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El
último periodista asesinado en Cuba
POR
MARELYS VALENCIA —de Granma Internacional—
SU
destino parecía fijado aquella noche del 13 de mayo
de 1958. Había salido del hotel Pasaje —en la
Avenida del Prado, frente al Capitolio—, propiedad
de la gallega Balado, donde se hospedó a su llegada
a la capital. Vino recomendado por el hijo de la
dueña, un muchacho que conoció durante su estancia
cercana a los dos meses en la Comandancia de La
Plata y otros sitios de la Sierra Maestra.

Carlos
Bastidas, en la Sierra
Maestra, junto a Fidel..6

Edmundo vuelve casi todos
los años a Cuba, tras la
memoria de su hermano.
Definitivamente, y para suerte
de quienes la habitan y
visitan
para sentir su pulso,
La Habana del hotel Pasaje
en el que Carlos fue escondido
de la dictadura, siete meses
después de su muerte nunca
más volvió a vivir
semejante pánico.
FOTO: AHMED VELAZQUEZ. |
El
joven Orlando Gómez Balado, a quien solía contar,
reposado en una hamaca bajo el cielo de los rebeldes
barbudos, sus desvelos y andanzas de periodista en
tierras de Colombia y Venezuela bajo tiranías
similares a la de Fulgencio Batista, le entregó la
dirección de su familia en La Habana.
Las
fotos de la Sierra ya habían viajado a Ecuador, a
su destino, el periódico El Telégrafo,
desde la embajada de ese país en la ciudad cubana;
tal vez el detalle indiscreto que, sin saberlo, dio
inicio a la persecución sigilosa por parte de los
agentes del Buró de Investigaciones de la Policía.
Ojalá la suerte del joven periodista ecuatoriano
hubiera sido la que le deparó Venezuela, donde el
régimen de Pérez Jiménez lo encarceló por sus
reportajes y luego lo expulsó del territorio.
Tampoco recibió en Cuba el no rotundo a su
permanencia, como le sucedió en la República
Dominicana, del tirano Trujillo; entonces, la
historia de Carlos Bastidas no hubiera terminado en
la inmerecida noche del 13 de mayo.
Cuenta
Orlando que su hermano menor, Luis, de 15 años,
salió con Carlos del hotel a dar un paseo. Al
llegar a la esquina de Galiano y Neptuno, entraron a
un concurrido bar de la época, el Cachet, y allí
se sentaron unos minutos, tranquilos, hasta que un
personaje desconocido comenzó a ofender,
inesperadamente, al ecuatoriano, y en un abrir y
cerrar de ojos, Luisito era testigo del más
terrible episodio que hubiese presenciado jamás.
Cuando
el periodista intentó incorporarse de su asiento,
el esbirro le disparó a boca de jarro, acto al que
le siguió un tiroteo confuso, típica solución en
los casos en que se quiere dislocar la atención del
público y espantarlo.
Al
triunfar la Revolución, en los días en que se
juzgaban a cientos de asesinos y torturadores de la
tiranía, Luis levantó un acta acusatoria contra
Orlando Marrero, el victimario de Carlos. Pero el
asesino había huido a Miami, como muchos otros.
Orlando
Gómez se enteró en la Sierra de la muerte de
Carlos Bastidas Argüello, el último periodista
asesinado por la dictadura; todavía estaban frescos
sus pasos por el lomerío que llevaba a la
Comandancia; parecían sentirse aún sus arengas por
el micrófono de la Radio Rebelde, fundada
una semana antes de su encuentro con los
revolucionarios.
Siete
meses más tarde, el Ejército Rebelde bajaba
victorioso de las montañas, poniendo fin a la más
sangrienta dictadura, hasta esa fecha, en América.
NOTICIA
EN SILABAS
Edmundo
Bastidas se encontraba en su residencia estudiantil
en Estados Unidos, cuando sonó el teléfono y la
operadora, en inglés, le anunciaba la entrada de un
cable desde Ecuador. Tres meses antes, se había
reunido con el hermano, en Chicago, y mucho hablaron
de las intenciones de Carlos de terminar su
recorrido por la línea de fuego, como llamaba al
club de países sudamericanos y caribeños dominado
por las dictaduras militares.
