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LA VICTORIA ESTRATÉGICA
La Batalla de Jigüe, las primeras
acciones del cerco
(Capítulo
16)
Al amanecer del viernes
11 de julio, el mismo día que un obús de
mortero 81 hirió mortalmente a Geonel y
a Carlitos en la zona de la Comandancia
de La Plata, comenzó a ponerse en
práctica el plan elaborado para la
captura del batallón enemigo acampado en
Jigüe. Alrededor de las 5:30 de la
mañana de ese día, 20 fusiles rebeldes
abrieron fuego contra la formación de
soldados que se preparaban para iniciar
el día en el campamento. El tiroteo duró
unos 15 minutos, y después, tal como
estaba previsto, se hizo silencio desde
nuestras posiciones en la falda del alto
de Cahuara, para simular un simple
hostigamiento.
La
intención de este ataque era causar
bajas entre los guardias que obligaran
al jefe del batallón a evacuar a los
heridos hacia la playa. Esa sería la
ocasión que esperaba Guillermo,
posicionado con sus hombres sobre el
camino del río, para emboscar la fuerza
que acompañara esta evacuación y tratar
de destruirla.
Como supimos después, este ataque
ocasionó solamente heridas leves a un
soldado, quien recibió un impacto de
bala en el tobillo. No eran realmente
buenos tiradores nuestros bisoños
combatientes. Sin embargo, al usar el
hostigamiento, según la impresión de las
fuerzas enemigas, el mando del batallón
decidió evacuar al herido a la playa,
aprovechando que para ese mismo día
estaba ya planificada la salida de dos
pelotones en misión de suministro.
El
plan, por tanto, funcionó como lo
habíamos concebido. Los dos pelotones
emprendieron el camino de la playa, y
apenas media hora después de haber
salido del campamento enemigo chocaron
con la emboscada de Guillermo,
convenientemente dispuesta a menos de
dos kilómetros de distancia. El
resultado fue que, a los pocos minutos
de combate —el cual escuchamos desde el
alto de Cahuara—, el personal rebelde ya
había logrado hacer varias bajas a la
vanguardia, entre ellas, cinco muertos y
dos prisioneros, uno de ellos herido de
gravedad, que murió también poco
después, y capturar seis armas y algún
parque. El enemigo fue rechazado y tuvo
que regresar al campamento.
En
el momento en que rompieron estas
acciones en Jigüe, ya habían quedado
formadas las dos líneas rebeldes en
Purialón, encargadas de detener y, de
ser posible, destruir a los refuerzos
que enviara el enemigo desde las costa
en auxilio del batallón cercado.
Abajo, en el río, y sobre las faldas que
dominaban el camino que subía de la
playa, estaban posicionados los 40
hombres de los pelotones de Andrés
Cuevas y Lalo Sardiñas, provistos de
buen número de fusiles semiautomáticos y
dos ametralladoras calibre 30 de
trípode.
A
su vez, emboscado en el firme de
Manacas, relativamente lejos del camino,
permanecía el personal de Ramón Paz,
cuya misión sería bajar rumbo al río una
vez iniciado el combate, para cortar la
retirada del refuerzo, coparlo y
destruirlo. Tal concentración relativa
de fuerzas obedecía al plan de propinar
el golpe principal precisamente a los
refuerzos.
En
la zona del cerco, mientras tanto, se
mantuvieron fuerzas rebeldes en número
reducido, que esa mañana realizaron
fuego esporádico sobre el campamento
enemigo, desde las respectivas
posiciones de las distintas patrullas
formadas con ese propósito. No obstante,
me preocupaba el hecho de que esas
fuerzas tan reducidas no aguantaran un
movimiento enemigo en dirección al alto
de Cahuara, en un posible intento de
romper el cerco en esa dirección. Por
otra parte, podría ser necesario
incrementar nuestro poder de fuego sobre
la tropa sitiada para aumentar la
presión psicológica y física.
Como medida de reforzamiento de nuestras
posiciones en la falda de Cahuara, esa
misma mañana le había pedido al Che que,
después de valorar la situación en su
sector, y si llegara a la conclusión de
que no había peligro inmediato por esa
zona, me enviara una escuadra de 11
hombres de la gente de Camilo que habían
combatido junto a él en Meriño. El Che,
además, me había informado que Curuneaux
estaba camino a Jigüe con su
ametralladora calibre 50, tal como yo
había solicitado. Al mediodía del propio
día 11, le pedí que trasladara al
pequeño grupo al mando de Rogelio
Acevedo con su ametralladora calibre 30
hacia la zona donde me encontraba, con
lo cual reforzaría la línea rebelde en
la falda del alto de Cahuara y
completaría el poder de fuego en el
cerco al campamento enemigo.
