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LA VICTORIA
ESTRATÉGICA
(Introducción)
Capítulos
I l
II
l
III
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IV
l
V
l
VI
l
VII
l
VIII
l
IX
l
X
l
XI
l
XII
l
XIII
l
XIV
l
XV
l
XVI
XVII
l
XVIII
l
XIX
l
XX
l
XXI
l
XXII
l
XXIII
l
XXIV
l
XXV
LA VICTORIA ESTRATÉGICA
La
preparación de la defensa de nuestro
territorio
(Capítulo 2)
El
fracaso de la huelga de abril estimuló a
los mandos militares de la tiranía a
acelerar los planes de la gran ofensiva
que venían preparando contra el Ejército
Rebelde y, en particular, contra el
territorio del Primer Frente, desde la
derrota de la campaña de invierno. Como
ya se explicó, la ofensiva,
cuidadosamente organizada durante varios
meses, tenía el propósito de aniquilar
al núcleo central de nuestras fuerzas.
El enemigo se proponía penetrar hacia la
zona de La Plata, desde tres direcciones
convergentes, de otras tantas
agrupaciones enemigas organizadas,
preparadas y equipadas especialmente
para esta campaña, y apoyadas por todos
los medios disponibles. En total fueron
lanzados contra la montaña 10 000
hombres, artillería, aviación, unidades
navales, tanques y abundante apoyo
logístico, en una operación considerada
definitiva.
El
factor determinante fue el fracaso de la
huelga general revolucionaria, y la
inevitable evaluación que realizarían
los estrategas de la tiranía de que ese
revés habría provocado nuestra
desmoralización.
En
los días inmediatamente posteriores al 9
de abril, el tema de la probable
ofensiva comenzó a ser la preocupación
fundamental.
Era
evidente la trascendencia que tenía la
etapa que se avecinaba para el
desarrollo ulterior de la lucha
revolucionaria. Estábamos conscientes de
que la nueva ofensiva enemiga sería la
más fuerte, organizada y ambiciosa de
todas, entre otras razones porque sería
la última que el régimen de Batista
estaría en condiciones de preparar. Para
la tiranía se trataba de una batalla
decisiva y, por tanto, cabía esperar que
se empeñaría en ella con todos sus
recursos.
A
estas alturas de la guerra, el
establecimiento de una serie de
instalaciones sedentarias, de apoyo a la
acción de nuestra guerrilla, posibilitó
la aparición de un territorio base en el
que comenzaba a funcionar una
infraestructura importante para la
actividad militar.
Había
que aferrarse al terreno y discutir cada
metro de acceso a los puntos donde se
ubicaban las instalaciones fundamentales
ya señaladas.
Por
otra parte, el grado de maduración de
nuestras fuerzas, evidenciado ya en
febrero de 1958 en la operación de Pino
del Agua, nos permitía comenzar a
aplicar tácticas y movimientos
combinados más complejos, a diferencia
de los desarrollados durante todo el
primer año de guerra, cuya
característica principal era la acción
típica de la guerrilla.
No
teníamos otra alternativa que derrotar
esa fuerza, que trataría de cumplir su
misión de acuerdo con estrategias y
tácticas clásicas. Ni ellos ni nosotros
habíamos pasado por semejante
experiencia. La diferencia de recursos
era enorme. Para semejante adversario,
nuestros combatientes eran civiles
armados que no podrían resistir jamás el
ataque de unidades regulares. Si
ocupaban el territorio no podrían
sostenerlo, y nosotros lo recuperaríamos
de nuevo; pero, ¿cuál sería el efecto de
la ocupación de aquellos objetivos en el
pueblo, ya golpeados por el fracaso de
la huelga? Aunque todo se creara otra
vez, ¿cuáles serían las consecuencias de
todas las viviendas quemadas, de las
instalaciones destruidas, de las
plantaciones y del ganado perdidos, y de
los campesinos desalojados?
A
lo largo de las semanas anteriores al
comienzo de la ofensiva, en la medida
que meditábamos y sopesábamos todas las
alternativas, se desarrolló el plan que
en definitiva aplicamos, para lo cual
nos basamos en el conocimiento íntimo
adquirido del terreno y sus
posibilidades. En esencia, el plan
consistía en organizar una defensa
escalonada de nuestro territorio base,
que permitiera resistir metro a metro el
avance enemigo, irlo frenando y
desgastando hasta detenerlo, mientras
concentrábamos nuestras fuerzas en
espera del momento oportuno para lanzar
el contraataque. Aun cuando el enemigo
alcanzara sus objetivos, nuestras
fuerzas mantendrían el acoso constante a
sus tropas y líneas de abastecimiento,
absolutamente seguros de que no podrían
sostenerlas.
En
mensaje de fecha 8 de mayo al capitán
Ramón Paz le explicaba:
Por todos los caminos les vamos a hacer
resistencia, replegándonos
paulatinamente hacia la maestra,
tratando de ocasionarle[s] el mayor
número de bajas posibles.
Si el enemigo lograra invadir todo el
territorio, cada pelotón debe
convertirse en guerrilla y combatir al
enemigo, interceptándolo por todos los
caminos, hasta hacerlo salir de nuevo.
Este es un momento decisivo. Hay que
combatir como nunca.
Esta segunda variante significaría
regresar, en lo fundamental, a la
situación de los primeros meses de la
guerra, pero con muchas más armas y
experiencia. En cualquier caso, no
teníamos la menor duda de que en breve
tiempo recuperaríamos el territorio,
pues no podrían con el terrible desgaste
que les ocasionaríamos. Solo que con la
segunda opción, la guerra se prolongaría
más tiempo y sufriríamos momentáneamente
la pérdida de esas instalaciones que nos
proponíamos defender. La mayoría de
ellas habían ido surgiendo desde los
primeros meses de 1958 en los
alrededores del firme de La Plata. Este
era un lugar de óptimas condiciones por
su ubicación en el corazón de la
montaña, en una zona de acceso
relativamente difícil, casi en el centro
mismo del territorio rebelde del Primer
Frente, poblada por pocas familias
campesinas de probado espíritu de
colaboración con nuestra lucha. Por
estas mismas razones, el lugar había
sido utilizado con mucha frecuencia por
mí como Comandancia transitoria, sobre
todo, en los modestos terrenos de los
campesinos Julián Pérez, conocido por el
sobrenombre del Santaclarero, y Osvaldo
Medina.
