelde y de misiones internacionalistas?

—Existe la Asociación de Combatientes de la Revolución cubana, que es la organización que los representa y donde está el grueso de los militares que han prestado sus servicios en las FAR.

En el país existe además un instrumento que es dirigido por las FAR, que son los Órganos de Atención a los Combatientes y Familiares, que junto con los gobiernos de los territorios, trabajan para atender las dificultades y apoyarlos en la medida de las posibilidades.

Además de eso, es una Directiva del Ministro que las unidades y órganos militares tienen que prestarle atención a todos aquellos que formaron parte, en un momento determinado, de la plantilla de las FAR.

Para cualquier militar está claro que las FAR, el Gobierno y el Partido siempre han hecho todo lo posible por resolver los problemas institucionales que corresponden con el papel y la responsabilidad que él ha desempeñado. Sin embargo, en este camino no siempre nosotros hemos sido eficientes, sobre todo en los aspectos espirituales y estimulativos en correspondencia con los sacrificios y los méritos de los combatientes. En este sentido trabajamos por rectificar y resolver las deficiencias de atención.

—¿Qué le ha gustado más, obedecer o mandar?

—Prefiero enfocar la pregunta de otra forma: ¿Dónde me he sentido más cómodo, como jefe con mando o como Jefe de Estado Mayor?

En realidad me gusta más ser Jefe del Estado Mayor. Me agrada investigar los procesos, formar parte del aporte al desarrollo del pensamiento militar y en ese sentido el papel del Jefe se concentra, fundamentalmente, en la gestión de mando, y a mí me gusta más trabajar en el aseguramiento del proceso de dirección.

Los dos trabajos son supertensos. Cada uno tiene su responsabilidad. La del Jefe es vivir y dormir con tensiones y sobresaltos y la del Jefe de Estado Mayor es la de estar preocupado porque el Jefe no sea sorprendido y que no se produzca nada que el Jefe no haya previsto. Me siento más pleno como Jefe del Estado Mayor.

—Cuál es su lectura preferida?

—Leo mucho. Desde el punto de vista de mi profesión es el arte militar y dentro del arte militar le presto gran atención a la lucha irregular. Entre los clásicos, resalto mi interés por Sun Tzu y Liddell Hart, aunque no he dejado de estudiar a Karl Von Clausewitz y a Henry Varón de Jomini.

Me gusta leer las experiencias de Mao Tse Tung en la Gran Marcha, las del general Vo Nguyen Giap, la historia de Saladino contra las cruzadas, las campañas de Napoleón, la guerra por la independencia de Sudamérica encabezada por Bolívar.

Por mis obligaciones tengo que estudiar los acontecimientos y conflictos bélicos.

Le presto una gran importancia al conflicto del Golfo como uno de los primeros ensayos, de un intento del supergobierno, ante la turbulencia de su supuesta aldea global.

En esa guerra el empleo de la tecnología de punta, aunque en una proporción no superior a un treinta por ciento del armamento que participó, es un reflejo de lo que serán las agresiones del futuro.

Estudio las ideas del futuro en el ámbito tecnológico para ver cómo van a influir en los cambios sociales, económicos y por lo tanto en lo militar.

Me acabo de "beber" el Camino del Futuro. Es un libro muy bueno. Muy entendible para alguien que no sea especialista de la automatización y muy importante para los militares, pues la guerra del futuro estará muy vinculada con la electrónica.

Soy un estudiante apasionado del pensamiento del Comandante en Jefe. Me duele no haber contado a tiempo con la literatura para haberle dedicado más tiempo y no haber tenido oportunidad de escucharlo más.

He estudiado al Che, sobre todo en la parte que se vincula con la guerra. Estudio el pensamiento del Ministro de las FAR. Es un pensamiento heterogéneo por sus responsabilidades y funciones, pero que tiene una gran importancia y profundidad.

Al hablar de Fuerzas Armadas y de la defensa en Cuba, hay que resaltar el papel del Ministro de las FAR. Estas son unas Fuerzas Armadas hechas en gran medida a semejanza de sus ideas para darle respuesta a la misión planteada por el Comandante en Jefe de defender la Revolución.

Los jóvenes oficiales tienen que estudiar su pensamiento subrayando los aspectos organizativos, funcionales, de política de cuadros, en los conceptos productivos dentro de las FAR, en la preparación para el combate y por supuesto, en su vinculación con el pueblo y de relaciones con el resto de los organismos y organizaciones del país.

Los investigadores militares tienen una gran tarea de estudio que realizar y sobre todo poseen una ventaja: la historia del Ministro de las FAR en las Fuerzas Armadas está escrita y preservada.

—En varias ocasiones usted se ha referido a que los jefes no pueden perder la costumbre de trabajar con las manos. ¿Qué quiere decir con eso?

—De una forma simple quiero reflejar un principio: los militares, como los médicos, no pueden dejar de ejercer.

