¿Y la
guerra de Afganistán?
Enrique Román
Un tema está
prácticamente ausente en la agenda de
los candidatos presidenciales en Estados
Unidos: la guerra de Afganistán.
La
guerra de Afganistán tiene la curiosa
propiedad de desaparecer con frecuencia
de los titulares de la prensa, a pesar
de ser la más larga que hayan emprendido
los Estados Unidos y de haber costado
hasta hoy medio millón de millones de
dólares, haber cobrado la vida de dos
mil soldados estadounidenses y casi mil
de la coalición que le acompaña. Y de
decenas de miles, o más, de afganos,
combatientes o no.
Emprendida para
desmontar las fuerzas de Al Qaeda y
encontrar a Bin Laden, se convirtió en
una gigantesca operación para derrotar
al movimiento talibán --que no era un
movimiento antinorteamericano, y que
aparecía ante sus seguidores como un
movimiento de liberación de larga
historia contra la ocupación soviética y
de recuperación del poder perdido por la
etnia pashtun, a la que pertenecen,
frente a las otras muchas que conforman
el conglomerado étnico afgano.
Retirados los talibanes,
puesto en el poder un jefe menor pashtún
– Hamid Karzai --, incumplida la meta de
encontrar a Bin Laden, la guerra, que ya
suponía la presencia de 100 000 soldados
de Estados Unidos en el terreno y otros
40 000 de otros países de una
súbitamente armada coalición (¿sabía
usted que Nueva Zelanda, Islandia o
Tonga tienen tropas en Afganistán?
Bueno, y Luxemburgo), la guerra cayó en
un virtual empantanamiento. Y en el
olvido: Iraq era la verdadera meta para
los neoconservadores del gobierno de
Bush.
El
olvido tuvo sus costos. Al llegar Barack
Obama al poder, los talibanes habían
resurgido y controlaban más de la mitad
del país, el gobierno Karzai se hundía
en un mar de acusaciones de corrupción
de alto nivel y, aunque Al Qaeda había
desaparecido del mapa afgano (había
hecho metástasis en otros países como
Yemen), Bin Laden y su paradero seguían
siendo un enigma.
Y ya no se sabía bien
cuál era el objetivo de la guerra:
¿lucha contra el terrorismo? ¿Impedir el
regreso de los talibanes? O lo más
ilusorio: ¿construir un estado
centralizado, un estado contra natura,
en un país tribal y multiétnico,
sometido a la influencia de Pakistán,
Irán, Tadjikistán, Uzbekistán y hasta
China y la India? No obstante, Obama
decidió el envío de 30 000 hombres
adicionales, la OTAN extendió su
presencia hasta el 2014 y se anunció la
estancia de una buena parte de los
ocupantes hasta fecha tan lejana como
2020 o más.
Así las cosas, la
situación real y perspectiva no estimula
a los candidatos a hablar de Afganistán.
Si bien las operaciones
militares --en medio de escándalos como
los insultos del jefe de las tropas
estadounidenses McChrystal al propio
presidente Obama— han desplazado a los
talibanes de algunas regiones, no hay
señal alguna de que sus fuerzas hayan
mermado ni se dispongan a abandonar las
armas. Sus contactos con Estados Unidos
--no quieren hablar con Karzai-- no han
dado resultado y sus líderes han
prometido: "Nuestra lucha armada se
incrementará".
De acuerdo con fuentes
estadounidenses, el nivel de violencia
este año ha sido un quince por ciento
mayor que en la misma fecha del año
pasado. Los santuarios talibanes en
Pakistán, permanecen prácticamente
intactos.
El nuevo ejército
afgano, cuyo entrenamiento es la
principal justificación para una
presencia militar extranjera prolongada,
es una enorme masa fragmentada por su
estructura étnica y tribal, que definirá
sus lealtades futuras una vez solos en
su país, y preparadas por militares
extranjeros que no tienen comprensión de
las complejidades culturales de ese
país. Si algunas noticias ha habido de
Afganistán en los últimos días, han sido
la muerte de soldados norteamericanos a
manos de elementos de ese ejército.
Está prevista la partida
de 33 000 mil soldados de Estados Unidos
a fines del 2012. Aún quedarán cerca de
100 000, norteamericanos y del resto de
la OTAN. La guerra seguirá alargándose.
"La posibilidad de Estados Unidos de
llevar la guerra a una conclusión
exitosa en el campo de batalla es cero
en este momento", afirma Stephen Biddle,
profesor de Ciencias Políticas en la
universidad George Washington.
En las pocas menciones
recientes del presidente Obama, el 22 de
junio, habló con desgano del tema pero
con realismo. En esencia: Bin Laden
murió, Al Qaeda en Afganistán está a la
desbandada y las tropas pueden comenzar
a regresar.
Con un ritmo u otro,
agregaríamos nosotros. Podrían
falsamente cantar victoria y declarar
concluida esta guerra extraña y cruel.
Afganistán seguiría inmerso en una
interminable guerra civil, que la
intervención extranjera no ha hecho sino
atizar. Y volvería a su condición de
país olvidado, decimada su población,
devastado por más de una década de
ocupación y más de 30 de guerras
diversas.
El silencio de los dos
candidatos presidenciales anuncia que,
para Estados Unidos, Afganistán volverá
a ser el remoto y empobrecido país que
siempre fue, cuyo único interés vital
fue haber albergado a los autores de los
atentados del 11 de septiembre. Y las
tropas de Estados Unidos y sus aliados
serán otro más de los numerosos
ejércitos extranjeros que han debido
marcharse, con la cabeza baja y
llevándose sus muertos de este
indoblegable país.