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¿Envejecer
sin esperanzas?
AMELIA
DUARTE DE LA ROSA, Enviada especial
Aunque
el envejecimiento es un fenómeno
natural, la percepción de la vejez tiene
que ver también con
el comportamiento de la
naturaleza biosíquica
y socioeconómica. Para toda
sociedad que busque la prolongación de
la vida en condiciones de bienestar, la
atención de la salud al adulto mayor
constituye
un aspecto relevante.
Es
un proceso visible en la población
mundial
el aumento gradual de la edad,
originado por un descenso sostenido en
los niveles
de fecundidad
y un aumento en la esperanza de
vida. No obstante, en los países de
América Latina
y
el
Caribe los patrones demográficos
varían como resultado de estructuras
poblacionales desiguales. En
el comportamiento de evolución
los grupos con mejores condiciones
aumentan su esperanza de vida
y controlan la fecundación,
mientras los pobres, con menor nivel
educativo
y residentes mayormente
en áreas rurales, poseen
elevadas tasas de fecundidad
y mortalidad.
Haití, con un alto por ciento de la
población por debajo de la línea de
pobreza, promedia más de cuatro hijos
por mujer, uno de los índices más altos
de Latinoamérica. Según estadísticas de
la UNICEF, alrededor de dos tercios de
su población vive en zonas rurales
y la esperanza de vida, que a
comienzos de la década del
cincuenta era de 37 años, ahora
fluctúa alrededor de los 58 años de
vida.
En
el país, los patrones de
morbilidad de la tercera edad, que
representa un 3,9 % de la población,
registran las enfermedades infecciosas
y degenerativas agudas, la
hipertensión
y las cardiopatías. La gran mayoría
de los adultos mayores
no completaron la educación primaria
y subsisten, como
el resto de los habitantes, sin
acceso a la atención médica básica.
Las
tasas de institucionalización en asilos
y programas de tratamiento o
atención primaria de salud para mejorar
la calidad de vida son prácticamente
inexistentes.
El Ministerio de Salud Pública no
cuenta con políticas articuladas para
brindar protección, seguridad sanitaria
y servicios especializados a los
más ancianos.
Debido al alto nivel
de desempleo, pocos alcanzan
montos de jubilación
y es común que la mayoría,
aun pasados los 70 años, continúen
trabajando para costear su subsistencia.
Otros, en cambio, víctimas de la
discriminación sufrida por la edad
y resignados a las desventajas
comparativas respecto a las personas más
jóvenes, desisten de buscar trabajo
y terminan en la mendicidad.
"La
situación de los ancianos en Haití es delicada,
casi ninguno tiene apoyo
familiar o estatal
y la calidad de vida es muy
mala", explica la doctora cubana
Isel
Fresnego, quien junto al
enfermero José Raúl Cedeño creó un club
de abuelos
en Mont Organicé, comuna montañosa de
difícil acceso en
el nordeste del
país.
"Estamos intentando mejorar su calidad
de vida tomando como punto de partida la
experiencia del
trabajo comunitario que tenemos
en Cuba. No obstante —agrega—
vincularlos ha sido complicado porque no
están acostumbrados a recibir este tipo
de ayuda,
pero poco a poco vemos los resultados,
comenzamos con uno
y ya tenemos 15".
Por
otra parte, la especialista igualmente
señala que, al no existir programas de
salud específicos, es importante
educarlos en la alimentación, qué pueden
comer o no
y enseñarlos a evitar algunos
padecimientos. "Todavía queda mucho por
hacer en materia de salud
y calidad de vida para la tercera
edad", concluye.
Lo
cierto es que los adultos mayores
tienen en Haití una situación muy
desfavorable. Los datos revelan
además que poseen niveles
de pobreza más bajos que
el resto de la población. Más
allá de la heterogeneidad de situaciones
que corresponden a la vulnerabilidad de
la vejez, cualquier acción de apoyo,
sustento
y difusión que genere políticas
sólidas es necesaria para la atención de
los más longevos. Mientras no sea así,
en
el umbral de la ancianidad, las
personas no podrán
contar con la expectativa de
disfrutar una larga vida en buenas
condiciones de salud.
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