Al
Che también le indiqué que ordenara a
Ramiro Valdés situar 15 combatientes de
la Columna 4, bien armados, para cuidar
el camino de Palma Mocha a Santo Domingo
a la altura del mismo firme de la
Maestra, en la posición que, como se
recordará, había ocupado gente de Cuevas
antes de su traslado a la zona de
Meriño, y donde antes permaneciera
Almeida con varios de sus hombres. Esta
era una posición estratégica por dos
razones: en primer lugar, porque la
tropa rebelde situada allí podría
impedir la toma del firme por cualquier
fuerza enemiga que intentase sorprender
con un movimiento, bien desde el Norte,
de la zona de Santana, como desde el
Sur, desde el río Palma Mocha; en
segundo lugar, porque desde allí ese
personal podría acudir, en caso
necesario, en ayuda de nuestras líneas,
tanto en la zona de Santo Domingo como
en el propio Jigüe.
En
cuanto a otras posiciones del cerco, en
la noche del 11, El Vaquerito, en
cumplimiento de una orden mía, ocupó un
lugar más cercano al norte del
campamento enemigo, en la misma falda
del alto de El Pino. La escuadra de Hugo
del Río, a su vez, que hasta ese momento
había permanecido en El Naranjal, se
situó el día 12 en el mayor de los
estribos que caían sobre el río La
Plata, al nordeste de los guardias. En
mensaje de esa fecha a Hugo, le indicaba
que debía actuar de pleno acuerdo con El
Vaquerito y le decía:
Tienen que irse aproximando cada vez más
a los guardias y ganar terreno cuando la
lucha se reanude aquí. Los tenemos
completamente rodeados. Ahora hay que
irles quitando cada vez más terreno y no
dejarlos ni comer ni dormir.
En
un mensaje anterior al Che, al mediodía
del propio primer día de las acciones en
la zona de Jigüe, le reiteraba mi
propósito con la operación iniciada, y
le explicaba en los términos siguientes
el sentido de todas estas disposiciones:
Si
las circunstancias lo llegasen a
requerir, podría ser conveniente
trasladar el personal de la Escuela,
desguarnecer la mina [Minas de Frío],
atrincherar la Maestra más acá del Pino
[el alto llamado también del Cake, entre
Minas de Frío y Mompié], y trasladar acá
la mayor cantidad posible del personal
ocupado en aquella zona. Nuestra
estrategia debe ser, a mi entender,
desangrar y diezmar los refuerzos
enemigos, mientras debilitamos,
reducimos y rendimos la tropa sitiada.
El ejército está obligado a un gran
esfuerzo en un momento en que luce
estarse agotando. Me preocupa un poco el
lado de Palma Mocha, que con unos pocos
hombres podrá fortalecerse mucho. Con
reservas aquí en el alto de Cahuara no
me inquieta el lado de la Magdalena y el
Mulato. Por Meriño me luce difícil que
entren otra vez.
Y
más adelante volvía sobre el tema
táctico: "Yo estoy calculando que esta
tropa hará algunos intentos de escapar.
Cuando sea rechazada por dos o tres
partes quedará destruida moralmente y
fácil de aniquilar".
El
resto de la mañana de este primer día,
los grupos rebeldes del cerco se
mantuvieron realizando disparos
esporádicos contra el campamento enemigo
para hostigar a los guardias e
impedirles un momento de distensión. Sin
embargo, a partir de las 2:30 de la
tarde, aproximadamente, en cumplimiento
de una orden mía, cesó todo el fuego, y
se hizo el más absoluto silencio en
nuestras posiciones de la falda de
Cahuara. La idea era dar la sensación al
mando enemigo de que nos habíamos
retirado después del efectivo golpe
matutino. Con ello perseguíamos el
propósito de crear un ambiente de
relativa confianza entre los oficiales
del batallón cercado, que los indujera
en algún momento, quizás al día
siguiente, a realizar alguna exploración
o una nueva salida del campamento,
ocasión en la cual los estaríamos
esperando para golpearlos de nuevo lo
más duramente posible.
A
estas alturas ya se me había ocurrido la
posibilidad de utilizar, como otra pieza
en el combate contra la tropa cercada,
los altoparlantes de Radio Rebelde.
Llegado el momento en que los guardias
comenzaran a sentirse desmoralizados
ante su imposibilidad de romper el
sitio, me parecía indudable que tendría
un efecto psicológico importante para
ellos escuchar desde el monte las
trasmisiones que realizábamos con el
Himno Nacional, las exhortaciones a la
rendición con plenas garantías para sus
vidas y, tal vez, hasta la utilización,
igual que en Santo Domingo, de las
canciones pegajosas y de letras tan
intencionadas del Quinteto Rebelde.
Al
mediodía de esa misma primera jornada
mandé a buscar a La Plata los
altoparlantes y la pequeña planta
eléctrica de la Comandancia, junto con
parte del personal técnico y los
locutores, y les orienté que esperaran
en Mompié nuevas instrucciones. Esa
misma noche, Camilo me informó desde La
Plata de la salida de los equipos y el
personal solicitado hacia ese punto. Y
el Quinteto fue movilizado hacia Jigüe
por orden mía en la mañana del día 14.