Los militares, después que son promovidos a cargos de nivel operativo de dirección, no pueden dejar de participar de la vida plena en campaña del nivel táctico, ni pueden permitir sustituciones reglamentarias en su vinculación con las tropas.

Lo fundamental es preservar el principio, al que se ha referido muchas veces el Ministro de las FAR: "nadie debe mandar a hacer lo que él no es capaz de demostrar".

No podemos perder la habilidad en la dirección. Cuando el hombre deja de trabajar con las manos, comienza a perder sus hábitos y eso repercute en las cualidades de pensamiento, pues empieza a vivir solo con lo que tiene instalado en el cerebro.

Nunca he entendido que un jefe militar en su equipo de campaña, siempre a mano, no tenga su mapa y su libreta, listo a elaborar la misión de combate y planteársela al subordinado personalmente. He sido educado por maestros en ese camino, Fidel y Raúl.

He visto en el Comandante en Jefe al hombre que, por muchos secretarios que existan, elabora sus propias ideas en manuscritos, habla directamente con el subordinado y acude allí donde es necesaria su presencia. Esas cualidades demuestran cuál debe ser el curso de trabajo de un dirigente y eso, para un militar, es imprescindible.

—Además de ser Jefe del Estado Mayor General usted tiene otras responsabilidades. ¿Cómo se las arregla para cumplirlas?

—Las responsabilidades que tengo es ser Jefe del Estado Mayor General, las demás son inherentes al papel que debo desempeñar.

A este cargo no se llega por una designación formal, sino por una acumulación de experiencias y conocimientos que se deben corresponder con las responsabilidades que el mismo implica.

Estoy convencido de que todos los atributos representativos que ostento están vinculados con la responsabilidad oficial que ejerzo.

Si participo en un control del Buró Político es porque se consideró que allí tiene que estar la presencia de un oficial superior de las FAR junto a los dirigentes del Partido.

Si soy diputado por el municipio de Centro Habana es porque cuando organizaron el proyecto de candidatos deben haber llegado a la conclusión de que es un lugar complejo, desde el punto de vista social, y que en el grupo de diputados debería haber también un militar de jerarquía superior que el pueblo apoyaría. Las cosas no son fortuitas, tienen que ser dirigidas.

Ahora, como puedo lograr participar, no es un mérito personal sino institucional.

Cuando comencé en este cargo había diariamente un paquete de asuntos que si no veía en el día, algo se trababa. Ahora puedo permanecer una semana fuera del Estado Mayor y el sistema no se altera. Los tiempos han cambiado.

No es solamente un asunto técnico, sino que ahora contamos con mandos que no se parecen a los de hace quince años.

Hemos llegado al convencimiento que en la configuración de nuestro país, largo y estrecho, con el potencial que cuenta el enemigo, puede realizar un desembarco lo mismo en Oriente, Centro que Occidente o por los tres lugares a la vez.

Se llegó a la conclusión de que la dirección no podía depender de un mando centralizado de las FAR y se decidió descentralizar facultades y recursos para que cada Jefe tenga bajo su responsabilidad lo que le hace falta para enfrentarse a la agresión.

Se decidió convertir los ejércitos en agrupaciones estratégicas y hoy tenemos Jefes de Ejército con órganos capaces de resolver por sí solos los problemas.

Hoy lo que necesitan es solo la orientación del Ministro. Ya no hay que estarles mandando instrucciones constantes de cómo tienen que hacer las cosas. Eso ayuda a que los jefes en el MINFAR se concentren más en los temas estratégicos y no tengan que estar diariamente controlando actividades que son responsabilidades de los mandos.

Eso permite distribuir mi tiempo de manera diferente. Insisto en que no son cualidades personales sino institucionales, aunque lógicamente los hombres han influido en este proceso.

—A diferencia de algunos diputados que solo asisten a las reuniones de la Asamblea Nacional usted mantiene contacto permanente con sus electores. ¿Por qué lo hace?

—Hay varias razones. Considero que mi cargo, en primer lugar, es político y de nivel estratégico. Por eso no se puede marginar de la situación política de la nación.

Cuando se entienden las concepciones estratégicas del país, se conoce qué es lo importante y dónde debe estar uno. Lo que no quiere decir que lo importante sea única y exclusivamente estar en las actividades de nivel nacional.

Para las FAR es estratégico vincularse permanentemente con el pueblo. Esa enseñanza la tengo y constantemente el Ministro nos la recuerda. Cuando apruebo el plan de trabajo procuro que haya no solo ejercicios y entrenamientos para no perder los hábitos de la guerra, sino que también existan actividades que nos vinculen y permitan el contacto con la población.

Lo fundamental es no concretarse solo a las actividades militares puras, no olvidarnos que el éxito de la defensa depende en primer lugar del reservista, del miliciano, en general del estado político-moral de nuestro pueblo y de la situación de la economía del país, por lo tanto se requiere estar muy vinculado a estos factores.

