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    N A C I O N A L

La Habana. 21 de mayo de 2003

El último periodista asesinado en Cuba
POR MARELYS VALENCIA —de Granma Internacional

SU destino parecía fijado aquella noche del 13 de mayo de 1958. Había salido del hotel Pasaje —en la Avenida del Prado, frente al Capitolio—, propiedad de la gallega Balado, donde se hospedó a su llegada a la capital. Vino recomendado por el hijo de la dueña, un muchacho que conoció durante su estancia cercana a los dos meses en la Comandancia de La Plata y otros sitios de la Sierra Maestra.

 
Carlos Bastidas, en la Sierra
 Maestra, junto a Fidel..6


Edmundo vuelve casi todos
 los años a Cuba, tras la
 memoria de su hermano.
 Definitivamente, y para suerte
 de quienes la habitan y  visitan
 para sentir su pulso,
 La Habana del hotel Pasaje
 en el que Carlos fue escondido
 de la dictadura, siete meses
 después de su muerte nunca
 más volvió a vivir
 semejante pánico.
FOTO: AHMED VELAZQUEZ.

El joven Orlando Gómez Balado, a quien solía contar, reposado en una hamaca bajo el cielo de los rebeldes barbudos, sus desvelos y andanzas de periodista en tierras de Colombia y Venezuela bajo tiranías similares a la de Fulgencio Batista, le entregó la dirección de su familia en La Habana.

Las fotos de la Sierra ya habían viajado a Ecuador, a su destino, el periódico El Telégrafo, desde la embajada de ese país en la ciudad cubana; tal vez el detalle indiscreto que, sin saberlo, dio inicio a la persecución sigilosa por parte de los agentes del Buró de Investigaciones de la Policía. Ojalá la suerte del joven periodista ecuatoriano hubiera sido la que le deparó Venezuela, donde el régimen de Pérez Jiménez lo encarceló por sus reportajes y luego lo expulsó del territorio. Tampoco recibió en Cuba el no rotundo a su permanencia, como le sucedió en la República Dominicana, del tirano Trujillo; entonces, la historia de Carlos Bastidas no hubiera terminado en la inmerecida noche del 13 de mayo.

Cuenta Orlando que su hermano menor, Luis, de 15 años, salió con Carlos del hotel a dar un paseo. Al llegar a la esquina de Galiano y Neptuno, entraron a un concurrido bar de la época, el Cachet, y allí se sentaron unos minutos, tranquilos, hasta que un personaje desconocido comenzó a ofender, inesperadamente, al ecuatoriano, y en un abrir y cerrar de ojos, Luisito era testigo del más terrible episodio que hubiese presenciado jamás.

Cuando el periodista intentó incorporarse de su asiento, el esbirro le disparó a boca de jarro, acto al que le siguió un tiroteo confuso, típica solución en los casos en que se quiere dislocar la atención del público y espantarlo.

Al triunfar la Revolución, en los días en que se juzgaban a cientos de asesinos y torturadores de la tiranía, Luis levantó un acta acusatoria contra Orlando Marrero, el victimario de Carlos. Pero el asesino había huido a Miami, como muchos otros.

Orlando Gómez se enteró en la Sierra de la muerte de Carlos Bastidas Argüello, el último periodista asesinado por la dictadura; todavía estaban frescos sus pasos por el lomerío que llevaba a la Comandancia; parecían sentirse aún sus arengas por el micrófono de la Radio Rebelde, fundada una semana antes de su encuentro con los revolucionarios.

Siete meses más tarde, el Ejército Rebelde bajaba victorioso de las montañas, poniendo fin a la más sangrienta dictadura, hasta esa fecha, en América.

NOTICIA EN SILABAS

Edmundo Bastidas se encontraba en su residencia estudiantil en Estados Unidos, cuando sonó el teléfono y la operadora, en inglés, le anunciaba la entrada de un cable desde Ecuador. Tres meses antes, se había reunido con el hermano, en Chicago, y mucho hablaron de las intenciones de Carlos de terminar su recorrido por la línea de fuego, como llamaba al club de países sudamericanos y caribeños dominado por las dictaduras militares.

