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Volaron
los garitos mafiosos
POR GABRIEL MOLINA
LA primera
reacción del pueblo al amanecer del 1º de Enero de
1959, al calor del triunfo de la Revolución, fue
lanzar a las calles las máquinas tragamonedas.
Simbólicamente se acababa así con el inmenso
garito en que la tiranía y la Mafia ítaloamericana
habían convertido a la Isla.
Hace ahora 44
años, el plan era convertir a La Habana en otra
capital del juego semejante a Las Vegas, facilitado
por las relaciones que la Cosa Nostra mantenía
desde la década de los años 30 con el sargento
devenido general Fulgencio Batista.
La preferencia
había comenzado en los años 20, cuando la
cercanía de la isla cubana facilitaba a mafiosos
como Al Capone
contrabandear ron
para burlar la prohibición impuesta por la Ley Seca
en Estados Unidos.
Una cadena de
hoteles construida en los años 50 con
financiamiento de capital cubano, mayormente,
administrada por firmas norteamericanas, algunas de
ellas ligadas a la Mafia, daban una imagen moderna a
los turistas y los casinos, que eran la esencia de
estas inversiones.
En esos hoteles,
particularmente en el Riviera y El Nacional, se
asentaron los dirigentes de las familias mafiosas en
La Habana. Ellos no dejaron de operar el juego entre
1944 y 1952 con los gobiernos del Partido
Auténtico. Pero a partir del golpe de Batista
conquistaron vitualmente el país.
Muchos trabajadores
fueron testigos de esos manejos. Uno de ellos es
Jorge Jorge, quien comenzó a trabajar en el Hotel
Nacional como temporero en 1936 y dos años después
en el 38, con 16 años de edad, entra en nómina
oficialmente como box boy, o sea, mochila. En
el 48 pasó a waiter, es decir, dependiente
de restaurante en el Salón Aguiar, comedor
principal del hotel, y después en el servicio a las
habitaciones.
La afirmación no
se hacía esperar: Come on Esa envidiable
posición le permitió entrar en contacto con los
elementos mafiosos que ya ejercían una gran
influencia en Cuba.
REUNIONES DE LA
COSA NOSTRA
La mafia
italoamericana ocupaba en arrendamiento desde 1950
la suite 212, que comprendía las habitaciones 210,
211, 213 y 214, las cuales remodelaron a su gusto.
En ella vivía un mafioso encargado de atenderla
para cuando venía alguno de los jefes. Allí se
realizaban las más importantes reuniones de la Cosa
Nostra, cuyo jefe principal en La Habana, de acuerdo
a las observaciones de Jorge, era Meyer Lanski,
quien presidía muchos de los encuentros. Otras
veces lo hacía Michael McLaine. Llamaban mucho a
los camareros que debían ser muy discretos.
Lanski no era
italoamericano, sino jefe de una pandilla integrada
por judíos como él. Pero se sabe por las memorias
de Lucky Luciano, el más importante de los jefes
históricos de la Mafia en Estados Unidos, que la
amistad entre ambos desde la infancia, la
convergencia de intereses en Nueva York y el genio
financiero y organizativo de este gángster oriundo
de Europa oriental, determinaron una estrecha
alianza entre ambas pandillas, a pesar de la
oposición de muchos de los sicilianos de esa ciudad
y del resto de EE.UU.
Roman Norman,
gerente del casino-cabaret Sans Souci, era uno de
los que asistia a las reuniones allí. Medía cerca
de seis pies y vestía siempre, como la mayoría de
esos capos, de cuello y corbata, camisas blancas muy
limpias, trajes de casimir o de frescolana. Norman
estaba casado con la artista cubana Olga Chaviano.
Jorge recuerda que una vez que ella coqueteaba con
el cantante Tito Gómez, le dijo: “Recuerda que yo
soy el jefe”, con lo cual Chaviano recobró
enseguida la compostura.
Michael Mc Laine
fungía como dueño del casino, situado junto al
Cabaret Parisién en la planta baja del hotel. El
casino financiaba la mayor parte del cabaret, como
el pago a famosos artistas que allí actuaban.
La hija de
MacLaine, Lyne Daroff, vino recientemente a La
Habana y quiso ver a Jorge. Daroff, quien posee una
tienda de artículos deportivos del mar, le dijo
saber que su padre lo había dejado como gerente del
casino al triunfo de la Revolución, cuando la Mafia
se vio obligada a abandonar el país, entre otras
cosas por el grado de comprometimiento en los
negocios del juego con la tiranía. En el propio
libro de sus memorias, Luciano confiesa que desde
los años 30 ya hacían millonarias contribuciones a
Batista.