La
operadora, incapaz de hablar en español, comenzó a
deletrearle a Edmundo el mensaje acabado de recibir.
Letra por letra, sin saber el terrible significado
que formaría la combinación de cada una, el joven
ecuatoriano conoció el desenlace de su hermano.
Aún
hoy, al narrar aquel momento, sus ojos se llenan de
lágrimas. Edmundo se conmueve, y pareciera que el
tiempo se detuvo en el momento de la noticia más
triste que ha recibido a lo largo de sus 70 años.
"A partir de entonces mi vida cambió; éramos
dos hermanos, yo dos años mayor. Después de su
muerte, tomé la decisión de vivir al día, sin
pensar en el siguiente. Así estuve largo tiempo
mientras estudiaba. Una vez concluidos mis estudios
demoré un buen tiempo para regresar a
Ecuador".
Edmundo
ha visitado varias veces a Cuba. Lo hizo en el año
57, cuando La Habana era el lugar preferido por los
turistas americanos para toda clase de diversión
mundana. Volvería en el 59, al cumplirse el
aniversario de la muerte de Carlos, cuyos restos
permanecían en Cuba en el panteón de la
Asociación de Reporters.
En la
última década sus viajes a la Isla se harían más
frecuentes. Hace dos semanas asistió a uno de los
homenajes que la Unión de Periodistas de Cuba
tributa a la memoria de Carlos. En esta oportunidad
le fue conferida, post mortem, la distinción Félix
Elmuza, máxima condecoración que otorga la UPEC.
"Me
siento parte de ustedes. Basta tener a mi hermano,
sus restos están aquí, su recuerdo está aquí.
Una de las cosas que me pidió mi padre en los
últimos momentos de su vida, fue que mientras yo
pudiera los restos de mi hermano no salieran de
Cuba."
Entre
los cubanos, Edmundo vuelve sobre las huellas de
Carlos en la Sierra, en la historia. "Atahualpa
Recio era el seudónimo que utilizaba en sus
alocuciones por Radio Rebelde", me dice.
"Atahualpa, como el último Emperador inca
asesinado por los españoles. Mi hermano arengaba a
los cubanos para que siguieran a Fidel y derrocaran
a una de las peores dictaduras de América."
"Yo
no sé cómo Carlos se las arregló para conocer el
contacto de los Rebeldes en la ciudad de Santiago de
Cuba. Pero lo logró. Se albergó unos días en casa
de una mujer que servía de enlace con ellos, hasta
ser trasladado a las montañas. En la Comandancia de
La Plata conversó mucho con el doctor Fidel Castro
y se relacionó con Camilo y el Che."
Su
intención era dar a conocer al mundo la insurgencia
contra Batista desde las mismas entrañas de la
Revolución. Como periodista nato, donde estuviera
el problema, ahí quería estar él, cuenta Edmundo.
En ese entonces era reportero de Associated Press, y
de los diarios El Telégrafo y El Tiempo,
de Ecuador.
La
prensa ecuatoriana enseguida publicó lo ocurrido a
Carlos Bastidas; salieron a la luz varios
editoriales y comentarios en contra del régimen de
Batista. "Fue muy fuerte la reacción. En ese
momento gobernaba el conservador Camilo Ponce
Enríquez, y el Congreso planteó el reconocimiento
de los rebeldes en armas en la Sierra Maestra. Es
así que el pueblo ecuatoriano toma conciencia de la
situación cubana", afirma.
Edmundo
también ejerció el periodismo. Fue corresponsal en
Estados Unidos del diario La Nación, que ya
no existe, y de la revista Vistazo, una de
las más importantes de Ecuador. Luego, en su país,
trabajaría para El Telégrafo, El
Universo y El Comercio.
"La
profesión del periodista es la más noble que
existe. Respeto es su obligación, hacia uno y hacia
los demás, si el periodista no cumple con esto para
decir simplemente la verdad, que puede ser cruda o
halagadora, pero es la verdad, se crean problemas.
El periodista tiene la obligación universal de
orientar. Si la información no es veraz,
constructiva, es un arma de doble filo, es
peligrosa, un arma que puede hacer tanto bien como
daño. Es un bisturí en manos de un cirujano: o
salva la vida o la destruye."
Fue
esa convicción la que llevó a Carlos, con sólo 23
años, a la trascendencia.
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