La operadora, incapaz de hablar en español, comenzó a deletrearle a Edmundo el mensaje acabado de recibir. Letra por letra, sin saber el terrible significado que formaría la combinación de cada una, el joven ecuatoriano conoció el desenlace de su hermano.

Aún hoy, al narrar aquel momento, sus ojos se llenan de lágrimas. Edmundo se conmueve, y pareciera que el tiempo se detuvo en el momento de la noticia más triste que ha recibido a lo largo de sus 70 años. "A partir de entonces mi vida cambió; éramos dos hermanos, yo dos años mayor. Después de su muerte, tomé la decisión de vivir al día, sin pensar en el siguiente. Así estuve largo tiempo mientras estudiaba. Una vez concluidos mis estudios demoré un buen tiempo para regresar a Ecuador".

Edmundo ha visitado varias veces a Cuba. Lo hizo en el año 57, cuando La Habana era el lugar preferido por los turistas americanos para toda clase de diversión mundana. Volvería en el 59, al cumplirse el aniversario de la muerte de Carlos, cuyos restos permanecían en Cuba en el panteón de la Asociación de Reporters.

En la última década sus viajes a la Isla se harían más frecuentes. Hace dos semanas asistió a uno de los homenajes que la Unión de Periodistas de Cuba tributa a la memoria de Carlos. En esta oportunidad le fue conferida, post mortem, la distinción Félix Elmuza, máxima condecoración que otorga la UPEC.

"Me siento parte de ustedes. Basta tener a mi hermano, sus restos están aquí, su recuerdo está aquí. Una de las cosas que me pidió mi padre en los últimos momentos de su vida, fue que mientras yo pudiera los restos de mi hermano no salieran de Cuba."

Entre los cubanos, Edmundo vuelve sobre las huellas de Carlos en la Sierra, en la historia. "Atahualpa Recio era el seudónimo que utilizaba en sus alocuciones por Radio Rebelde", me dice. "Atahualpa, como el último Emperador inca asesinado por los españoles. Mi hermano arengaba a los cubanos para que siguieran a Fidel y derrocaran a una de las peores dictaduras de América."

"Yo no sé cómo Carlos se las arregló para conocer el contacto de los Rebeldes en la ciudad de Santiago de Cuba. Pero lo logró. Se albergó unos días en casa de una mujer que servía de enlace con ellos, hasta ser trasladado a las montañas. En la Comandancia de La Plata conversó mucho con el doctor Fidel Castro y se relacionó con Camilo y el Che."

Su intención era dar a conocer al mundo la insurgencia contra Batista desde las mismas entrañas de la Revolución. Como periodista nato, donde estuviera el problema, ahí quería estar él, cuenta Edmundo. En ese entonces era reportero de Associated Press, y de los diarios El Telégrafo y El Tiempo, de Ecuador.

La prensa ecuatoriana enseguida publicó lo ocurrido a Carlos Bastidas; salieron a la luz varios editoriales y comentarios en contra del régimen de Batista. "Fue muy fuerte la reacción. En ese momento gobernaba el conservador Camilo Ponce Enríquez, y el Congreso planteó el reconocimiento de los rebeldes en armas en la Sierra Maestra. Es así que el pueblo ecuatoriano toma conciencia de la situación cubana", afirma.

Edmundo también ejerció el periodismo. Fue corresponsal en Estados Unidos del diario La Nación, que ya no existe, y de la revista Vistazo, una de las más importantes de Ecuador. Luego, en su país, trabajaría para El Telégrafo, El Universo y El Comercio.

"La profesión del periodista es la más noble que existe. Respeto es su obligación, hacia uno y hacia los demás, si el periodista no cumple con esto para decir simplemente la verdad, que puede ser cruda o halagadora, pero es la verdad, se crean problemas. El periodista tiene la obligación universal de orientar. Si la información no es veraz, constructiva, es un arma de doble filo, es peligrosa, un arma que puede hacer tanto bien como daño. Es un bisturí en manos de un cirujano: o salva la vida o la destruye."

Fue esa convicción la que llevó a Carlos, con sólo 23 años, a la trascendencia.

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