Y
fue por eso a La Plata hacia donde
decidí trasladar en abril la emisora
Radio Rebelde, en torno a la cual cuajó
el surgimiento en los meses siguientes
de la Comandancia General.
El
13 de abril partí de la zona de La Plata
rumbo a la Comandancia del Che en La
Mesa. La dura caminata, que hice a
marcha forzada no sintiéndome del todo
bien en aquellos días, era necesaria por
varias razones. En primer lugar, me
parecía imprescindible utilizar las
posibilidades de la emisora Radio
Rebelde, que funcionaba desde finales de
febrero en esa zona, para comunicarme
con el pueblo e infundirle aliento tras
el revés de la huelga. Había que
anunciar que nuestra lucha no solo
proseguía, sino que se hacía cada vez
más efectiva y organizada. Por otro
lado, el periodista argentino Jorge
Ricardo Masetti quería hacerme una
entrevista. Yo, sobre todo, deseaba
aprovechar la visita a La Mesa para
conversar con el Che acerca de la nueva
situación creada con el fracaso del 9 de
abril y la ofensiva enemiga, que ya
considerábamos segura.
El
16 de abril hablé por Radio Rebelde por
primera vez. En mi alocución analicé las
razones del fracaso de la huelga
revolucionaria del 9 de abril, denuncié
algunos de los crímenes más recientes de
la tiranía, como el salvaje bombardeo al
poblado de Cayo Espino y la muerte del
niño Orestes Gutiérrez, y proclamé mi
confianza absoluta en la victoria.
Ignoraba cuántas personas en Cuba
escuchaban la recién creada Radio
Rebelde, pero veía en ella un
instrumento esencial como vehículo de
información y divulgación y, segundo,
como medio de comunicación con el
exterior. Le expliqué al Che la
necesidad de disponer el traslado de la
emisora, creada por él, a la zona de La
Plata, más estratégica y con suficientes
fuerzas para defenderla. Los abnegados y
competentes técnicos de Radio Rebelde,
con Eduardo Fernández a la cabeza,
realizaron en menos de 10 días la proeza
de desmontar los equipos, trasladarlos
en mulo por sobre media Sierra Maestra y
volverlos a instalar. Ya a finales de
abril teníamos comunicación directa con
el extranjero, y el 1ro. de mayo, Radio
Rebelde salía de nuevo al aire, esta vez
desde su definitivo emplazamiento en La
Plata. Serviría, además, de comunicación
con el Segundo Frente Oriental y el de
Juan Almeida en Santiago de Cuba.
Otra decisión clave tomada en este viaje
fue el traslado del Che para el
territorio ubicado al oeste del
Turquino, con una misión inmediata:
organizar nuestra incipiente escuela de
reclutas, proyecto al que había que dar
un renovado impulso en previsión de la
ofensiva enemiga y de nuestros planes
ulteriores, una vez que fuera derrotada.
De hecho, ya desde finales de marzo
había comenzado a funcionar en Minas de
Frío un rudimentario centro de
instrucción de combatientes de nuevo
ingreso, para lo cual habíamos obtenido
la colaboración entusiasta de Evelio
Laferté, teniente del Ejército enemigo
hecho prisionero en el Combate de Pino
del Agua, quien había expresado su
disposición a integrarse a las filas
rebeldes. Hasta mediados de abril, el
puñado de reclutas destinados a esta
escuela de instrucción habían realizado
prácticas elementales de marcha, táctica
y arme y desarme. Nuestra proverbial
carencia de recursos nos impedía estar
en condiciones de realizar ejercicios
con tiro real.
En
realidad, la idea era que el Che se
hiciese cargo de la instrucción de los
reclutas, como tarea inmediata para
impulsar la instrucción de los que
necesitábamos. Allí estaría disponible
para cualquier otra misión más
importante.
No
digo nada nuevo si repito aquí que en el
Che yo tenía un compañero al que
estimaba mucho, tanto desde el punto de
vista de su capacidad como de su probado
desinterés y valentía personal. Desde
Minas de Frío, él podría ocuparse de la
atención directa a los preparativos para
la defensa del sector occidental de
nuestro territorio central. Llegado el
momento del combate, en él podría
confiar, si fuera necesario, la
conducción de la defensa de todo ese
sector, como de hecho ocurrió.
El
Che comprendió mis argumentos y se
dispuso gustoso a cumplir sus nuevas
funciones. El mando de la Columna 4
quedó a partir de su salida de La Mesa
en manos del comandante Ramiro Valdés,
quien hasta entonces había sido el
segundo jefe de la columna.
Cerca de La Plata, en la finca del
colaborador campesino Clemente Verdecia,
en el barrio de El Naranjo, funcionaba
desde hacía algún tiempo una armería
rebelde bajo la responsabilidad del
capitán Luis Crespo. En el rústico
taller se reparaban las armas
defectuosas y se fabricaban varios tipos
de implementos utilizados por nuestros
hombres en los combates: granadas,
bombas de mano, proyectiles de los
conocidos como M-26 y las armas
adaptadas para lanzarlos.
