135 Aniversario

Gonzalo de Quesada o el deber martiano

NYDIA SARABIA

El 15 de diciembre de 1868, a pocos meses del estallido de la Guerra de los Diez Años (10 de Octubre de 1868), nació en La Habana, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, hacen 135 años de su jubileo.

Desde el Grito de La Demajagua, dado por Carlos Manuel de Céspedes y un puñado de patriotas, y con la libertad a sus esclavos, los cubanos comenzaron a pensar en su irrenunciable y absoluta independencia del yugo colonial español y de cualesquiera otros impedimentos que pudieran escamotearles sus derechos en años venideros.

Cuando Quesada era un adolescente conoció a quien luego sería su maestro revolucionario, José Martí, en un acto en Nueva York. Fue el 10 de octubre de 1889, cuando Quesada y Aróstegui tuvo el honor de presentar a Martí, llamándolo por primera vez, Apóstol.

A partir de ese momento, quedará sellada para siempre una lealtad a toda prueba e inquebrantable. Quesada se une a Martí, ayudándole por su capacidad y sus buenas relaciones, en la propaganda a favor de la Revolución, por cuyo motivo renunció también como abogado en el bufete de Stearms and Curtis, de Nueva York.

Quesada le presta a Martí todo tipo de servicios para la causa revolucionaria, entre estos su amistad con el abogado Horatio S. Rubens y mediante su intervención logra salvar gran parte del cargamento de armas y municiones al fracasar el Plan de la Fernandina (10 de enero de 1895).

El joven discípulo demuestra talento, capacidad y seriedad. Martí lo acoge como un alumno predilecto, y le imparte sus enseñanzas revolucionarias. Le designa como Secretario del Partido Revolucionario Cubano y le confía, junto a Benjamín Guerra, la publicación del periódico Patria, vocero de la Revolución ante la emigración cubana.

Al marcharse Martí para participar en "la guerra útil y necesaria", le confía a Quesada todas las gestiones para seguir prestando ayuda material a la Revolución, como el envío de expediciones armadas y la propaganda como redactor de Patria, y de hecho, como delegado para sustituir al Maestro. También se queda como Encargado de Negocios de la República en Armas para servirla en lo que pueda ayudar para su sostenimiento.

Fue Secretario de la Delegación Argentina al Congreso Panamericano celebrado en Washington en 1890. Actuó de secretario particular de Roque Sáenz Peña, delegado argentino a quien acompañó durante su viaje a Buenos Aires, regresando luego a los Estados Unidos en 1891 como Cónsul de la República Argentina en Filadelfia, cargo al que renunció para dedicarse a la propaganda independentista.

Al lograr Cuba su independencia mediatizada con la intromisión del imperialismo yanki, Quesada fue miembro de la Convención Constituyente que redactó la Constitución de 1901; primer Ministro Plenipotenciario de Cuba en Estados Unidos, desde cuyo cargo negoció con John Hay el Tratado que reconocía la plena soberanía de Cuba sobre la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), conocido como el Tratado Hay-Quesada, firmado el 2 de marzo de 1904.

Fue delegado de Cuba a varias Conferencias Panamericanas y a la Segunda Conferencia de la Paz y Ministro de Cuba en Alemania desde 1910. Pese a las difíciles circunstancias en que se vio envuelto por las intervenciones norteamericanas en Cuba, se le vio resolver espinosos asuntos diplomáticos para unas futuras relaciones bilaterales entre la naciente república caribeña y el ya poderoso imperio del Norte, ayudando en esa tarea al Generalísimo Máximo Gómez, a fin de lograr la plena soberanía cubana como en 1903, cuando lo acompañó a Washington.

Si Quesada y Aróstegui fue un revolucionario-diplomático, también fue un creador. Publicó varias obras, entre elIas: Mi primera ofrenda, de la cual le expresó Martí en una carta fechada en Nueva York en 1892 y que sirvió de prólogo al citado libro, editado en Nueva York a principios de 1892: "Por supuesto que debe Ud. publicar su Primera Ofrenda. En este mundo no hay, nada de verdadero más que la nobleza y la hermosura. Créese virtud, créese arte. Ud. es bueno y es sobrio: ni tiene miedo a la verdad dolorosa ni rebusca pompas; admira a los bravos y ama a los humildes; es necesario encender los corazones: publique su libro".

