El regreso de La Lupe

AMADO DEL PINO

A partir de una legendaria biografía artística y personal, Roberto Pérez León escribió hace varios años La Lupe, delirio cubano, un texto trémulo y detallado. El escritor es más conocido como investigador literario que como dramaturgo, pero aquí logra hilvanar una estructura dramática coherente, a partir de un profundo conocimiento de la vida de Guadalupe Yoli Raymont (1939-1992), esa santiaguera temperamental que hizo furor en La Habana de los cincuenta y, sobre todo, en la arrancada de los sesenta; la artista singular que después se consagraría en Nueva York y otras plazas del mundo, pero que también supo de la soledad, la incomprensión, el desarraigo. En su caso, la amenaza del olvido fue conjurada por Almodóvar al invitarla a palpitar en su cine.

Monse Duany en La Lupe, delirio cubano.

Bárbara Rivero, reconocida por su labor en la pedagogía y la crítica teatral, debuta aquí como directora de escena. Su versión de la obra de Pérez León procura dotar de más teatralidad a un texto que, por momentos, peca de descriptivo. Rivero refuerza el costado temático de la añoranza y subraya la agónica melancolía de La Lupe, alejada de su Isla. Hubiese preferido un mayor detenimiento en algunas contradicciones de la artista con su medio original o que ahondara en las disyuntivas de su religiosidad, pero el retrato artístico de los años de formación, el planteamiento de su casi trágico conflicto de identidad dentro de la cultura norteamericana, aportan suficientes elementos interesantes para sostener el unipersonal.

La puesta en escena resulta sobria y eficaz. Sobre el escenario, escasos elementos entre los que sobresalen una amplia red (que en ocasiones simula una boca que busca devorar a la cantante) y una soga, utilizada con notable intencionalidad. Aunque no hay abundancia de imágenes, las composiciones escénicas exhiben fluidez y coherencia. El diseño de luces de Manolo Garriga apoya los momentos de mayor dramatismo, mientras la banda sonora —firmada por la propia directora y Adrián Torres— se convierte en aliada de lo biográfico, a partir del contrapunto entre La Lupe de las grabaciones y la que ahora regresa a través de la magia teatral.

Monse Duany asume el difícil reto de encarnar una figura que para una generación se vincula a la nostalgia y para otras a la leyenda. La caracterización deja ver algunas de las virtudes que he reconocido otras veces en Monse: organicidad, fuerza, capacidad para trasmitir sentimientos contrastantes. Deberá cuidar las gradaciones de su risa para que no recuerde demasiado a otros personajes de su intensa carrera. El ritmo del montaje se sostiene gracias a una cuidadosa dirección y al formidable entrenamiento de la intérprete.

La Lupe deberá volver pronto a los escenarios habaneros. Dialogar con la memoria colectiva, revisar los mitos es una eterna y noble función del teatro.

 

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