Otro elemento importante en esta acción
psicológica era la posibilidad de
disponer de las claves y del equipo de
comunicación, por la microonda capturada
en Santo Domingo. Nos dimos cuenta de
que no existía comunicación entre el
batallón sitiado y la playa donde
permanecía la Compañía G-4 de esa
unidad. Lo significativo era que hasta
el mediodía del 13 de julio no había
aparecido en escena ni un solo avión
enemigo.
Por
el prisionero ileso en el combate
sostenido esa mañana en el río, que fue
remitido de inmediato por Guillermo a mi
puesto de mando en el alto de Cahuara,
conocí los primeros detalles acerca de
la tropa cuyo cerco y captura habíamos
decidido. Averiguamos que se trataba de
dos compañías del Batallón 18, que
contaban con dos morteros —uno de 81
milímetros y otro de 60— y una bazuca
como armas de apoyo, y que los
suministros de boca escaseaban. Por este
prisionero supe, además, que esta era la
tropa estacionada en Maffo antes del
inicio de la ofensiva, y que el jefe de
la unidad era el comandante José Quevedo
Pérez, antiguo compañero de estudios
universitarios.
Curuneaux llegó al alto de Cahuara en la
madrugada del día 12, e inmediatamente
se ubicó en un estribo, desde el que
dominaba con el fuego de su
ametralladora 50 todo el campamento
enemigo. Llevaba instrucciones de
mantener el silencio que había sido
respetado escrupulosamente por nuestros
hombres desde el mediodía anterior. Mi
convicción absoluta era que el mando del
batallón, confundido por esta conducta,
intentaría muy pronto una nueva salida
hacia la costa en busca de suministros,
lo cual le haría caer de nuevo en la
emboscada de Guillermo.
Esta fuerza rebelde, por tanto, era la
que estaba llamada a asumir, por segunda
vez, la responsabilidad mayor. Después
de la acción de la mañana del 11, las
posiciones de Guillermo fueron
consolidadas con la ocupación de los
firmes laterales que dominaban los
flancos de su emboscada principal sobre
el camino del río. Al amanecer del día
12, por otra parte, el personal del
pelotón de Jaime Vega, incorporado al
cerco, ya había tomado un estribo de la
falda de Cahuara, desde donde podía no
solo hostigar al campamento enemigo
cuando se diera la orden de hacerlo,
sino, también, acudir en apoyo a
Guillermo por el flanco derecho del
avance de los guardias, en caso de que
atacaran con fuerza las posiciones
rebeldes en el río. En última instancia,
si el enemigo lograse romper la línea y
proseguir su avance río abajo, o si
ocurriese la eventualidad de que se
filtrase alguna tropa en esa misma
dirección por cualquier otro punto,
Guillermo —según las instrucciones
recibidas— debía perseguirla para
atraparla en Purialón con el apoyo de
los hombres de Lalo y Cuevas. De esta
manera, todas las posibilidades quedaban
previstas.
Sin
embargo, el enemigo no realizó
movimiento alguno durante los días 12 y
13 de julio. Ambas jornadas fueron
invertidas por nosotros en perfeccionar
el dispositivo del cerco. Por una mala
interpretación inicial de mis mensajes,
Acevedo y su escuadra de la
ametralladora 30 no recibieron la orden
de trasladarse a Jigüe sino hasta la
noche del 12, y llegaron al alto de
Cahuara en la tarde del día siguiente.
En ese momento contábamos ya en las
distintas posiciones del cerco con unos
80 combatientes, entre los integrantes
de los pelotones o escuadras de Ramón
Fiallo y Raúl Podio, Jaime Vega,
Curuneaux, Acevedo, El Vaquerito, Hugo
del Río e Ignacio Pérez; este último
incorporado también a los efectivos que
ocupaban diversas posiciones en la falda
del alto de Cahuara. Guillermo disponía
de más de 40 hombres en la emboscada del
río, mientras que Lalo, Cuevas y Paz
reunían en Purialón un fuerte
dispositivo de alrededor de 75
combatientes en total.
A
la altura del mediodía del 13 de julio,
la inactividad enemiga me tenía
impaciente. Habíamos logrado mantener el
silencio en nuestras líneas, pero yo
había tomado la decisión de abrir fuego
con la ametralladora de Curuneaux al día
siguiente, si antes no ocurría algún
movimiento. Otra medida fue el nuevo
estrechamiento del cerco mediante la
ocupación de todos los pequeños altos
que circundaban el campamento de los
guardias, con la intención expresa de
llegar a impedirles, incluso, el acceso
a cualquiera de los dos ríos, entre los
cuales estaba situado —el de La Plata y
el de Jigüe, afluente del anterior—, y
obstaculizar la provisión de agua:
"[...] para no dejarlos ni respirar",
como le decía en un mensaje a Paz el día
13.