Y le añade: "Y es lo primero que le da derecho a publicarlo, en cuanto a literatura, aquel vigor nativo que no se depone sin riesgo ni se olvida impunemente, por donde su alma natural, criada en el ahogo de estas chimeneas, muestra en el fuego y la ternura la persistencia de la entidad local, que viva dentro de lo humano con sus métodos y fines propios y no se acomoda a los ajenos sino para estancarse y desaparecer. Lo del libertador San Martín es verdad: `serán lo que debe ser; o si no, no serás nada'. Contra la verdad, nada dura; ni contra la naturaleza. El Canadá francés, ni inglés quiere ser, ni norteamericano; quiere ser francés. Los mexicanos de California, después de cincuenta años de vida en los Estados Unidos, no quieren ser de los Estados Unidos: quieren ser mexicanos. Ud. levantado desde la raíz en los colegios del Norte, donde lo preferirían, y en sus sociedades, donde lo alababan, y con lo más puro de un pueblo, que es su juventud, conoce en sí lo imposible del acomodo, lo fútil y funesto del acomodo; y es cubano.

Y prosigue el Maestro en su didáctica prosa con el discípulo que terminará escribiendo otros textos como ese valiente opúsculo titulado: Ignacio Mora, donde narra y denuncia una de las más atroces violaciones de los derechos humanos del siglo XIX cubano con la matanza de mujeres y niños recién nacidos de las hermanas del patriota camagüeyano Ignacio Mora durante la Guerra de los Diez Años. Es una denuncia la que hizo Quesada y Aróstegui para todos los tiempos de la humanidad.

A él enviará José Martí su llamada carta testamento literario, al confiarle toda su papelería. Esta misiva está fechada en Montecristi, el primero de abril de 1895 y, entre otras cosas, el Apóstol le dice a su alumno: "De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesitará la oficina, y más ahora; a fin de venderlos para Cuba en una ocasión propicia, salvo los de la Historia de América, o cosas de América, —Geografía, letras, etc.— que Ud. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo, o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan..."

Fiel a su Maestro, Quesada y Aróstegui publicó las Obras de Martí alcanzando la suma de 14 volúmenes, teniendo ya preparado el número 15 cuando lo sorprendió la muerte, este fue publicado más tarde por su viuda Angelina Miranda.

En el primer volumen, publicado en Washington en 1900, en el prólogo que data del 19 de mayo, aniversario de la caída en combate del Héroe, escribió Quesada: "Empeñado en la labor de hacer Patria —por la que sangró y murió el Maestro— ha faltado tiempo para realizar una promesa de reunir sus obras literarias, cumplir con sus últimos deseos y así corresponder a su noble confianza. En el quinto aniversario de su consagración heroica se publican estas páginas —a manera de guía para posteriores y más perdurables ediciones— como primera piedra del monumento que le ha de levantar mi admiración y mi gratitud".

Gonzalo de Quesada y Aróstegui falleció el 2 de marzo de 1915 en Berlín cuando se desempeñaba como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de Cuba en Alemania. Su hijo, el también bibliógrafo martiano, Gonzalo de Quesada y Miranda, intentó el traslado de los restos de su padre para su Patria, pero la familia tuvo que esperar el final de la Primera Guerra Mundial, a fin de evitar los riesgos de un viaje por mar debido a la amenaza de submarinos. El cadáver fue embalsamado en la cripta de la Iglesia de Santa Eduviges, en Berlín, hasta que al fin fue traído para La Habana donde hoy descansa en la necrópolis de Colón.

José Martí también le escribió estas sabias palabras al alumno que hoy la Revolución Cubana honra:

"De todas las sangres estamos hechos, y hay que buscar al compuesto modos propios. Con una página de Macaulay no vamos a gobernar las escuadras de Guantánamo. Ud. es cubano de los nuevos, que estudia a la vez letras y hombres, para no caer en la incapacidad irremediable de los que, encorvados sobre la mesa de escribir, no ven bullir e imperar a sus puertas la Naturaleza."

 

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