Una
de las responsabilidades de la armería
era la confección de la mayor cantidad
posible de minas que pudieran ser
utilizadas por nuestras fuerzas en
emboscadas al enemigo en movimiento. La
táctica de hacer estallar una mina en el
camino de la vanguardia de una tropa en
marcha, nos había dado buenos
resultados, por el doble efecto de las
bajas que producía y el desconcierto que
creaba. Hacía mucho que habíamos
aprendido que una tropa en movimiento es
tan capaz como su vanguardia, y de ahí
que desconcertar, inutilizar o, en el
mejor de los casos, liquidar la
vanguardia era una de nuestras tácticas
principales.
En
este trabajo de la fabricación de minas,
Crespo —expedicionario del Granma—
y sus colaboradores se empeñaron con
mucho éxito. Llegada la ofensiva, casi
todas nuestras escuadras y pelotones
disponían de artefactos de este tipo
utilizados muchas veces con bastante
efectividad.
Para garantizar esta labor había que
ocuparse de la recolección, por todas
las vías, de los elementos necesarios
para construir las minas, desde el metal
hasta los detonadores y los cables.
Nunca nos faltó el explosivo de alta
calidad porque algunas de las bombas que
la aviación lanzaba contra nosotros casi
todos los días, no explotaban, y de
ellas extraíamos la carga. A veces,
hacíamos estallar una completa a los
pies de una vanguardia.
A
partir de abril la tarea de acopiar
material se aceleró con todos nuestros
enlaces. Hasta las anillas de las cintas
de ametralladoras y los casquillos de
las balas disparadas por los aviones
enemigos eran de utilidad en la armería
como materia prima, y nuestros hombres
tenían instrucciones de recoger cuantas
encontraran, y enviarlas a la armería de
Crespo en El Naranjo.
A
mediados de abril, un pequeño grupo de
mujeres, encargado de la confección de
uniformes, se instaló también en la
armería de El Naranjo, donde tenían
mejores condiciones para trabajar y
recibir la mercancía necesaria. Por esta
misma época empezamos a dar los pasos
para montar un primer taller de curtido
de pieles, que pudiera servir de
proveedor a la fábrica de botas y
zapatos que pensábamos poner a
funcionar. Esta actividad tendría que
llegar a sustituir en parte al
suministro externo por la vía de la
compra de ropa y calzado.
Nuestros primeros hospitales y escuelas
empezaron también a surgir en la zona de
La Plata. Desde finales de marzo había
comenzado la construcción de un hospital
en Camaroncito, sobre el río La Plata, a
cargo del doctor Julio Martínez Páez.
Esta instalación no llegó a terminarse
totalmente, aunque prestó servicios
médicos desde el primer momento, y en
plena ofensiva fue muy afectada por una
crecida del río. El personal médico de
este hospitalito se trasladó para La
Plata, donde funcionó con carácter
provisional durante la mayor parte de la
batalla, en una de las primeras
instalaciones construidas especialmente,
como parte de lo que al cabo se
convirtió en nuestra Comandancia
General.
También a finales de marzo se habían
incorporado a nuestras filas los
doctores René Vallejo y Manuel, Piti,
Fajardo con algunos ayudantes
procedentes de la ciudad de Manzanillo,
donde Vallejo mantenía una clínica
privada hasta el momento en que sus
actividades de apoyo a la lucha
clandestina del Movimiento lo obligaron
a tomar el camino de la montaña. Este
grupo se instaló en un lugar conocido
como Pozo Azul, cerca de La Habanita, en
el fondo de un profundo valle de muy
difícil acceso por tierra y
prácticamente inmune al ataque de la
aviación. Allí, en una rústica
instalación construida al efecto con la
ayuda de los vecinos de la zona, echaron
a andar lo que de hecho fue el primer
hospital sedentario de nuestro Primer
Frente.
El
hospitalito de Pozo Azul funcionó hasta
el comienzo de la ofensiva enemiga,
cuando decidimos trasladar sus
facilidades hacia la zona de La Plata,
ante el peligro de que el enemigo
pudiera llegar a ocupar aquel lugar, lo
cual, en definitiva, no ocurrió. Vallejo
se instaló durante la mayor parte de la
ofensiva en una casa campesina en Rincón
Caliente, a mitad de camino entre la
casa del Santaclarero y el barrio de
Jiménez.
Otra de las instalaciones establecidas
en la zona de La Plata era una especie
de cárcel rebelde, dirigida por el
capitán Enrique Ermus, a la que alguien
jocosamente dio el nombre de Puerto
Malanga, por aquello de que si la
tiranía tenía una cárcel en Puerto
Boniato, la nuestra debía llamarse como
la vianda salvadora de los rebeldes. En
Puerto Malanga, en unos ranchos
construidos al efecto en el fondo del
cañón del río La Plata, más arriba de
Camaroncito, manteníamos no solo a los
guardias que habíamos hecho prisioneros,
y que por alguna razón de seguridad no
fueron liberados, sino también a
aquellos de nuestros combatientes que
debían cumplir condena por algún acto de
indisciplina o un hecho que pudiera ser
delictivo. La cárcel de Puerto Malanga
desempeñó cierto papel protagónico en la
planificación enemiga, como veremos en
su momento.
Al
atardecer del 30 de marzo aterrizó en la
zona de Cienaguilla una avioneta
procedente de Costa Rica, la primera
expedición portadora de refuerzos del
exterior. En ella viajaban Pedro Miret,
Pedrito; Evelio Rodríguez Curbelo, Huber
Matos y otros cuatro o cinco compañeros.
El cargamento constaba de dos
ametralladoras calibre 50, unas decenas
de fusiles —entre ellos unas cuantas
carabinas semiautomáticas italianas de
la marca Beretta—, proyectiles para
nuestros morteros y alrededor de 100 000
tiros, enviados por un influyente amigo
en aquel país. Este avión no pudo volver
a despegar por desperfectos técnicos, y
tuvo que ser incendiado para evitar su
identificación por el enemigo. Pedro
Miret, destacado compañero y cuadro, que
fue herido y sancionado en el Moncada, y
arrestado en México tres o cuatro días
antes de partir el Granma, al
ocupársele un lote de armas, se
incorporó con los demás a nuestras
fuerzas.