A
cada momento era mayor mi convicción de
que el golpe combinado que pensábamos
dar en esta batalla —la rendición del
batallón cercado y la destrucción de los
refuerzos— tendría una significación
determinante en el curso de la guerra y,
por tanto, en el fin de la tiranía. En
mis mensajes de esos días a los
distintos capitanes que participaban en
la operación, les machacaba con la idea
de que estábamos enfrascados en una
acción decisiva. A Lalo Sardiñas el día
14, por ejemplo, le decía: "Hay que
hacer un esfuerzo grande, porque esta
batalla puede ser el triunfo de la
Revolución". Ese mismo día 14 ocurrió el
segundo episodio mayor de la contienda.
El mando del batallón enemigo decidió
finalmente enviar un segundo contingente
a la playa en busca de suministros y
para evacuar los heridos de acciones
anteriores. Esta vez se trataba de una
compañía completa —la 103—, compuesta
por tres pelotones y alrededor de un
centenar de hombres. La marcha se
organizó con muchas precauciones para
evitar el desastre anterior. Un pelotón
avanzaba por el firme, y otro a media
falda de la margen izquierda del río,
mientras que el tercero iba por el
camino con los mulos y los heridos. La
partida se fijó para el mediodía,
alrededor de las 2:00 de la tarde, con
la esperanza de que a esa hora las
posibles emboscadas rebeldes estuvieran
menos alertas, acostumbradas a que todos
los movimientos de los guardias tuvieran
efecto al amanecer.
Sin
embargo, apenas a la hora de haberse
marchado esta fuerza del campamento
enemigo, de donde la vimos salir, se
produjo de nuevo el contacto con la
emboscada de Guillermo en el río y en el
firme. El combate resultó intenso, y se
prolongó durante toda la tarde y parte
de la noche, hasta que los guardias se
replegaron una vez más hacia su
campamento de partida en Jigüe.
Solamente unos 10 ó 12 soldados lograron
filtrarse entre las líneas de Guillermo
y escapar hacia el Sur, pero la mayoría
de ellos, así como algunos mulos y sus
arrieros que dejaron pasar durante el
tiroteo, cayeron en manos de los hombres
de Lalo y Cuevas, río abajo, en
Purialón. Uno de estos grupos de
guardias escapados dio muerte al día
siguiente al combatiente Eugenio Cedeño,
de la tropa de Lalo Sardiñas, quien se
sumaba así a la corta lista de los
rebeldes caídos durante el rechazo a la
ofensiva enemiga.
El
resto del batallón cercado no hizo
intento alguno por acudir en auxilio de
sus compañeros durante este combate. Por
nuestra parte, desde el comienzo de la
acción despaché un grupo de hombres con
armas semiautomáticas, al mando de Jaime
Vega, por uno de los estribos que
bajaban hasta el río, con la misión de
cortar el regreso de los guardias, pero
no encontraron posiciones adecuadas.
Desde el punto de vista material, el
resultado de este segundo Combate en el
río La Plata fue muy significativo. El
enemigo sufrió no menos de cinco muertos
y más de 10 heridos, 21 prisioneros,
perdió seis arrieros que apresamos y,
además, 39 mulos —de los cuales 32
fueron capturados vivos—, y más de 20
armas, entre ellas, varios fusiles
semiautomáticos Garand y un fusil
Browning automático. Pero mayor aún que
el impacto material fue el efecto
psicológico y moral de este combate.
Nadie mejor que el propio jefe de la
fuerza sitiada, el comandante José
Quevedo, para explicarlo:
Ya
no quedaban dudas de que estábamos
cercados y de que el cerco era completo,
porque recibíamos incesante fuego de
hostigamiento por todas direcciones.
Sólo nos quedaba una alternativa de las
dos siguientes: todo el batallón tratar
de romper el cerco y escapar hacia la
playa, o resistir el máximo de tiempo
posible en espera de refuerzos. La
decisión era difícil, pero no tuvimos
dudas en cuanto a tomar la que
consideramos más acertada, o sea, la
segunda.
Quevedo argumentó, en favor de esta
decisión, primero, que tratar de romper
el cerco constituiría una indisciplina
porque significaba desobedecer
inconsultamente la orden recibida de
llegar a la cárcel rebelde de Puerto
Malanga y al firme de la Maestra; y,
segundo, el intento de romper el cerco
tenía muy pocas probabilidades de éxito.
Sin duda, el razonamiento era sensato.
Al jefe del batallón cercado, cada vez
en condiciones más precarias, solo le
quedaba aguardar por el refuerzo que
debía venir a salvarlo en cualquier
momento, según era lógico suponer.
En
cuanto a las posibilidades de dicho
refuerzo, lo sorprendente, a estas
alturas de los acontecimientos, era que
el mando enemigo no hubiese aún dado
ningún paso para auxiliar a su batallón
cercado. Durante esos primeros días de
la batalla, no hubo presencia alguna de
la aviación, ni siquiera de la avioneta
de observación. Sabíamos que el jefe del
batallón no tenía manera de comunicarse
con su compañía de retaguardia en la
costa y, mucho menos, con el puesto de
mando en Bayamo o alguna otra unidad en
operaciones, por lo que solo podía
hacerlo por medio de la avioneta, cuando
esta sobrevolara el campamento. Por
tanto, era razonable suponer que el
mando enemigo no estaba del todo
consciente de la muy difícil situación
de su Batallón 18, lo cual hacía más
increíble el hecho de que no se
preocupara siquiera por establecer
contacto mediante la avioneta.
