Como en Girón y otros momentos decisivos de nuestras luchas: ¡Viva el socialismo!

(DISCURSO PRONUNCIADO POR EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE CUBA, FIDEL CASTRO RUZ, EN EL ACTO POR EL DÍA INTERNACIONAL DE LOS TRABAJADORES, EFECTUADO EN LA PLAZA DE LA REVOLUCIÖN, EL PRIMERO DE MAYO DEL 2004)

Entrañables invitados;

Queridos compatriotas:

Esta es la conmemoración número 45 del Día glorioso de los Trabajadores, que celebramos desde el triunfo de la Revolución.

Cosas de gran trascendencia están ocurriendo tanto en el exterior como dentro de nuestro país.

La Revolución prosigue victoriosa con más fuerza política y éxitos que nunca. Hemos tenido recientes pruebas: las reuniones de Ginebra el 15 y el 22 de abril pasarán a la historia de la diplomacia revolucionaria. Señalan el instante en que la gran hipocresía, la mentira permanente y el cinismo con que los dueños del mundo pretenden preservar su podrido sistema de dominación política y económica impuesto a la humanidad, recibieron un golpe contundente.

Nuestro país había sido sentado una vez más en el banquillo de los acusados. La nueva administración de Estados Unidos junto a los estados de la Unión Europea cometieron el error de olvidar que en el extremo oriental de Cuba, en un espacio de 117,6 kilómetros cuadrados ocupado por la fuerza, donde está instalada la base naval de Guantánamo ―lo que ya de por sí constituye un grosero ultraje a los derechos soberanos de un país pequeño y a las leyes internacionales―, existía en ese mismo instante uno de los más grotescos casos de violación de los derechos humanos que han tenido lugar en el mundo. Nunca fuimos consultados previamente. Simplemente se nos informó la decisión tomada por el gobierno de Estados Unidos de trasladar a los prisioneros a esa base.

El día 11 de enero del 2002 el gobierno de Cuba publicó una declaración en la que se exponía con toda claridad la posición de nuestro país.

La opinión pública mundial conoce que, después del horrible crimen cometido contra las Torres Gemelas de Nueva York, el hecho fue condenado de forma unánime por todas las personas conscientes del planeta.

Sin embargo, el gobierno de la nación más poderosa de la Tierra, despreciando toda norma relacionada con lo que el mundo conoce como principios elementales de los derechos humanos, creó esa horrorosa prisión donde se mantienen secuestrados cientos de ciudadanos de numerosos países del mundo, entre ellos los de los propios aliados de Estados Unidos, sin juicio, sin comunicación, sin identificación, sin defensa legal, sin garantía alguna de integridad física, sin ley procesal ni penal, y sin límite de tiempo. Pudo emplear territorio propio para tan extraño aporte a la civilización, pero lo hizo en el trozo de tierra que ocupa ilegalmente y por la fuerza en otro país, Cuba, a la que acusa todos los años en Ginebra de violar los derechos humanos.

A pesar de eso, suceden cosas admirables en la Comisión de Derechos Humanos.

En las actuales condiciones del mundo predomina el temor generalizado al feroz imperio, sus amenazas, presiones y represalias de todo tipo, especialmente contra los países más vulnerables del Tercer Mundo. Votar en Ginebra contra una resolución elaborada e impuesta por Estados Unidos, en especial si va dirigida contra Cuba, el país que durante casi medio siglo ha desafiado su arrogancia y prepotencia, se convierte en un acto casi suicida. Incluso los estados más fuertes e independientes se ven obligados a tomar en consideración las consecuencias políticas y económicas de su decisión.

A pesar de esos factores, como pudo apreciarse hace breves días en Ginebra, basados en sólidos principios unos y en un acto de singular valentía otros, 20 países además de Cuba se opusieron a la resolución y 10 se abstuvieron con dignidad y respeto a sí mismos. De 53 miembros de la Comisión, sólo se habían plegado a la infamia 22 de ellos, incluido Estados Unidos.

De América Latina, siete, entre ellos cuatro que sufren gran pobreza social y económica, sumamente dependientes y con gobiernos obligados a la abyección total. Nadie los considera estados independientes. Son hasta ahora una simple ficción.

Perú, el quinto gobierno latinoamericano que votó con el de Estados Unidos contra Cuba, constituye un ejemplo del grado de abyección y dependencia a que han conducido el imperialismo y su globalización neoliberal a muchos estados de América Latina, a los cuales arruinan políticamente en un abrir y cerrar de ojos.