El
éxito de este primer intento de
recepción de suministros desde el
exterior por vía aérea nos motivó a dar
impulso al plan de acondicionar una
pista donde pudieran aterrizar aviones
ligeros, ubicada en un lugar
relativamente protegido dentro de
nuestro territorio central. Como es de
suponer, no había en la montaña muchos
sitios que se prestaran para esto, pero
tuvimos la suerte de encontrar un lugar,
que reunía condiciones bastante buenas,
sobre el río La Plata, más o menos a
mitad de su curso, en la desembocadura
del arroyo de Manacas. En este punto, el
valle del río era ancho y creaba un
espacio llano, de extensión suficiente
como para permitir el aterrizaje de
avionetas. Denominado con el nombre en
clave de Alfa, la pista aérea de Manacas
comenzó a ser acondicionada de inmediato
por un grupo de nuestros hombres.
El
aprovisionamiento desde el exterior se
convertía así, por primera vez, en
factor importante en nuestros planes, y
era sintomático del cambio cualitativo
de la guerra en la montaña. Hasta ese
momento, nuestra guerrilla se había
nutrido, en lo fundamental, de las armas
arrebatadas en combate al enemigo.
Seguiríamos haciéndolo, pero en las
nuevas circunstancias parecía
conveniente crear las condiciones
apropiadas para poder disponer de un
suministro bélico adicional al que se
obtendría en los combates. Sin embargo,
las experiencias más recientes, en
particular la pérdida de un importante
lote de armas que traía la expedición de
El Corojo, capturadas por el
enemigo en Pinar del Río a principios de
abril, me hicieron desconfiar de las
posibilidades reales de los
organizadores del Movimiento en el
exilio, y me convencieron de la
necesidad de organizar directamente
nuestros propios mecanismos de
suministro. Esa fue una de las
cuestiones a las que dedicamos bastante
esfuerzo durante las semanas previas a
la ofensiva enemiga, y otra de las
razones por las que se hacía necesaria
la cercanía de la emisora Radio Rebelde,
que sería el vehículo principal para el
contacto con el exterior.
Sin
duda, un asunto que requería atención
prioritaria era la urgente necesidad de
acopiar la mayor cantidad posible de
parque y otros recursos bélicos, siempre
deficitarios para nuestras fuerzas.
Baste decir que en las semanas
anteriores al inicio de la ofensiva
enemiga había escuadras rebeldes cuyas
armas semiautomáticas contaban apenas
con una docena de balas. Hay un
elocuente comentario de Celia Sánchez en
uno de sus mensajes conservados de los
primeros días de abril: "Cuando la
historia se escriba, esta parte no la
creerán. Nos hemos defendido con el
M-26".
Es
así, casi literalmente. No fueron pocos
los soldados rebeldes que fueron al
combate en esta época armados tan solo
de unos cuantos de nuestros proyectiles
caseros a los que habíamos dado el
nombre de M-26, que en la práctica
hacían más ruido que otra cosa. Este
hecho, a propósito, no impidió a los
voceros de la tiranía inventar, poco
antes de la ofensiva, la risible patraña
de que, tras un combate contra los
rebeldes, el Ejército había ocupado gran
cantidad de casquillos rusos, lo cual
evidenciaba nuestros vínculos
comunistas, a pesar de que no había un
solo ruso en toda la Sierra, ni yo había
conocido alguno.
Por
eso, en la cuestión del uso del parque,
nuestra política era inflexible. Por una
parte, la exhortación constante a los
combatientes para que ahorraran al
máximo las balas en los combates, y el
castigo de no enviar suministros de
balas a los que hicieran despilfarro
evidente de municiones. Por otra parte,
establecimos el control estricto de
cuanta arma y cuantas balas fuesen
ocupadas, que debían ser enviadas de
inmediato al puesto de mando en ese
momento, pues personalmente asumí la
distribución de dichos recursos
esenciales.
Una
consecuencia lógica de nuestra línea
estratégica defensiva era la preparación
adecuada del terreno en que se
desarrollaría la defensa en la primera
fase de la ofensiva. De ahí que la
construcción de trincheras, refugios y
túneles se convirtió desde las semanas a
comienzos de abril en una de las
prioridades principales. Si constante
era mi insistencia en la conservación
del parque en todas mis conversaciones y
comunicaciones escritas con los jefes de
unidades rebeldes, no menos persistente
era mi recomendación de que se dedicaran
de lleno a la construcción de trincheras
en los lugares más estratégicos de su
zona específica de operaciones. Mi
aspiración era que cuando el enemigo
atacara, nuestros hombres ocuparan
posiciones fortificadas desde las cuales
fueran capaces de ofrecer una
resistencia mucho más efectiva y
prolongada, y que cuando se replegaran,
lo hicieran a líneas sucesivas de
trincheras. Y junto a estas, para
combatir, los refugios para protegerse
de la aviación. En una palabra,
convertir la Sierra en un verdadero
panal ante el cual el enemigo tendría
que emplearse todavía más a fondo.
Otro elemento importante en los
preparativos fue el comienzo de la
instalación de una red de teléfonos
entre puntos clave del territorio
rebelde. Hasta el momento, la
comunicación entre nuestras fuerzas
había sido exclusivamente mediante
mensajeros, por lo general campesinos de
la Sierra incorporados a las filas
rebeldes, que conocían palmo a palmo el
terreno, y estaban entrenados como cosa
natural para cubrir largas distancias en
la montaña en tiempos asombrosamente
breves. Pero la previsible dinámica de
las acciones una vez comenzada la
ofensiva, que se desarrollaría en un
teatro de operaciones bastante extenso,
aconsejaba la aplicación de un sistema
de enlaces capaz de garantizar
comunicación casi instantánea, máxime,
teniendo en cuenta que el enemigo
dispondría de los medios más modernos de
la época para sus propias
comunicaciones.