No existen Fuerzas Armadas en el mundo que se parezcan a las nuestras, son únicas. Quizás no hemos sido capaces todavía de recoger, desde el punto de vista literario, estas percepciones, pero uno las siente y las aplicamos.

Hacemos un gran esfuerzo para salirnos de lo formal, rutinario o menos importante, claro, formamos parte de un mecanismo que tiene el burocratismo propio de la época y también, como humanos al fin, no todo nos sale bien, pero tenemos la obligación de estar en guerra permanente contra todos esos defectos.

Estoy convencido, por ejemplo, que las reuniones son necesarias. Muchas son imprescindibles, otras importantes, pero hay que dominar esa técnica. A veces se distorsionan, se vuelven costosas y nos consumen mucho tiempo.

Las FAR tienen que ser muy operativas. La velocidad para ejecutar es vital. Desde que un avión despega en Estados Unidos solo demora unos minutos en llegar a territorio cubano. Es un tiempo muy corto desde que lo detecta el radar, se transmite la información y se pone en posición de combate la defensa antiaérea.

El militar se acostumbra en nuestras condiciones a que todo tiene que tener una operatividad muy alta. Los métodos de la guerra y del combate deben ayudar a limpiar los procedimientos administrativos con ese dinamismo que tiene el funcionamiento de guerra.

Desgraciadamente hay quien separa esas dos cosas y vive una vida administrativa en la paz. Cree que en la guerra va a poder cambiar. La vida demuestra que quien no lo hace en la paz, después en la guerra tiene problemas, pues posee malos hábitos.

—Cuál sería el modelo de diputado en este periodo especial?

—El modelo de diputado es el que está en contacto con las masas, escuchándolas. Debemos ser dignos representantes de nuestros compatriotas. Tenemos que fortalecer el proceso de análisis, discusión y democracia en la discusión de base.

El diputado y el delegado tienen que aprender a escuchar. Fidel nos ha enseñado siempre a escuchar a las masas. Esa escuela tenemos que generalizarla.

En la sociedad se están produciendo cambios y desgraciadamente no hemos logrado todavía que los mecanismos se hayan puesto a tono con esos cambios y hay muchas cosas que ajustar.

Ningún mecanismo funcional por sí solo nos va a llevar a la solución de los disímiles problemas a que se enfrenta la gente. Debemos actuar y en la medida de las posibilidades y buscar las formas más ágiles para atenuar sus dificultades.

—En el transcurso de la conversación ha mencionado en varias ocasiones a Fidel y a Raúl. ¿Cómo los valora como jefes militares y desde el punto de vista humano?

—Al Comandante en Jefe me acerco con admiración, devoción y siempre con una actitud expectante para aprender y recibir la orientación de su genialidad.

Desde el punto de vista militar ha sido el estratega siempre victorioso que concibió la Revolución y cómo defenderla. Su pensamiento, sus ideas y sus métodos, desgraciadamente no siempre han sido interpretados por nosotros con todo el alcance y la profundidad que encierran y tenemos que estudiar y aprender de él.

Haber estado a su lado y ayudarlo en momentos de tensión ha sido para mí un gran privilegio.

Al Ministro, por mi cargo, lo veo más cercano, además de ser el jefe militar que ha sabido formar y mantener las capacidades de estas gloriosas Fuerzas Armadas. Ha sido también el amigo, el compañero. El Jefe que nos ha ayudado en la formación, con la orientación sistemática, reconociendo los éxitos y señalando los defectos oportunamente, siempre que ha sido necesario.

Su sensibilidad humana; un hombre que tiene condiciones naturales para el trabajo con los cuadros, para sus relaciones con los que lo rodean. Como algo natural ha cultivado las aptitudes del subordinado.

Hombre de actitud ejemplar; junto con Vilma ha formado una excelente familia. El Ministro es un hombre muy ético y lo considero mi maestro político y militar.

—¿Existe algún hecho en su vida que lo haya dejado marcado?

—En la vida de un revolucionario hay muchos hechos que lo dejan marcado. Hace un momento, mencioné la misión interrumpida de Venezuela. Aquello me marcó.

A pesar del esfuerzo de capacitación realizado siento que me falta base para aprovechar más las posiciones que he ocupado y haber aportado más con vistas al desarrollo y al futuro de las FAR.

Me percato que esas limitaciones obedecen por un lado a no haber alcanzado la enseñanza superior en la edad adecuada y por el otro, no haber aprovechado mejor el tiempo para el estudio.

—Antes de concluir esta entrevista, ¿quisiera decir algo más?

—Siento que se acaba mi tiempo de servicio y estamos obligados a garantizar que los que nos sucedan alcancen niveles superiores, por ello hay que orientarlos sobre cómo continuar.

Que conozcan los problemas que hemos tenido, por qué han sido y cómo los hemos enfrentado, para que, con esas experiencias se puedan proyectar hacia el futuro y continuar avanzando en el fortalecimiento de la capacidad defensiva de la Revolución.

 

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