Jorge Jorge nació
en Esmeralda, Camagüey, el 8 de mayo de 1922, y
vino a la capital desde los 10 años. La familia
llegó a La Habana huyendo. El padre fue mecánico
electricista de varios centrales, el último de los
cuales fue el Central Violeta. Por sus actividades
contra la tiranía de turno entonces, la del general
Gerardo Machado, lo deportaron a La Habana sin
dejarle siquiera buscar su ropa. La madre tuvo que
liquidar la casa antes de poder unírsele, días
después.
El joven supo
abrirse paso en el Hotel Nacional. Tocaba en las
habitaciones y se identificaba como room service,
enseguida le abrían.
“Cuando entrabas
y veías algo raro llamabas al jefe del room
service, Aguacate, quien después recibía orden
de mandar ‘sólo a este waiter, no a otro’. Así
encontré a gente como Frank Sinatra, Paco Prío,
Domingo Méndez, Errol Flynn. Ava Gardner se alojó
en el hotel más de una vez; en la segunda, que vino
sin Sinatra, la acompañé durante toda una noche en
cabarets como Tropicana, de lo cual guardo un
maravilloso recuerdo.
LA ERA DE LOS
GRANDES HOTELES Y CASINOS
“A veces había
muchachitas en comienzos de orgías. Tomaban whisky
Ancestor, Cutty Sark, Old Smuggler. Comían
aceitunas, maní, espárragos rellenos con crema,
canapés de caviar, anchoas...”
Cuando se inician
en 1955 y 56 los trabajos de construcción de los
hoteles Hilton y Riviera, aprendió a hacer la
normación de los trabajadores para saber el número
exacto de mozos, cantineros, camareros, los
empleados de gastronomía y los de las mesas de
juego y los que debían cubrir las vacaciones.
Dino Cellini,
representante de Meyer Lansky, se enteró de que
Jorge sabía hacer la normación y lo llamó para
hacerla en el hotel Plaza. Vio a un ítalo-americano
de parte de Dino y realizó la encomienda. En la
sala de juego, para la parte del servicio de bar, se
usaba poner lo que llamaban “poras” (servidores
negros que traen tragos gratis a los que están
jugando). Jorge recuerda que le puso uno de más y
un experto dijo que a pesar de saber de eso, el
cubano cometió esa falta.
Lansky comía en el
salon Aguiar con varios escoltas muy altos. Al jefe
neoyorkino le dijeron que Jorge había hecho aquel
trabajo de normación y éste al pasar le estrechó
la mano, dejándole en ella un billete de 100
dólares. Eso ocurrió varias veces; nunca le
habló, pero le sonreía.
El capo mafioso lo
observaba todo sin decir nada en el momento, pero
cuando veía algo mal mandaba enseguida a tomar
medidas disciplinarias; él manejaba a los hombres
con gran habilidad, se llevó a Dino para el
Comodoro y después al casino del Riviera dejando en
el Comodoro al hermano de Dino.
Cuando el gobierno
cayó, Lansky y la mayoría de los mafiosos se
fueron. Otros se quedaron o volvieron. Ante la
reacción popular, los casinos fueron cerrados
durante 15 días. Pero los trabajadores de los
casinos pedían que no se cerrasen esos negocios
pues quedarían en la calle. En medio de esa
contradicción, McLaine fue detenido en el
aeropuerto y liberado por gestión de Jorge en
nombre de los trabajadores, pues él era entonces
delegado general federal de los 8 sindicatos de
trabajadores del Hotel Nacional. A principios del
60, durante un banquete en el Cabaret Parisién del
hotel, asistió el entonces presidente Urrutia y
Jorge le fue a hablar del casino, pero no le quiso
hacer caso.
Cuando salió
Urrutia, por azar entró Fidel Castro y se lo pudo
decir. Enseguida el líder de la Revolución le
pidió que reuniese a los trabajadores en la
Arboleda. Jorge le sirvio de bastón a Fidel al
hablarle a los trabajadores. Al día siguiente
salió en el periódico que se había decidido la
intervención de los casinos. Una nueva era había
comenzado. Y la Revolución mostraba cómo se acaba
de verdad con la Mafia: arrancando el terreno que
les permite existir.
Otro mafioso
famoso, Santos Trafficante, fue detenido en junio de
1959 y encarcelado en La Cabaña. Se ofreció
extraditarlo a Estados Unidos. Pero las autoridades
en Washington dijeron que no tenían cargos contra
él. Un año después, Trafficante y otros capos
como John Roselli y Sam Giancana tramaban un
atentado contra Fidel Castro por encargo de la CIA.
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