El Jefe de Estado peruano en solo unos meses ha visto reducir su popularidad a solo el 8 por ciento. Es absolutamente imposible enfrentar los colosales problemas económicos y sociales que afectan a ese país con tan insignificante apoyo. En realidad, no dirige ni puede dirigir nada. De eso se encargan las transnacionales y los oligarcas hasta que la sociedad estalla, como ya empieza a ocurrir en más de un país.

Restan los gobiernos de Chile y México.

Al primero no voy a juzgarlo. Prefiero que Salvador Allende, que cayó combatiendo y ocupa ya un sitial de honor y gloria en la historia de este continente, y los miles de chilenos desaparecidos, torturados y asesinados por designios de quien elaboró y propuso la resolución para condenar a Cuba ―donde jamás ocurrió uno solo de esos hechos u otros similares―, y en nombre de ellos, los que portan en Chile las nobles ideas y la aspiración de construir una sociedad verdaderamente humana, juzguen la conducta del presidente de Chile en Ginebra.

En México, pueblo entrañable y hermano para todos los cubanos, el Congreso Nacional solicitó a su Presidente abstenerse de apoyar la resolución que le demandó el presidente Bush. Duele profundamente que tanto prestigio e influencia ganados en América Latina y en el mundo por su intachable política internacional, emanada de una revolución verdadera y profunda, hayan sido convertidos en cenizas. La solidaridad y el apoyo de América Latina para México, y de México para América Latina, son vitales. Más de la mitad del territorio de México le fue arrebatada por su vecino del Norte y enormes riesgos amenazan al que le resta. Prácticamente la frontera de Estados Unidos con México no está ya en el río Bravo del que hablaba Martí. Estados Unidos está mucho más dentro de México. Aquella frontera es hoy la línea de la muerte, donde alrededor de 500 mexicanos pierden la vida cada año. Todo en virtud de un brutal y despiadado principio: libre tránsito para los capitales y las mercancías; persecución, exclusión y muerte para los seres humanos. Pese a ello, millones de mexicanos corrieron ese riesgo. Hoy el país recibe más ingresos por sus remesas que por las exportaciones de petróleo, a pesar del elevado precio actual de este.

¿Acaso una situación tan desigual e injusta se resolverá votando resoluciones contra Cuba en Ginebra y acusándola de violar los derechos humanos?

Lo peor y más humillante para México fue que las noticias relativas a su votación en Ginebra, tanto el día 15 como el 22, eran anunciadas desde Washington.

La Unión Europea, igual que siempre, votó en bloque, como mafia aliada y subordinada a Washington.

Estas sucias e inmorales manifestaciones de toda la vida contra la Revolución Cubana nunca alcanzaron éxito alguno hasta el derrumbe del campo socialista. Una plaga de renegados, ansiosos de créditos y mercancías de la sociedad de consumo, se sumó a la mafia de la Comunidad Europea. Entonces lograron esos mezquinos partos en la Comisión de Derechos Humanos: resoluciones extraídas con fórceps, en la reñida batalla que Cuba jamás ha dejado de librar contra la comedia infame que el imperio, sus aliados, secuaces y vasallos imponen, para obtener uno o dos votos de ventaja frente a la oposición y la abstención del 60 por ciento de los miembros de la Comisión. A esas victorias pírricas las califica el imperio de éxitos y condena a Cuba, a pesar de que cada año los esfuerzos y el costo político son mayores.

Cuando este año Cuba propuso el envío de un representante de la Comisión para ver lo que sucedía en la base naval de Guantánamo, cundió el pánico en la manada de hipócritas, especialmente en los de la Comunidad Europea. Se derrumbaba la moral. Algunos gobiernos europeos estaban realmente avergonzados, tenían que confesar su inconsecuencia e hipocresía, o algo imposible: desacatar al imperio. Eso era mucho para tan augustos defensores de los derechos humanos, cuyos dardos van dirigidos sólo a los que fueron sus colonias durante siglos, donde eliminaron decenas de millones de indios y transportaron de África incontables seres humanos que fueron convertidos en esclavos, con menos libertad que los animales de trabajo. Así tratan a miles de millones de habitantes del Tercer Mundo, víctimas del saqueo, el intercambio desigual y la extracción de sus riquezas naturales y de todas las divisas convertibles de las reservas de sus bancos centrales, que son depositadas en los bancos de Estados Unidos principalmente, o de Europa, con las cuales éstos financian inversiones, los déficits comerciales y presupuestales y las aventuras militares del imperio y sus aliados.