La
solución era el teléfono, lo cual
planteaba la obtención de los aparatos y
de cable suficiente. En abril, las
patrullas de escopeteros rebeldes que
operaban en las estribaciones de la
Sierra recibieron la orden de recoger
cuanto aparato y metro de cable
telefónico pudieran localizar en los
bateyes, chuchos, colonias y poblados de
la premontaña y la costa del golfo de
Guacanayabo. Muy pronto comenzamos a
recibir estos medios, y se inició la
ardua tarea de tender las líneas entre
los puntos seleccionados, que en una
primera fase fueron las instalaciones
que se utilizaban como Comandancia
—todavía temporal— en La Plata, y las
habilitadas en el alto de Mompié, cerca
de la casa de la familia de ese nombre,
en el mismo firme de la Maestra, a las
que habíamos denominado como Miramar del
Pino.
Junto a todos estos preparativos, estaba
el problema del abastecimiento
alimentario de la población campesina y
de nuestros combatientes, que se hacía
crítico teniendo en cuenta el bloqueo de
la montaña establecido por el enemigo, y
comenzado entonces a reforzar en
previsión de su ofensiva.
Como parte de las medidas para la
creación de una base alimentaria lo más
autosuficiente posible para el caso de
un bloqueo efectivo y prolongado de la
montaña, tomamos por esta época la
decisión de recoger la mayor cantidad
posible de cabezas de ganado en las
fincas cercanas a la Sierra,
pertenecientes a grandes hacendados o
individuos vinculados a la tiranía, con
la intención de trasladarlas a la
montaña y distribuirlas convenientemente
para garantizar, llegado el momento, un
suministro de leche y carne para la
población campesina y para los rebeldes.
A partir de las primeras semanas de
abril, nuestras patrullas fueron
enviadas en distintas direcciones para
iniciar esa recogida, que alcanzó, de
hecho, a todas las mayores fincas
ganaderas de la costa y la premontaña,
incluso, hasta las cercanías de Bayamo.
Ya
para esta fecha todos nuestros jefes y
colaboradores campesinos tenían
instrucciones precisas de lo que había
que hacer con el ganado existente en la
Sierra y con el que se fuera trayendo
del llano. Entre otras cosas, no se
podía disponer de una sola res sin orden
expresa, y se prohibió el sacrificio de
las hembras. Se dispuso, además, la
realización de un censo de cabezas de
ganado en todo el territorio rebelde. La
intención era poner un poco de orden y
establecer un control de la distribución
de las cabezas de ganado existentes en
nuestro territorio, en previsión de las
medidas que, sin duda alguna, habría que
tomar una vez comenzada la ofensiva y
establecido el bloqueo físico de la
montaña.
Otro problema crítico era el de la sal.
Como parte de las ideas para asegurar el
abastecimiento alimentario durante el
bloqueo habíamos concebido el proyecto
de poner en funcionamiento una pequeña
instalación para la elaboración de carne
salada, para la cual ya teníamos lugar
en la casa de Radamés Charruf, vecino
del barrio de Jiménez, y responsable en
la persona del combatiente Gello Argelís.
Evidentemente, la tasajera de Jiménez,
como dio en llamársele a partir de que
comenzó a funcionar a mediados de mayo,
no podía hacerlo sin carne —para lo cual
pensábamos disponer de parte del ganado
recogido en el llano— y sin sal
abundante, para lo cual teníamos que
asegurar el suministro.
La
solución era obvia. Nuestro territorio
estaba enmarcado al Sur por el mar. De
lo que se trataba era de organizar en
algunos lugares seleccionados de la
costa una producción de sal a gran
escala por los métodos tradicionales de
secado al sol del agua de mar. Esa fue
la tarea que, por recomendación de
Celia, dimos a mediados de abril al
combatiente José Ramón Hidalgo, conocido
por Rico, quien escogió para ello varias
playas de los alrededores de Ocujal.
El
abastecimiento de gasolina, petróleo,
luz brillante y otros combustibles
cobraba una significación especial, a
causa de la puesta en funcionamiento de
la emisora y de varias plantas
generadoras en algunas de las
instalaciones, como la tasajera, que lo
requerían. Era otra tarea para nuestros
ya tensos mecanismos de suministro, que
debían agregar renglones nuevos a su
incesante acopio de víveres,
medicamentos y otras mercancías al que
había que imprimir un ritmo más intenso.
Hay
que decir que durante estas semanas
previas al comienzo de la ofensiva,
nuestra actividad de retaguardia se
creció y estuvo a la altura de los
requerimientos. El corazón de ese
trabajo, entonces más que nunca, fue
Celia. Desde las Vegas de Jibacoa, donde
había instalado su base de operaciones
por las favorables condiciones del
lugar, fue ella quien coordinó e impulsó
toda esta labor. Gracias, en gran
medida, a sus esfuerzos, nuestros
abastecimientos continuaron fluyendo y
logramos crear reservas mínimas que
resultaron decisivas en los momentos
cruciales de la ofensiva. Fue Celia
también la encargada de organizar la
producción de sal, la fabricación de
queso, el fomento de huertos, estancias
y crías de cerdos y pollos. Todo ello
unido a su atención al cúmulo creciente
de asuntos generados por la organización
y administración del territorio rebelde,
y a su cooperación en los suministros de
los medios y herramientas para la
construcción de trincheras, así como a
la multiplicación de los contactos fuera
de la Sierra para la obtención de
informaciones, dinero y otros servicios.
