Villafruela en saxofón mayor

PEDRO DE LA HOZ

Entre Santiago de Chile y La Habana, plazas en las que se reconoce tanto su maestría como su magisterio, Miguel Villafruela ha levantado un templo del saxofón clásico. Junto a él un instrumento jazzístico por excelencia se pasea con identidad continental propia en los escenarios de la música de concierto. Del joven cubano que en los ochenta asombró a sus profesores del Conservatorio Nacional de París por aquello de bailar en casa del trompo, al intérprete maduro que ahora tiene casa para su propio trompo —tantos y tan valiosos empeños en la promoción de obras sinfónicas y de cámara especialmente concebidas para saxofón por contemporáneos latinoamericanos—, ha mediado el crecimiento de la virtud y el ahondamiento de la percepción musical. Por eso, resultó motivo de fiesta tenerlo en la última jornada dominical de la Orquesta Sinfónica Nacional, aunque la obra seleccionada, por sí misma, haya carecido de suficiente altura.

Foto: ALBERTO BORREGOTal es la dimensión del sonido de Villafruela que no importó cómo el Concierto para saxofón y orquesta (1996), del dominicano Bienvenido Bustamante (1923-2001), en los dos primeros movimientos, se deshiciera en lugares comunes y, por momentos, ramplones, de melodismo azucarado y frustrados aires zarzueleros. Evidentemente, el compositor apostó a lo que mejor dominaba, la inspiración del instrumento solista, y Villafruela, dómine en los pasajes líricos y en la articulación del sonido, levantó la partitura hasta la cota más alta de su generosidad musical. Instalado ya en la cúspide, el saxofonista hizo enormemente disfrutable el tercer movimiento, el más auténtico, un merengue sinfónico, en el que se dio gusto dentro de las márgenes de la improvisación.

DEL PRADO EN MOMENTO ESTELAR

La jornada tuvo en Iván del Prado a un artista pleno en el podio. Primero con Sensemayá, esa joya de Silvestre Revueltas, metáfora rítmico-sinfónica que el mexicano dedicó al poema homónimo de su amigo Nicolás Guillén; y luego en la Sinfonía no. 7, de Serguei Prokofiev, en la que sacó fuerza y expresión de los planos sonoros y delicadeza y sensibilidad en temas de un luminoso y sereno eslavismo, espejo de una creación testamentaria, de un gigante decidido a partir.

 

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