Ante la proposición cubana en Ginebra, de nuevo Bush en persona y sus más importantes jerarcas tuvieron que moverse frenéticamente llamando personalmente a Presidentes y Jefes de Estado. Nadie sabe de dónde sacó tanto tiempo, ni cómo pudo ocuparse de Iraq, de los problemas financieros del Estado, de los banquetes para la recaudación de fondos y los actos de la campaña electoral. Quizás no sea justo llamarlo Führer. Tal vez es un genio.

¿Por qué Bush puede hablar de un déficit presupuestal de 512 mil millones de dólares y otro déficit comercial similar, un total de un millón de millones de dólares en solo un año? Porque manipula y gasta las divisas de la inmensa mayoría del mundo para defender esos y otros privilegios. Se arman hasta los dientes con los más sofisticados equipos bélicos y llevan a cabo guerras de conquista en busca de materias primas.

La situación internacional es compleja. La política aventurera de la actual administración ha conducido al mundo a problemas cada vez más insolubles. El orden económico impuesto es cada vez más insostenible.

En España ha tenido lugar un hecho grandioso y estimulante. Fue obra extraordinaria y casi exclusiva del pueblo español, en especial de sus jóvenes. Su heroica batalla política de apenas 48 horas, después de la tragedia y en vísperas de las elecciones, asestó un golpe demoledor a la pérfida maniobra del anterior gobierno de España para manipular a su favor y en el de los intereses belicistas de Estados Unidos la horrible acción del 11 de marzo.

El actual gobierno ha cumplido su promesa de retirar las tropas españolas de Iraq. Es sin dudas una acción loable. Pero el estado español bajo el anterior gobierno asumió la responsabilidad de reclutar a un número considerable de jóvenes dominicanos, hondureños, salvadoreños y nicaragüenses para ser enviados como carne de cañón a Iraq bajo el mando de la Legión Española, caso único en la historia de este hemisferio. España, que como antigua metrópolis de los pueblos latinoamericanos aspira a recibir respeto y consideraciones, e incluso a desempeñar determinado papel en América Latina y el Caribe, tiene la responsabilidad y el deber moral de luchar por el regreso definitivo a su patria de los jóvenes latinoamericanos que fueron enviados a Iraq por gestiones del anterior gobierno.

Los pueblos del mundo, entre ellos el de Cuba, no odian al pueblo de Estados Unidos ni desean la muerte de jóvenes soldados norteamericanos, muchos de ellos negros, mestizos y latinoamericanos, a los que la pobreza y el desempleo llevó al oficio de las armas, y hoy son víctimas de una guerra innecesaria y estúpida; no apoyamos en Iraq a gobierno alguno ni a determinados sistemas políticos, que es prerrogativa exclusiva de los iraquíes; fuimos solidarios con los que murieron en los atentados en Nueva York o en Madrid, y condenamos tales métodos. La enorme y creciente simpatía mundial hacia el pueblo de Iraq fue generada por los brutales bombardeos sobre Bagdad y otras ciudades, que causaron terror y muerte entre civiles inocentes, sin tomar para nada en cuenta el trauma terrible que a millones de menores, adolescentes, mujeres gestantes, madres y ancianos, los acompañará toda la vida, sin justificación posible y a base de groseras mentiras. Esas simpatías se multiplican, porque miles de millones de personas tomaron conciencia de que se trataba de una guerra de conquista para apoderarse de los recursos y las materias primas que posee el país, porque no había justificación ni legalidad alguna, porque fueron violadas las normas internacionales, porque la autoridad y las prerrogativas de las Naciones Unidas fueron desacatadas.

El pueblo de Iraq lucha hoy por su independencia, su vida, la vida de sus hijos y sus legítimos derechos y recursos.

El gobierno de Estados Unidos enfrenta por ello una complicada situación, porque quiso seguir la línea de la violencia, la guerra y el terror. Tengo autoridad moral para sostener este punto de vista, porque mucho antes de desatarse la política guerrerista, el 11 de septiembre del 2001, día exacto del horrendo ataque a las Torres Gemelas, en un acto de inicio de curso de 4.500 jóvenes maestros primarios, dije textualmente:

"Es muy importante saber cuál va a ser la reacción del gobierno de Estados Unidos. Posiblemente vengan días peligrosos para el mundo, no estoy hablando de Cuba. Cuba es el país que más tranquilo está por diversas causas: por nuestra política, por nuestras formas de lucha, por nuestra doctrina, nuestra ética, y, además, compañeras y compañeros, por la ausencia total de temor."

[...]

"Los días próximos van a ser tensos dentro de Estados Unidos y fuera de Estados Unidos, empezarán a emitir opiniones no se sabe cuánta gente.

