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Música electroacústica

Mitos y sombras

PEDRO DE LA HOZ

Mucho sabíamos de la norteamericana Irene Mitri, una violinista excepcional que se ha especializado en la ejecución de la música de concierto contemporánea. Pero muy poco de la japonesa Kotoka Suzuki, salvo que en sus apenas treinta años de vida, aprovechados con estudios superiores de composición en las universidades estadounidenses de Indiana y Stanford, ha logrado distinguirse tanto por sus obras electroacústicas —los especialistas han ponderado la concisión expresiva de Mizu, Mizu II y Nat-King, en la década pasada— como en su escritura para conjuntos de cámara. En el ámbito siempre cálido de la sala Che Guevara, de Casa de las Américas, Mitri y Suzuki marcaron un hito en el programa artístico de la Conferencia Internacional de Música por Computadora, que tiene lugar en La Habana.

Wayne Siegel, odisea musical.

Sift combina una banda sonora creada por medios informáticos con la interpretación en vivo del violín. La electrónica aporta texturas suaves, envolventes, nunca pródigas, que se entrecruzan en timbre y densidad con el discurso de la solista, desnudo, de frases tampoco espléndidas, pero portador de una esbeltez que se nos antoja la de un hai ku, esa enigmática y breve composición poética que relumbra en la lírica nipona. Irene Mitri evidenció una vez más que su extraordinario abanico de recursos técnico-interpretativos no se muerden la cola, sino, por lo contrario, sintonizan emocionalmente con la sensibilidad del auditorio.

   JUVENAL BALAN

Irene Mitri, violinista excepcional.

Es necesario destacar esto último cuando se asiste a un concierto, curado por el destacado compositor español José Manuel Berenguer, en el que abundó la aridez, la mera especulación tecnológica y cerebral y cierta retórica electroacústica que termina por hacer de este tipo de música un coto cerrado.

Además de la pieza de la Suzuki, realzada por Mitri, únicamente trascendieron dos muestras que pese a sus diferencias conceptuales tienen por denominador común determinada inspiración mítica. Ello se apreció de manera mucho más explícita en Burning river, del norteamericano radicado en Dinamarca Wayne Siegel, basada en las epopeyas homéricas y demostrativa de que se puede hacer mediante la computación y con un lenguaje avanzado, música programática de altísimo nivel y sin pedestres concesiones narrativas ni efectistas.

Sumamente sugestiva fue la audición de Mix up, del sueco Jens Feldman. Como flashazos auditivos se nos van apareciendo los hilos de la memoria de la era del pop, del techno, de la cultura sonora cosmopolita, en un fresco concentrado, de gran vitalidad. A fin de cuentas, el oyente puede o no saber en qué consiste la granularidad y otras especificaciones científico-técnicas. Lo que le interesa es que el intelecto y el corazón se movilicen estimulados por una música tan viva como la de Feldman, Suzuki y Siegel.

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