Vuelven
los Boleros de Oro
Rafael
Lam
EL Festival Boleros
de Oro, organizado por la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC),
vuelve de nuevo con una constelación de
artistas. Esta 24 edición está dedicada
al Caribe y a los 90 años del compositor
César Portillo de la Luz.
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Casi todo lo que brilla en
el bolero
ha pasado por Cuba. |
Del 21 al 24 de junio
podernos encontrarnos con los amantes
del bolero que pululan por toda América.
La UNEAC ha concebido las presentaciones
en los teatros Mella y América, así como
en el patio del Hurón Azul, en la propia
sede de la Institución. Como algo
especial se mantiene el Coloquio
Internacional en el Centro
Hispanoamericano de Cultura (Malecón 17,
entre Prado y Genios)
El Presidente del Comité
Organizador, José Loyola, recuerda que
el Festival tiene su génesis en las
postrimerías de 1986. La Sección de
Música de la UNEAC decide organizar en
La Habana un evento teórico para los
días del 10 al 12 de julio de 1987, con
el nombre de El bolero en Cuba y
Latinoamérica.
Simultáneamente se
programó un espectáculo en el teatro
Mella con los más relevantes cantantes
de boleros, y se bautizó el evento como
Festival Boleros de Oro.
Ya en 1988 se celebra el
1er. Festival Internacional Boleros de
Oro, con artistas de México. Después, en
1989 (cuando se iniciaba en La Habana el
boom de la salsa cubana), se
extiende a otras ciudades de la Isla.
Casi todo lo que brilla
en el bolero ha pasado por Cuba, desde
el compositor Vicente Garrido, Mario
Ruiz Armengol, el cantante Fernando
Fernández, Tania Libertad, Sonia
Silvestre, Paquita del Barrio, Patricia
González, María Isabel Saavedra, Danny
Rivera, Andy Montañez, Cheo Feliciano,
Vanesa Knight, Noriko Corezo, Takafuni,
Masako, Mitsuko, hasta los
investigadores Jaime Rico Salazar y
Cristóbal Díaz Ayala.
Para mantener vivo el
bolero durante todo el año se presenta
en la UNEAC, en el patio Hurón Azul, la
Peña Boleros de Oro, desde el 21 de
octubre de 1988 por iniciativa del
entonces Ministro de Cultura, Abel
Prieto.
Rosendo Ruiz Quevedo y
Vicente G. Rubiera consideraban que el
bolero cubano constituye la primera gran
síntesis vocal de la música cubana, que
al traspasar fronteras registra
permanencia universal. Un tipo de
canción que los latinoamericanos tomaron
como suya para expresar sus emociones,
triunfos y fracasos, para vivir su
tragedia amorosa. "Y es que el bolero
—escribe Gustavo Valera— recibe su carta
de ciudadanía a través de sus
composiciones, le injerta la planta
cubana, criolla, un gajo definitivo,
dando su toque, a veces más secreto,
amoroso, menos rítmico; mezcla de poesía
modernista y canto romántico. La esencia
es la misma".
"Toda persona que ama lo
hace con letra de bolero", dice el
investigador José Balza. Mientras que
Lisandro Otero agrega que: "Los cubanos
todo lo resolvemos con un bolero o con
una canción sonera o rumbera, tanto para
llorar como para reír."
Como el jazz y el tango,
el bolero se forjó en las noches. En
Cuba siempre ha existido clima para la
canción, para el romance. Primero las
descargas bohemias de trovadores de
Santiago de Cuba, después los cantadores
emigrantes hacia La Habana, que
utilizaban como cuartel general los
bares, cafés, cines de barrio, teatros y
hasta cabarets.
El bolero no ha podido
nunca desprenderse de lo cursi. El titán
del bolero en México, Agustín Lara, en
su propio país fue duramente acusado de
cursi y de hacer canciones atrevidas de
humo y espuma. "Soy ridículamente cursi
y me encanta serlo…Cualquiera que es
romántico tiene un fino sentido de lo
cursi y no desecharlo es una posición de
inteligencia. A las mujeres les gusta
que así sea…Vibro con lo que es tenso y
si mi emoción no la puedo traducir más
que en el barroco lenguaje de lo cursi,
de ello no me avergüenzo".
Un poeta renombrado como
Mario Benedetti escribió: "En las letras
hispanoamericanas es difícil evadir la
cursilería; aunque hay grados de
cursilería. Hay cursilería insoportable.
Pero no hablemos de eso. Voy a decir
esto públicamente por primera vez: hay
ciertos niveles de lo que por ahí llaman
cursi, que anda muy cerca de la gente,
de los sentimientos más auténticos del
pueblo. Y eso debe ser respetado. Esa
cursilería, por llamarla de alguna
manera, hay que defenderla. Defenderla
de los snobs, demasiados
exquisitos. Soy un hombre cursi y
bastante feliz".
El bolero asumió un
concepto estilístico, una atmósfera, un
clima emocional; lo asumieron en todo el
continente, por su carga pasional. Viene
siendo como el blues de Cuba. Se fundió
con todos los géneros musicales cubanos
e internacionales, con el tango, la
ranchera, el jazz.
Se hizo bailable,
sentido y querido; expresión modulada,
letra apta para ser declamada
melódicamente. Contó historias de amores
perdidos, de bares y cantinas, como
rezaba aquella composición cantada por
Orlando Contreras a través de los discos
de la victrola: Eso se aprende en la
calle en la cantina / copa tras copa
bajo el fondo musical / de las mujeres
que te dicen tantas cosas / y de los
labios que te mienten al besar /.
El bolero nació como las
palmas cubanas, entre mambises,
guerreros independentistas; atravesó las
balas y los cañones, entre la gente más
sencilla y humilde, fue la cantilena de
los desheredados de fortuna, de esos que
tenían como única fiesta visitar
serenatas y descargas.
Para identificar las
épocas musicales de Cuba y de América
Latina, hay que recurrir al bolero,
compañero entrañable de la nostalgia.
"El bolero expresa sentimientos y
situaciones que a mí me conmueven y que
sé que a muchísima gente de mi
generación la conmovió. Un bolero puede
hacer que los enamorados se quieran más
y a mí eso me basta para querer hacer y
amar un bolero. Lograr que los
enamorados se quieran más, aunque sea un
momentico, es culturalmente importante,
y si es culturalmente importante es
revolucionario" (Gabriel García Márquez,
revista Opina, oct. 1985).