A
pesar de que todos los indicios hacían
suponer que el esfuerzo del enemigo
estaría concentrado sobre la zona de lo
que pudiéramos llamar el Primer Frente,
el esquema defensivo que pensábamos
aplicar contemplaba, en esencia, el
despliegue de nuestras propias fuerzas,
es decir, solo del personal de las tres
columnas con que contábamos en el
frente. En esta primera fase
preparatoria lo único adicional que hice
fue pedir a Almeida que se trasladara de
nuevo a nuestra zona para reforzarnos
con una parte del personal del Tercer
Frente Oriental, mientras que el resto
debía permanecer en su territorio para
tratar de contener cualquier iniciativa
enemiga en esa zona y presionar desde la
retaguardia a las tropas involucradas en
la ofensiva. En el caso de los grupos de
Camilo y de Orlando Lara en el llano, la
idea inicial era que se mantuvieran en
sus zonas de operaciones para también
actuar en la retaguardia del enemigo.
Sin embargo, a principios de mayo ordené
a Lara reforzarnos con su pequeño grupo
de guerrilleros en el sector noroeste. Y
ya en junio, previendo el momento más
crítico de la ofensiva enemiga, envié
por dos vías instrucciones a Camilo para
indicarle en el momento en que debía
reforzarnos con 20 ó 30 aguerridos
combatientes. En cuanto a Raúl, por la
distancia y la importancia de su misión,
no movimos un solo hombre del Segundo
Frente Oriental.
A
finales de abril, el sector noroeste de
nuestro territorio estaba defendido por
apenas varias escuadras: las de Angelito
Verdecia y Dunney Pérez Álamo, sobre el
camino de Cerro Pelado a Las Mercedes;
las de Andrés Cuevas y Marcos Borrero,
sobre el camino de Arroyón; y las de
Raúl Castro Mercader y Blas González,
sobre el camino de Cayo Espino, mientras
que personal de la columna de Crescencio
Pérez protegía los accesos a estos
lugares desde Cienaguilla. En el sector
nordeste contábamos con las fuerzas de
la Columna 4 en la zona de Minas de
Bueycito —a las que pronto se les
incorporaría el refuerzo enviado por
Almeida desde el Tercer Frente, al mando
del capitán Guillermo García—, con el
pelotón de Eduardo Sardiñas Labrada,
Lalo, en Los Lirios de Naguas y con
la escuadra al mando de Eduardo Suñol
Ricardo, Eddy, en Providencia.
Por el Sur solo operaban todavía en ese
momento algunas patrullas de
escopeteros. El número total de nuestros
combatientes, cuando se inició la
ofensiva, no rebasaba los 230 hombres
con armas de guerra.
El
8 de mayo llegaron noticias de que el
enemigo había desembarcado tropas por el
Sur en El Macho y Ocujal. En definitiva,
pocas horas después se confirmó que se
trataba tan solo de una falsa alarma.
Pero en el primer momento todo parecía
indicar que estábamos en presencia de
los primeros pasos de la esperada
ofensiva. "Considero que de un momento a
otro comenzarán a avanzar desde
distintos puntos", le escribí a Ramón
Paz a las 11:00 de la noche del propio
día 8, pocos minutos después de recibir
las primeras informaciones sobre los
supuestos desembarcos. Y a Celia le
reiteré la misma impresión en otro
mensaje, y le agregué:
Hay que salirles al paso
con toda energía. Creo que se han
adelantado algo, pero todavía es tiempo.
Lástima grande que tengamos tan pocos
detonadores y fulminantes, pero, ¿qué va
a hacerse? Estoy seguro de que vamos a
poder combatirlos con éxito. Veremos si
avanzan de inmediato, o nos dan aunque
sea dos o tres días, cosa que no creo.
Esa
noche comencé a tomar todas las
disposiciones necesarias para distribuir
nuestras fuerzas poco numerosas entre
los principales puntos clave. En ese
mismo mensaje a Paz, le ordené al
capitán rebelde que avanzara "a marchas
forzadas hacia Santo Domingo". Debía
dejar allí el personal del pelotón de
Francisco Cabrera Pupo, Paco,
cuya misión sería defender el camino de
Estrada Palma a Santo Domingo a lo largo
del río Yara, a la altura de Casa de
Piedra. Después Paz debía trasladarse a
Palma Mocha y posicionarse en el camino
que subía por el río de ese nombre, a la
altura de la casa del colaborador
campesino Emilio Cabrera, en el lugar
conocido por El Jubal. Desde esa
posición podría salir al paso de
cualquier fuerza enemiga que intentara
penetrar desde la costa a lo largo del
río Palma Mocha, que junto al de La
Plata eran las dos vías más directas de
acceso a nuestro territorio central
desde el Sur. Tanto Paz como Cuevas eran
dos capitanes de pelotones, uno
trabajador de las minas de Charco
Redondo y otro procedente de Las Villas,
ambos excelentes jefes.
En
el momento en que redacté este mensaje a
Paz, el capitán rebelde estaba cerca de
Agualrevés. El día 5 había pasado por La
Estrella, más arriba de Minas de
Bueycito, adonde había llegado con más
de 300 toros y 30 caballos recogidos en
La Candelaria, en las cercanías de
Bayamo, en cumplimiento del plan de
reunir la mayor cantidad de ganado en la
Sierra, en espera de la anunciada
ofensiva enemiga. El día 9, ya Paz había
llegado a Santo Domingo, y al día
siguiente ocupó las posiciones indicadas
en las inmediaciones de la casa de
Emilio Cabrera. En Santo Domingo quedaba
el personal de Paco Cabrera Pupo, que se
movió río abajo y se instaló en Casa de
Piedra.