Después de concluida la batalla, supimos
que el comandante Quevedo resolvió en
cierta forma esta situación.
Envió a uno de sus prácticos en la noche
del 14 de julio hacia la costa, con el
objetivo de filtrarse entre nuestras
líneas e informar al jefe de la Compañía
G-4 del estado de la fuerza sitiada para
que lo comunicara al puesto de mando.
Este emisario, al parecer, logró rodear
esa noche nuestras posiciones, tanto las
del río como las de Purialón, o evadir a
nuestros centinelas en esos lugares, y
llegar a la playa. También hay que
recordar que algunos de los guardias del
pelotón desarticulado por Guillermo en
el segundo combate del río lograron
alcanzar la playa. El resultado directo
fue que en la mañana del día 15 apareció
por primera vez la aviación enemiga
sobre Jigüe.
Llegó primero el aparato de
reconocimiento y, tras él, los aviones
de combate: una primera oleada compuesta
por dos bombarderos B-26 y dos
cazabombarderos F-47, relevada por otra
y, luego, por otra. Desde las 6:00 de la
mañana hasta alrededor de la 1:00 de la
tarde, la aviación sometió nuestras
posiciones a un violentísimo ataque, en
el que incluyeron bombas incendiarias de
napalm. Quevedo narró de manera muy
elocuente lo ocurrido esa mañana:
[...] nosotros aumentábamos el volumen
de fuego sobre las posiciones enemigas y
aquello era realmente impresionante. El
picar de los aviones entrando en los
desfiladeros entre montañas, el
estruendo de las explosiones, con la
caja de resonancia que producen las
alturas y el eco sordo de las mismas,
las explosiones de las granadas y el
fuego cruzado de la fusilería y armas
automáticas, daban a aquel espacio de
tierra cubana un carácter infernal.
Pero, ante cada ataque o ametrallamiento
de la aviación, en vez de apagar el
fuego enemigo, parecía que lo
acrecentaba, parecía que nada les hacía,
y que nadie retrocedía. Los rebeldes
estaban enardecidos y nos gritaban todo
tipo de improperios, a la vez que
disparaban sus armas, nosotros les
contestábamos el fuego y las palabras.
En
la noche del 14 de julio yo había dado
la orden a todas las posiciones rebeldes
de romper el silencio que durante 72
horas habíamos mantenido rigurosamente,
y abrir fuego discrecional sobre el
campamento enemigo. Al oscurecer, casi
todas nuestras líneas se movieron e
hicieron más estrecho el cerco. Por eso,
la descripción que hizo el comandante
Quevedo del fuerte tiroteo del día 15 es
hasta cierto punto exacta, aunque me da
la impresión de que se exageró el
volumen de fuego recibido por los
guardias, ya que nuestros hombres, si
bien tenían autorización para disparar,
habían recibido instrucciones muy
precisas de ahorrar el parque y hacer
fuego cuando tuviesen blancos definidos
o para mantener un estado de
hostigamiento permanente sobre las
posiciones enemigas.
Yo
tenía mi puesto de mando en un pequeño
firme, desde cuyo extremo Este se podía
observar el campamento del Batallón 18,
muy próximo al río Jigüe, de poco
caudal; la instalación estaba ubicada en
una verdadera hondonada entre montañas.
Al
revés de lo que siempre ocurría después
de los primeros disparos del combate, no
apareció la aviación. El batallón de
Quevedo estaba sin comunicación con el
mando superior ni con la Compañía G-4 en
la playa y esperaba infructuosamente el
vuelo de la avioneta.
El
enemigo se concentraba en la zona de
Santo Domingo y otros frentes. Durante
cuatro días completos no aparecieron los
aviones. Cuando descubrieron lo
ocurrido, atacaron con inusitada fuerza.
El quinto y sexto días del cerco, una
pesada bomba cayó a 40 metros del lado
norte del firme donde, en el lado sur,
yo tenía mi puesto de mando en el
bosque. Una lluvia de piedras y palos
cayó sobre nosotros. Minutos después
llegó Pedrito, precedido de la noticia
de que había sido herido. Pensé que lo
traían en camilla, pero llegó caminando
con una mano en el pecho. Estaba en el
punto de observación dentro de una
trinchera y una bala ligera del
ametrallamiento aéreo le dio de rebote
en el esternón sin penetrarle en el
pecho. Fue pura casualidad. No hubo
imprudencia alguna ni derroche de balas.
Afortunadamente, esta intensa actividad
de la aviación enemiga solo produjo en
nuestras filas la baja de Pedrito Miret.