"Siempre que ocurre una tragedia de estas, por difíciles que puedan ser a veces de evitar, no veo otro camino, y si en alguna ocasión es permitido hacerle una sugerencia al adversario ―adversario que ha sido duro con nosotros durante muchos años―, si fuese correcto en alguna circunstancia sugerir algo al adversario, en aras del bienestar del pueblo norteamericano y basándome en los argumentos que expuse, les sugeriríamos a los que dirigen el poderoso imperio que sean serenos, que actúen con ecuanimidad, que no se dejen arrastrar por raptos de ira o de odio, ni se lancen a cazar gente lanzando bombas por todas partes.

"Reitero que ninguno de los problemas del mundo, ni el del terrorismo, se pueden resolver por la fuerza, y cada acción de fuerza, cada acción disparatada del uso de la fuerza, en cualquier parte, agravaría seriamente los problemas del mundo.

"El camino no es la fuerza ni la guerra. Lo digo aquí con toda la autoridad de haber hablado siempre con honradez, poseer convicciones sólidas y la experiencia de haber vivido los años de lucha que ha vivido Cuba. Solo la razón, la política inteligente de buscar la fuerza del consenso y la opinión pública internacional puede arrancar de raíz el problema. Creo que este hecho tan insólito debiera servir para crear la lucha internacional contra el terrorismo; pero la lucha internacional contra el terrorismo no se resuelve eliminando a un terrorista por aquí y otro por allá; matando aquí y allá, usando métodos similares y sacrificando vidas inocentes. Se resuelve poniendo fin, entre otras cosas, al terrorismo de Estado y otras formas repulsivas de matar, poniendo fin a los genocidios, siguiendo lealmente una política de paz y de respeto a normas morales y legales que son ineludibles. El mundo no tiene salvación si no sigue una línea de paz y de cooperación internacional."

A muchos la guerra de Iraq les hace rememorar la de Viet Nam. A mí me trae el recuerdo de la guerra de liberación argelina, cuando la potencia militar francesa se estrelló contra la resistencia de un pueblo de cultura, idioma y religión muy diferentes que, en lugares tan desérticos como muchas regiones de Iraq, se las arregló para derrotar a las tropas francesas y a toda su tecnología, bastante avanzada en aquel entonces. Antes habían sufrido la derrota de Dien Bien Phu, donde a punto estuvieron los antecesores de Bush de usar el arma nuclear. En ese tipo de guerra todo el arsenal de una superpotencia hegemónica sobra. Ésta puede, con su inmenso poder, conquistar un país, pero no es posible administrarlo y gobernarlo si su población lucha resueltamente contra los ocupantes.

Nunca imaginé que un día el señor Bush escribiría con humildad una atenta carta al Presidente de Siria y pediría a las autoridades del gobierno de Irán, países hasta ahora considerados estados terroristas, que lo ayudaran a resolver el conflicto de Iraq. Mucho más sorprendente resulta que hace dos días, según noticias cablegráficas, la infantería de marina norteamericana fuese retirada de Fallujab, y en su lugar se destacaran allí militares iraquíes con un ex general del ejército de Saddam Hussein al frente. No critico ningún esfuerzo de paz o iniciativa que decida tomar la actual administración de Estados Unidos, pero dudo mucho que pueda haber otra solución que la retirada de las tropas norteamericanas de ese país, adonde nunca debió enviarlas, y devolverle al pueblo de Iraq su plena independencia. Eso tendría el apoyo de la comunidad internacional, que sin duda encontrará la forma para resolver la compleja situación allí creada.

Mientras tanto, los cubanos seguiremos observando los acontecimientos y continuaremos librando nuestra lucha más decidida frente a los que se dan hasta el lujo de preconizar tránsitos políticos basados en la desaparición física de algunos de nosotros. Lo peor es que los que hablan de acelerar tales tránsitos políticos son personajes cuyas ideas asesinas de siempre conocemos bien.

Ahora de nuevo se desgañitan amenazando con próximas medidas para afectar la economía y desestabilizar el país. Bien valdría que nos devolvieran a nuestros cinco Héroes Prisioneros del Imperio, que soportan con insuperable dignidad el más bochornoso y cruel caso de violación de los derechos humanos. Su suerte en las prisiones del gobierno federal, donde están totalmente separados, no tiene mucho que envidiarle a la de los secuestrados en la base naval de Guantánamo. Aun a pesar de todo eso, no vacilamos en sugerirles a los gobernantes de Estados Unidos que sean más serenos, más sensatos, más cuerdos y más inteligentes.

A los que persistan en destruir la Revolución, en nombre de la inmensa multitud que se reúne aquí este Primero de Mayo, les digo sencillamente como en Girón y otros momentos decisivos de nuestras luchas:

¡Viva el socialismo!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

 

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