En
el propio mensaje a Paz del 8 de mayo
resumí las demás disposiciones
defensivas adoptadas en los accesos más
directos a la zona del firme de La
Plata, que por su ubicación y por las
condiciones que se habían ido creando en
ella había sido decidida por mí como el
eje central de la defensa:
En Providencia está [Eddy]
Suñol, que hará allí la primera
resistencia, y los irá frenando hasta
llega[r] a la casa de Piedra. Ya en la
casa de Piedra,Suñol se replegará por el
firme y entonces el camino de Santo
Domingo, comienza a ser defendido por el
pelotón de Paco. [...]
Lalo Sardiñas estará cuidando la entrada
de los Lirios y Loma Azul. Nosotros
cuidaremos la de la Plata.
Con
estas disposiciones quedaban cubiertos
los principales accesos a la zona de La
Plata desde el nordeste. La posible vía
de penetración a partir de Minas de
Bueycito sería defendida por el personal
de Ramiro Valdés y el refuerzo del
Tercer Frente, al mando de Guillermo.
En
cuanto al sector sur, junto con la
ubicación de Paz en Palma Mocha, dispuse
esa misma noche el envío de un grupo de
combatientes a la boca del río La Plata,
a las órdenes de los capitanes Pedro
Miret y René Rodríguez.
Y a
Crescencio le trasmití la orden de
hostigar con una parte de su personal a
la tropa enemiga, supuestamente
desembarcada en El Macho. En el sector
noroeste se mantuvieron por el momento
las mismas posiciones asignadas desde
finales de abril.
El
día 9, el enemigo arreció la intensidad
del bombardeo y ametrallamiento aéreo y
el cañoneo desde la fragata estacionada
frente a la costa, concentrados sobre la
cuenca del río La Plata. Ya al día
siguiente comencé a recibir
informaciones, en el sentido de que la
noticia del desembarco era falsa, al
igual que otra de un segundo desembarco
por Palma Mocha ese mismo día. En vista
de ello, decidí redistribuir de nuevo
nuestras fuerzas. El pelotón de Cuevas,
que estaba junto con la escuadra de
Marcos Borrero en el camino de Arroyón,
pasaría a Mompié, en el firme de la
Maestra, como reserva destinada a
moverse en cualquier dirección
necesaria. La escuadra de Álamo, que
estaba junto a la de Angelito Verdecia
en el camino del Cerro a Las Mercedes,
se ubicaría en El Toro, a mitad de
camino entre Mompié y Casa de Piedra,
también disponible para moverse al punto
que hiciera falta reforzar. La escuadra
de Raúl Castro Mercader, ubicada junto
con la de Blas González en el camino de
El Jíbaro, se movería más arriba de Las
Mercedes, en el camino hacia Gabiro y
San Lorenzo. Marcos Borrero y Blas
González permanecerían en sus
respectivas posiciones. Estos dos jefes
serían sustituidos en el mando de sus
pelotones antes del comienzo de la
ofensiva por Horacio Rodríguez y Alfonso
Zayas, respectivamente. Angelito
Verdecia, por su parte, pasó dos días
después a una posición mejor sobre el
mismo camino, en la loma de La
Herradura. También quedaba en su lugar
el resto del personal de Crescencio que
cubría los accesos desde Cienaguilla.
En
el sector nordeste, Suñol se mantenía en
Providencia, Lalo Sardiñas en Los Lirios
y los hombres de Guillermo y Ramiro en
la zona de Minas de Bueycito, mientras
que la escuadra de Paco Cabrera Pupo,
destinada dos días antes a Casa de
Piedra, pasaría a una posición en el
alto de la Maestra, entre Santo Domingo
y La Plata, desde donde también podría
actuar de reserva según las
circunstancias. Este personal permaneció
unos días más en Casa de Piedra, hasta
que Paco ocupó su nueva posición con una
parte de sus hombres, y otra quedó en el
lugar, al mando de Félix Duque. Al Sur,
Manuel Acuña se mantendría en El Macho
con el personal de la Columna 7 enviado
para allá, René Rodríguez y Pedrito en
la desembocadura de La Plata, y Ramón
Paz en el río Palma Mocha.
En
el mensaje en que le informé desde
Mompié a Celia estas nuevas
disposiciones y le pedí que se las
hiciera saber al Che, le insistí en que
trasmitiera a todos nuestros capitanes
que "por cada camino posible del
enemigo, hay que preparar, por lo menos,
veinte líneas defensivas", y le indiqué
también:
Las gestiones de
mercancía, zapatos y ropa, deben
seguirse haciendo hasta el último
minuto. Con el tiempo que hemos ganado,
nuestra posición está mucho mejor.
En
otro mensaje al día siguiente, todavía
desde Mompié, le escribí a la propia
Celia:
De todas formas no
considero perdidas las energías porque
adelantamos los preparativos de defensa.
Nos conviene, además, disponer de un
tiempo mínimo para completar algunas
cosas, entre ellas, el teléfono.
[...] No obstante la
falsa alarma, todo el mundo debe
permanecer en estado de alerta para que
no puedan sorprendernos.
A
partir de ese momento, en efecto, nos
mantuvimos en plena disposición
combativa y aceleramos todos los
preparativos para la defensa del
territorio. El Che realizó por estos
días varios recorridos de las posiciones
en el sector noroeste, para instruir
directamente a los jefes de cada tropa.
Las noticias de movimientos de fuerzas
enemigas y la ocupación de puntos
diversos se multiplicaban, casi todas
infundadas.
Otra información, a la que al principio
dimos poco crédito, fue la del
aterrizaje de un pequeño avión, el 10 de
mayo, en nuestra flamante pista de
Manacas. Pero resultó ser cierta. El día
12, ya confirmada la noticia, instruí a
Crespo para que comenzara a fabricar
también bombas que pudieran ser lanzadas
desde el aire, y escribí al Che:
Visto el hecho de que ya
aterrizó el primer avión y es urgente la
necesidad de mantener abierta esa vía el
mayor tiempo posible, aparte [de] la
posibilidad de utilizar el campo para
acciones ofensivas, la zona cobra mayor
importancia para nosotros y requiere
defenderla de manera más efectiva.