A
la altura de este quinto día de asedio,
la situación de los cercados en el
campamento de Jigüe era cada vez más
difícil. Por los prisioneros sabíamos
que la comida se había acabado y los
soldados pasaban hambre. Por otra parte,
el fuego esporádico de nuestros
fusileros y de las dos ametralladoras
emplazadas en la falda de Cahuara
obligaba a los guardias a mantenerse
todo el día dentro de sus trincheras,
con la consiguiente incomodidad
resultante de la estrechez, el calor y
la inacción. Los soldados se veían
obligados a hacer hasta sus necesidades
fisiológicas dentro de sus propias
trincheras, para no correr el riesgo de
ser blanco de nuestros disparos. Para
mí, la rendición de la tropa sitiada era
cuestión de dos o tres días más, siempre
que fuéramos capaces de mantener esa
presión sobre el campamento e impedir la
llegada de los refuerzos.
Este martes 15 de julio, de tanta
actividad en la zona del cerco, estuvo
también marcado por las noticias poco
favorables procedentes del sector de
Minas de Frío. Desde el día 13 las
fuerzas enemigas estacionadas en San
Lorenzo habían comenzado a avanzar en
dirección a las Minas, y el 15, después
de la tenaz resistencia de los escasos
grupos rebeldes de los que disponía el
Che para defender ese sector, lograron
ocuparla. Pero no dieron un paso más. El
avance de los guardias en esa dirección
nos mantuvo alertas durante todos esos
días a las posibles variantes que
pudiera aplicar el mando enemigo, sobre
todo, si realizaban algún intento de
acudir desde el noroeste en apoyo de la
fuerza sitiada en Jigüe. Ya veremos, en
su momento, las disposiciones adoptadas
o previstas.
En
medio de la compleja situación
planteada, yo confiaba en que a los
guardias les sería imposible franquear
las líneas de contención que podríamos
interponer en El Roble, La Magdalena, El
Coco o Mompié, por mencionar solamente
algunos de los puntos por donde el
enemigo podría tratar de penetrar en
dirección a Jigüe. Durante todo ese
tiempo procuré mantener una comunicación
constante y minuciosa con el Che, a
quien le informaba en detalle de la
marcha de la operación, y de quien
recibía pormenorizados informes de lo
que iba sucediendo en su sector. Por
eso, cuando el Che me comunicó en la
mañana del propio martes 15 que el
enemigo no había podido ocupar Meriño de
nuevo supe, entonces, a ciencia cierta,
que la crisis por ese sector y la
consiguiente amenaza a nuestra operación
principal quedaban prácticamente
resueltas, pues aunque los guardias
pudieran llegar a las Minas les sería
casi imposible continuar su avance.
Minas de Frío, en efecto, cayó en la
tarde del propio día 15, pero el enemigo
quedó inmovilizado allí.
Junto a la presión del fuego y la
fijación sobre el campamento enemigo,
ese mismo día 15 decidí utilizar los
otros recursos de guerra psicológica
planificados. Terminado el bombardeo y
ametrallamiento de la aviación di la
orden de instalar los equipos de Radio
Rebelde en un punto escogido
previamente, fuera del alcance del fuego
enemigo, desde donde podrían ser
escuchados sin dificultad por los
guardias sitiados.
A
la 1:00 de la madrugada del día 16, los
montes y las laderas en torno al
campamento enemigo en Jigüe retumbaban
de nuevo, pero esta vez no como
resultado del fuego de las armas, sino
por las voces de nuestros locutores.
Aparte del contenido de las arengas y
los mensajes que comenzaron a
trasmitirse sin interrupción, el otro
efecto que se buscaba era frustrar el
descanso de los soldados para, de otra
manera, seguir minando su disposición a
la resistencia. Era la segunda vez que
usábamos este recurso en la Sierra
Maestra, pero aquí en Jigüe la impresión
resultaba verdaderamente sobrecogedora,
y tuvo que causar un impacto enorme en
los guardias.
Dentro de las trasmisiones de esa
madrugada se incluyó la lectura de la
siguiente carta preparada por mí para el
jefe del batallón cercado, comandante
José Quevedo, un compañero de estudios
universitarios:
Con
profunda tristeza he sabido, por los
primeros prisioneros, que Ud. es el jefe
de la tropa sitiada.
Sabemos que Ud. es un militar
caballeroso y culto Oficial de Academia,
doctor en Derecho. Ud. sabe que la causa
por la que están sacrificándose y
muriendo esos soldados y Ud. mismo no es
una causa justa.
Ud., militar de honor y conocedor de las
leyes, sabe que la Dictadura es la
violación de todos los derechos
constitucionales y humanos de su pueblo.
Usted sabe que la Dictadura no tiene
derecho a sacrificar a los soldados de
la República, para mantener al Régimen
que oprime a la Nación, arrebata las
libertades y se mantiene bajo el terror
y el crimen; no tiene derecho a enviar a
los soldados de la República a combatir
contra sus propios hermanos, que solo
reclaman vivir con libertad y dignidad.
Nosotros no estamos en guerra contra el
Ejército, estamos en guerra contra la
Tiranía. Nosotros no queremos matar
soldados; nosotros lamentamos
profundamente cada soldado que muere,
defendiendo una causa innoble y
vergonzosa.
