Hombre que juega

Pedro de la Hoz

Cuando Leo Brouwer se define como homo ludens —hombre que juega— lo hace bajo la concepción del artista que se divierte, que recrea la dimensión espiritual del ser humano en términos de música.

Ese principio flota como una bendición en la atmósfera del XII Concurso y Festival Internacional de Guitarra de La Habana, que estrenó su nueva denominación —Leo Brouwer— con la puesta de relieve de lo que significa la obra del maestro no solo para el desarrollo del instrumento a nivel universal, sino su pensamiento musical.

Vale la pena recorrer las paredes de la Galería Habana, donde se halla desplegada una vasta muestra documental de una trayectoria que abarca la interpretación —en su tiempo Leo fue uno de los mejores ejecutantes que en el mundo han sido—, la composición —reúne un catálogo impresionante para todos los formatos—, la promoción de la música popular —desde los días del Teatro Musical de La Habana hasta la colaboración con Irakere, pasando por el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, ha multiplicado una útil y fecunda presencia—, la conducción orquestal, la discografía, el cine y la teoría.

En este último aspecto, Letras Cubanas nos acaba de regalar un tomo, Gajes del oficio, en el que se hallan expuestas ciertas claves para la comprensión de lo que sustenta su actividad creativa. Allí nos dice: "Nuestra obra ha de tener dos elementos: verdadero contacto con su raíz y absoluta información de todos los medios actuales de creación. (...) Componer artificialmente con fórmulas, cualquiera lo hace. La primera regla es alejarse de los elementos blandos y de mal gusto que en definitiva son iguales en el mundo entero. (...) Componer hoy para mañana o para el infinito es la única variante. No hablo de trascendencia histórica, me refiero a que una obra de arte se puede disfrutar a través de lo absoluto. (...) Si no existe este momento de magia, tanto en la composición como en la interpretación, la obra es pura rutina".

Quien leyó esas reflexiones, tuvo el enorme privilegio de vivirlas en el concierto inaugural del evento. La magia de los detalles y el deslumbramiento de lo absoluto animaron la creación del Doble concierto, el Concierto de Perugia, y el divertimento Los negros brujos, y su concreción sonora, en la que el chileno Marcelo de la Puebla, el griego Costas Cosiolis, el violinista cubano Reinier Guerrero, el Coro Nacional de Cuba, la Orquesta Sinfónica Nacional y el propio Leo, insuflaron de aliento vital una música hecha para divertir el alma, como los buenos e irrepetibles sones que le vienen de raíz.

 

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