Para lograrlo, dispuse reforzar al
personal de El Macho con la escuadra de
reserva de Álamo, y a las posiciones de
la desembocadura de La Plata con una
ametralladora calibre 50 —la de Braulio
Curuneaux— y un mortero, y enviar a Paz
para la playa de Ocujal con la otra
calibre 50 —la de Albio Ochoa y Fidel
Vargas—, con la misión de cubrir otros
puntos cercanos donde era factible un
desembarco. De esta forma quedaban
protegidos casi todos los accesos más
favorables desde el mar, salvo las bocas
de los ríos Palma Mocha y La Magdalena,
para los que sencillamente no tenía
personal disponible en ese momento. Las
lluvias incesantes de esos días me
obligaron a aplazar al día 13 el
recorrido personal de estas posiciones,
en el que, por la misma razón, tuve que
invertir tres días.
Como resultado de esta inspección
directa de las posiciones, modifiqué un
poco la disposición de nuestras fuerzas
en la costa. Para reforzar más aún la
desembocadura de La Plata, destiné allí
a la escuadra de Álamo, y en El Macho
dejé al personal de Crescencio,
incrementado y subordinado en esa
posición desde ese momento a los
capitanes René Fiallo y Raúl Podio,
mientras Manuel Acuña regresaba a cubrir
la desembocadura del río Macío. De esa
manera, la cuenca de La Plata se
convertía en una verdadera fortaleza,
con posibilidades, no solo de impedir el
desembarco enemigo, sino también de
hacer una fuerte resistencia a lo largo
del río, en caso de que los guardias
lograran avanzar por tierra. Mi única
preocupación importante en este sector
seguía siendo la boca del río Palma
Mocha, a donde pocos días después
logramos finalmente destinar una
escuadra al mando de Vivino Teruel.
Estábamos convencidos de que con todo
este conjunto de disposiciones y
preparativos podríamos resistir el gran
esfuerzo que organizaba el enemigo. El
objetivo estratégico seguía siendo la
defensa organizada de nuestro territorio
base y de las principales instalaciones
creadas en la zona: Radio Rebelde, la
pista aérea, la armería, los hospitales,
los talleres de confecciones, la
tasajera, la cárcel y la escuela de
reclutas. La propia dinámica de nuestra
férrea resistencia, escalonada en torno
al núcleo central de ese territorio,
iría provocando, por una parte, el
desgaste del enemigo y la pérdida de su
iniciativa ofensiva y, por otra, la
concentración de nuestras fuerzas, con
lo cual se crearían las condiciones que
nos permitirían, después de un lapso
—que de manera muy tentativa
calculábamos de tres meses—, lanzarnos a
la contraofensiva y derrotar, capturar o
expulsar al enemigo de la montaña.
Nuestro espíritu por estos días previos
quedaba claro en las líneas finales de
un mensaje que envié a Faustino Pérez el
25 de abril:
Aquí nos preparamos para
afrontar en próximas semanas la ofensiva
de la dictadura. Derrotarla es cuestión
de vida o muerte. El Movimiento debe
estar muy consciente de esta realidad y
concentrar su esfuerzo en defender esta
trinchera. La moral de nuestra tropa
está altísima; estamos seguros de que
resistiremos y deseosos de que comiencen
el avance.
En
uno de los partes emitidos a mediados de
mayo por Radio Rebelde, decíamos lo
siguiente, respecto a los preparativos
enemigos y a nuestra disposición de
combate:
La Comandancia General rebelde se
mantiene informada en todos sus detalles
de los movimientos enemigos. [...]
El pueblo de Cuba será informado detalle
a detalle del curso de las operaciones.
Estamos en vísperas de la contienda más
violenta que registra nuestra historia
Republicana. La Dictadura, dejándose
llevar por el optimismo, cree que
después del episodio de la huelga
general, va a encontrar desalentadas a
las huestes revolucionarias.
Los que somos veteranos de tan desigual
lucha, los que un día nos vimos con un
puñado insignificante de hombres, apenas
sin armas y sin balas; los que conocemos
estas montañas como la palma de nuestras
manos; los que sabemos con qué clase de
hombres contamos, el valor de cada
combatiente y la pericia de cada
comandante y capitán rebelde, nos
sentimos tranquilos. [...]
Es que cada rebelde sabe que aun
muriendo cada uno de nosotros hasta el
último, con el fusil en la mano, será
una victoria, será un ejemplo
imperecedero para las generaciones
venideras, sería revivir en nuestra
patria las grandes epopeyas de la
historia.
¡Qué torpes los que creen que quienes
han vivido con el orgullo de disfrutar
la libertad con las armas en la mano, se
pueden rendir y aceptar sumisos y
avergonzados el yugo de la opresión!
¡Qué necios los que se hacen ilusiones
frente a una legión de hombres que han
derrotado setenta veces al enemigo en
los campos de batalla! A la invitación
de que depongamos las armas, solo
tenemos una respuesta, ¿por qué no
ordenan el avance? Ya es hora de que
peleen en vez de implorar rendiciones.
El
25 de mayo, en las Vegas de Jibacoa,
tuvo lugar la primera reunión campesina
en territorio rebelde. Ese día
discutimos con todos los pobladores de
la zona, y de muchos otros barrios
cercanos, las medidas que considerábamos
necesarias para asegurar la cosecha de
café y organizar el resto de la
actividad económica en vista del bloqueo
impuesto por el enemigo a la Sierra y
del inminente comienzo de la ofensiva.
Ese mismo día, muy cerca de donde
estábamos reunidos con nuestros leales y
esforzados colaboradores campesinos,
comenzó la batalla que tanto habíamos
esperado y para la que nos habíamos
preparado con tanto esmero, seguros de
la victoria.
(Continuará)
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