Creemos que el Ejército es para defender
la Patria, no la Tiranía.
Los
políticos ladrones, los Ministros, los
Senadores y los Generales, están en La
Habana, sin correr riesgos ni pasar
trabajos, mientras sus soldados están
sitiados por un cerco de acero, pasando
hambre y al borde de la destrucción.
A
Ud, y a los soldados los han enviado a
morir, conduciéndolos a una verdadera
trampa, situándolos en un hueco de donde
no tienen escapatoria alguna, sin mover
un solo soldado para tratar de
salvarlos.
Morirán de hambre o morirán de bala, si
la batalla se prolonga.
Sacrificar a esos hombres en una batalla
perdida, en aras de una causa innoble,
es un crimen que un hombre de
sentimientos no puede cometer.
En
esta situación le ofrezco una rendición
decorosa y digna. Todos sus hombres
serán tratados con el mayor respeto y
consideración. Los oficiales podrán
conservar sus armas. Acéptelas, que no
se rendirá usted a un enemigo de la
patria, sino a un revolucionario
sincero, a un combatiente que lucha por
el bien de todos los cubanos, hasta de
los mismos soldados que nos combaten, a
un compañero de las aulas
universitarias, que desea para Cuba lo
mismo que para Ud.
También se leyó esa noche la carta
dirigida por uno de nuestros médicos, el
doctor René Vallejo, a su colega de la
fuerza cercada, doctor Charles Wolf,
quien había sido, igualmente, su
compañero de estudios de Medicina en la
Universidad de La Habana:
He
sabido que eres el oficial médico de esa
tropa que está sitiada y sin esperanza
de salvación. Todos los soldados que han
tratado de salir han sido capturados por
nosotros. Como médico y persona decente
que me consta tú eres y por la
obligación en que estamos por nuestra
profesión de salvar vidas humanas, te
exhorto para que aconsejes a tus
compañeros que se rindan. Te doy mi
palabra de honor que todos serán
respetados y tratados como seres
humanos. No vaciles en hacerlo en la
seguridad de que estarás cumpliendo un
sagrado deber para con la patria y tus
compañeros.
Junto a estas dos comunicaciones se dio
lectura, además, a otros mensajes, y
hablaron algunos de los prisioneros,
quienes confirmaron el trato humano
recibido hasta ese momento y lo inútil
de prolongar la resistencia ante la
imposibilidad de romper el cerco tendido
por nosotros. Cito completo, a
continuación, el texto del mensaje
redactado por mí y dirigido a los
soldados, en que exponíamos en detalle
las condiciones para la rendición de la
tropa sitiada:
El
ejército rebelde, seguro de que toda
resistencia es inútil y solo conduciría
a mayores derramamientos de sangre con
esta batalla que dura ya 5 días, y por
tratarse de una lucha entre cubanos, os
ofrece las siguientes condiciones de
rendición.
1.
Solamente se ocuparán las armas. Todas
las demás pertenencias personales, serán
respetadas.
2.
Los heridos serán entregados a la Cruz
Roja como se está haciendo con los
soldados prisioneros heridos de la
batalla de Santo Domingo.
3.
Los prisioneros todos, soldados, clases
y oficiales serán puestos en libertad en
un plazo no mayor de 15 días.
4.
Los heridos, hasta que sean recogidos
por la Cruz Roja, serán atendidos en
nuestros hospitales por médicos y
cirujanos capacitados.
5.
Todos los miembros de esa tropa sitiada
recibirán cigarros, alimentos y todo lo
que necesiten de inmediato.
6.
Ningún prisionero será interrogado,
maltratado o humillado de palabra o de
obra, y recibirán el trato generoso y
humano que han recibido siempre de
nosotros los soldados prisioneros.
7.
Enviaremos noticias inmediatas por radio
a las esposas, madres, padres y
familiares de cada uno de ustedes, que
en estos momentos lloran desesperados,
por tener noticias ni saber la suerte
que pueden correr.
8.
Si se aceptan estas condiciones, envíen
un hombre con bandera blanca y diciendo
en voz alta: Parlamento, Parlamento.
En
el mismo sentido de exhortar a los
guardias sitiados a la rendición, pero
en un tono algo diferente, se leyó,
también, el siguiente mensaje dirigido a
los soldados de fila:
Soldado: Si tus jefes te obligan a
sacrificarte en una batalla que está
perdida y sin la menor esperanza de
salvación para ninguno de ustedes,
ríndete a discreción. Puedes avanzar de
día con los brazos en alto y el arma a
la espalda, en cualquier dirección que
camines te encontrarás con nuestras
fuerzas.
Si
es de noche, avanza solo hacia estos
altoparlantes diciendo en voz alta: no
disparen, soy soldado y acepto deponer
las armas.
