DEPORTES

Kolychkine, la otra
cara del entrenamiento


OSCAR SANCHEZ

Si alguien preguntara cómo debe ser un profesor de educación física y deportes, si pensara en cuánto tiene de educador, pudiéramos recomendarle un modelo finés de nacimiento, belga en su formación, francés y japonés en su constitución de judoca, pero cubano por amor y dedicación al Caribe y a América.

En febrero de 1951 trae el judo a Cuba, en 1953 organiza en La Habana el primer campeonato panamericano.

Porque Andre Kolychkine Thompson no solo trajo el judo a Cuba, a este lado del Atlántico, sino porque en él se fundió la más alta expresión de entrenador y pedagogo, derivando en una excelencia de educador, debemos recordar a este hombre que quiso morir en Cuba, pues...

Yo me siento orgulloso de ser finés, ruso -lo inscribieron en San Pettersburgo-, belga, francés, y por supuesto, cubano. Aquí vivo y aquí moriré. Yo amo a este país.

Así dijo a Granma en marzo de 1993 al cumplir sus 80 años. En 1998, el Instituto Superior de Ciencias Médicas Victoria de Girón, donde ofreció su magisterio, no solo físico sino influyendo en la formación integral de muchos médicos, inauguró la Cátedra Honorífica que lleva su nombre, justamente a 12 meses de su adiós.

Recordar a este maestro es prepararse para la vida, tocar la sensibilidad humana. Por eso el conversatorio en la casa de estudios para galenos fue justamente transitar por un laberinto de enseñanzas y experiencias.

Sería pretencioso reseñar cada intervención, pero si queremos brindar un ejemplo a entrenadores y profesores es obligatorio reflejar algunas de las palabras del doctor Raúl Herrera, hoy director del Instituto de Nefrología y su pupilo desde los 13 años.

Tuve el singular privilegio de ser su alumno, lo cual me dio la exclusiva posibilidad de ser casi su hijo. Gracias a su influencia en mi formación tuve la dicha también de ser su médico hasta el último momento.

La voz tomada, la expresión de tener casi un nudo en la garganta, reflejaba cuán imprescindible era el maestro, el entrenador, para su alumno.

Fue un entrenador por excelencia y en el sentido más integral y más amplio, un verdadero educador. Cuando nos conducía por el camino del desarrollo físico iba moldeando nuestra sensibilidad, formándonos el carácter. Emanaba y convocaba a la sencillez y la modestia. Detrás de cada sesión de entrenamiento había un mensaje intelectual, humano. Recuerdo que al finalizar las jornadas nos hacía repetir una frase de algún filósofo.

Escuchando a Herrera recordábamos dos singulares momentos en los cuales Kolychkine también dejaba su legado.

"...para ver paisajes bonitos hay que subir lomas altas"; "felicidades a ustedes porque todo se los debo yo, no ustedes a mí"; "lo interesante no es lo que uno ha hecho, sino lo que va a hacer".

Esas tres frases resumieron sus palabras en febrero de 1996 cuando se cumplieron 45 años de la llegada del judo a Cuba, la misma edad de su cubanía. En aquel momento recibió el octavo Dan, la más alta graduación en el país.

En 1993, nos regalaba también estas palabras.

Los atletas deben aprender a pensar y amar. Cuando piensas observas y te informas y cuando amas puedes lograr cualquier cosa. Si no hay amor a la profesión no se puede crear.

E insistía en la formación integral. Sin ella no se puede concebir a un campeón en el mundo actual, no respondería a esta era. Un hombre sin cultura es un jardín sin flores.

Su capacidad emprendedora lo hizo obtener casi con 80 años y ante un tribunal el grado de Doctor en Ciencias. Esa virtud fue resumida por el doctor Herrera cuando dijo que pese a sus 84 años murió eternamente joven.

Y su entrega al que lo rodeaba le hizo expresar.

El que vive para los demás, vive su vida más intensamente.

Más que el 12 de marzo, día en que físicamente dejó de existir, a Kolychkine debe recordársele cada vez que un entrenador se pare ante los atletas, porque esa fue su vida, la que hizo -parafraseando a José Martí- que la muerte no fuera verdad.


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