Consecuentemente con estas
exhortaciones, anunciamos por los
altoparlantes, en la mañana del día 16,
que a las 12:00 meridiano suspenderíamos
el fuego desde todas nuestras posiciones
durante un lapso de tres horas, a partir
de las cuales, si no se habían rendido
ni había indicios de que fuera esa la
intención, se reanudaría el combate. Di
las instrucciones pertinentes a todos
nuestros grupos en los distintos
sectores del cerco, incluida la
prohibición terminante de disparar sobre
ningún soldado enemigo que saliera de
las trincheras y quedara al descubierto
durante esas tres horas.
Así
ocurrió, en efecto, y los guardias
aprovecharon la tregua para estirar los
músculos, coger un poco de sol, limpiar
sus trincheras, conversar con sus
compañeros y pasear por el campamento,
sin que ocurriese ningún incidente.
Tengo entendido que, incluso, hubo
contactos personales con algunos de
nuestros hombres que ocupaban posiciones
más próximas.
Esta tregua siguió a una mañana en la
que la aviación enemiga arremetió con
mucha fuerza. De nuevo fueron utilizadas
contra nuestras posiciones bombas de 500
libras, napalm, cohetes y abundante
fuego de ametralladoras, que convertían
todos los alrededores en un verdadero
infierno. Pero una vez más la aviación
demostraría su ineficacia en la montaña
cuando actuaba contra fuerzas
guerrilleras incorporadas al monte y
provistas de trincheras y refugios
competentes. A estas alturas de la
guerra, ya la inmensa mayoría de
nuestros combatientes había aprendido la
lección y perdido el miedo a los aviones
y a sus descargas aparentemente
mortíferas.
Entonces comenzamos a aplicar el ya
referido engaño a la aviación enemiga
mediante el empleo del equipo de
comunicación de que disponíamos, que en
manos de Curuneaux se convertía en un
efectivo instrumento de desinformación,
a partir de la probabilidad de que el
equipo del jefe del batallón cercado
estuviese roto o carente de
alimentación. La idea era interferir la
comunicación entre este y los aparatos
de observación para indicarles que
concentraran su ataque precisamente en
las posiciones de los guardias. Yo le
había dado las instrucciones pertinentes
a Curuneaux desde la noche anterior, y
en realidad, el truco funcionó en alguna
medida, pues algunos de los aviones
descargaron sus bombas dentro o muy
cerca del perímetro del campamento
enemigo. Pero no parece que esta
maniobra haya surtido efectos concretos,
sino más bien psicológicos.
Cuando nos convencimos de que los
guardias no tenían aún intención de
acogerse a nuestras condiciones de
rendición, di la orden a través de los
altoparlantes de reanudar el fuego una
hora después de vencido el plazo, es
decir, a las 4:00 de la tarde. Este
desenlace estaba previsto. Era muy
improbable que, por muy desmoralizada
que estuviese esa tropa, un jefe tan
tenaz como Quevedo fuera a rendirse a la
primera oportunidad. Como le había
escrito en uno de mis numerosos mensajes
al Che, en este caso en la madrugada del
16 de julio, casi 12 horas antes de la
tregua:
No
me hago ilusiones. Hay [que] apretarlos
más todavía pero ya están en condiciones
muy desventajosas. Mandé preparar
posiciones por el único lado que les
queda fuera del alcance de nuestro
fuego. Se les han acabado los víveres
hace días. No tienen ya ni un grano de
sal siquiera. Están virtualmente muertos
de hambre.
Hasta ese momento, el hostigamiento
contra el campamento enemigo había sido
mantenido básicamente por el fuego
esporádico de las dos ametralladoras —la
calibre 50 de Curuneaux y la calibre 30
de Acevedo— y de unos 25 fusiles
repartidos entre las posiciones de la
falda de Cahuara y las escuadras de
Ignacio Pérez y El Vaquerito. Para poder
apretar más el cerco había, en primer
lugar, que permitir un volumen un poco
mayor de fuego desde esas mismas
posiciones y, en segundo lugar, ocupar
posiciones aún vacías. Para una de estas
—en la ladera del firme de Manacas que
miraba sobre el campamento enemigo desde
el Este, al otro lado del río La Plata—,
le pedí a Almeida y a Ramiro que
mandaran algún personal de sus reservas.
Pero la medida más importante en el
estrechamiento del cerco hasta sus
últimas consecuencias ya había sido
tomada por mí antes de redactar el
mensaje al Che. Esa misma madrugada
ordené a Guillermo que abandonara su
emboscada aguas abajo en el río —ya sin
significación militar alguna desde el
momento en que el mando de la tropa
sitiada no estaba en condiciones de
intentar una nueva salida hacia la
playa—, y que cerrara el cerco desde el
Sur colocándose encima del enemigo en
las faldas que dominaban directamente
sus posiciones del otro lado del río La
Plata. De esta forma, el objetivo de
impedir a los guardias llegar siquiera
al agua se cumplía en su totalidad, con
lo que el cerco adquiría el carácter de
un estrangulamiento inexorable. Ahora
solo cabía esperar. Como le escribí
también al Che en el mensaje antes
citado: "[...] creo que si logramos
impedir la llegada de refuerzos en 48
horas, se rinden irremisiblemente".
Tocaba al fin el momento del combate
contra el refuerzo. |